29/7/09

12 de febrero del 2000

HAY MOMENTOS RAROS EN LOS QUE SENTIMOS LA CERTEZA DE QUE AL MENOS UNA PERSONA EN EL MUNDO NOS COMPRENDE. Es una certeza muda y repentina, casi siempre fugaz, pero alegre o inspiradora. Y entonces ni siquiera importa si bordeamos la muerte porque sentimos que, a pesar de todas las distancias, no hemos estado siempre solos, y que algún otro ser ha visto algunos paisajes con nuestros ojos y ha oído alguna melodía con nuestro propio ritmo y ha leído algunos textos con nuestro mismo silencio; es el extraño fenómeno de obtener el mismo sentido de una sola experiencia, y saber que es así con una mirada, un abrazo, o callando ante lo mismo, al mismo tiempo, aunque separados.

Pienso, por ejemplo, en esas noches cuando las nubes, muy altas en el cielo, lo cubren entrecortadamente, como una inmensísima carpa hecha jirones. Sé que existe alguien que al mirar ese cielo sabe que yo miro ese mismo cielo. Y por eso sé que de algún modo mis ojos no son solo míos ni los suyos solo suyos, sino nuestros. Las nubes, en ese cielo, son nuestra sábana desgarrada…

Aquella noche, y a pesar de nuestra inexperiencia, Paulina y yo intentamos todo tipo de querencias. Y casi lo logramos: abrimos blusas y cremalleras y llegamos a vernos los cuerpos blancos en la noche, su piel era blanquísima, leche bajo la luna, y nos dibujamos ansias compartidas y exploramos todos los resquicios y quisimos más pero sabíamos tan poco...

Luego, mientras ella dormía, me senté a ver los árboles en la noche deshabitada; o intentaba mirar el viento, ese mismo viento que había arrastrado las nubes hasta que cubrieran todo el cielo, pero dejándolas estiradas como alientos.

Ella dormía y yo retrasaba mi partida; éramos tan jóvenes, casi niños; aún quería ver la noche, el frío, respirar el frío, mirarla dormida, relajada, ajena a sí misma; no me importaba que mis padres —todavía vivía con mis padres— me riñeran por llegar al amanecer o casi, ellos creerían que borracho o echado a perder, pero yo simplemente padecía de ese raro amor adolescente que se parece tanto a un heroísmo incalculable, a una vorágine apetecida, a la ruina equiparada con una gloria intransigente y todo sin palabras o solo con palabras como estas, ojalá románticas, sin duda sensibleras, en todo caso inútiles y tan poco adultas o críticas…

La miraba dormir –los labios entreabiertos, la respiración pesada, el rostro entero transfigurado– e imaginaba cómo sería crecer con ella. ¡Y deseaba tanto crecer! No sabía, no podía saber, que mucho tiempo después solo querría no haber crecido y seguir allí, imberbe y libre y totalitario en el amor, callado a su lado mientras ella dormía como si yo no estuviera allí, serena y segura.

Ahora, cada vez que el cielo repite ese relieve improbable, dondequiera que esté sé que si ella está mirando la noche también allí me mira a mí, mirándola. O al menos quiero seguir creyéndolo, porque si no, ¿de qué habría valido todo ese dolor de crecer, tanta furia, tanta interrogación? La adolescencia no es una fiesta continua, también es desolación e incertidumbre, futilidades y sinrazones, un apocalipsis personal ante una infidelidad, por ejemplo, o una especie de locura recurrente que te deja en paz por ratos, como si el cerebro no calzara bien dentro del cráneo y se agitara para todos lados y el cráneo fuera una camisa de fuerza...

Después de la furia y de todos los arrebatos, es decir, después de la pasión, Paulina me dijo alguna vez que yo seguiría estando en la luna y en el mar y en algunos libros. Era su manera de decir que el amor entre nosotros ya no podía ser más que ternura. Terminamos, como dicen, vivimos ese trámite de las despedidas y los abrazos; pero desde ese momento yo nunca he podido huir de esos libros, ni de la particular idea del mar que creamos y alimentamos juntos, ni de aquel cielo andrajoso y perfecto.

Supongo que todas las parejas que se han querido de verdad –y esto sería entonces quererse de verdad– tienen sus propios cielos y mares y sus exclusivas ideas de la noche y del día y de la vida y de cuanta cosa haya en todos los universos posibles; pero muchas parejas lo olvidan al día siguiente de separarse o unos días después. Nosotros, en cambio, para no olvidarlo —porque lo único que nos prometimos fue jamás olvidar lo que compartimos— nos lo decimos cada cierto tiempo, aunque estemos cada uno al otro lado del mundo y aunque, objetivamente, hayamos crecido y nos hayamos transformado, porque uno se transforma continuamente y todavía más cuando, habiendo recuperado la sanidad tras un descalabro afectivo, encuentra el coraje necesario o la simple temeridad para emprender otra relación. Nosotros, pues, nos lo decimos en alguna carta muy breve, o de contrabando en una conversación rutinaria... O se lo digo sin decírselo en algún texto que para el resto del mundo es impersonal; o a veces después de muchos años decidimos decírnoslo otra vez con alguna mirada fija y minúscula que nadie más que nosotros sabría ver en nuestros ojos.

Es simple: seremos cómplices siempre, coautores secretos de una obra privada, incompleta, claro, para siempre en borrador, pero nuestra.

Es que el solo hecho de no querer olvidar, de aceptar cierta responsabilidad o deber al decidir que nunca se permitirá uno olvidar lo que sintió por otro, es una manera de seguirlo sintiendo, aunque diluido, pero igualmente real. Es una manera de afirmar que el otro es importante, que yo guardo su existencia en mí, que mi memoria rinde tributo a su vida, al hecho de que ese otro, y no otro, ha existido y ha sido importante para mí. En lugar de acabarse con la separación, el amor debiera transformarse en memoria y la memoria llevarse a cuestas como un fardo ligero: una muestra de que ha valido la pena vivir. Esto entraña aprender a seguir viviendo con fantasmas, sí, pero en este caso serán fantasmas queridos.

Y no sé, tal vez solo puedan quererse de este modo dos personas que hayan sabido separarse para seguirse queriendo. Porque la separación, cuando hay amenaza de catástrofe o destrucción, es a veces la única manera de guardar el amor. Si se consigue, la soledad nunca será absoluta y uno tendrá a su lado, aunque espectrales, tantas criaturas como haya amado. En cambio, imagino la verdadera soledad –la soledad solo habitada por olvidos tajantes– como la peor de las penas: jamás haber compartido esa noche con alguien, o jamás cruzar una puerta sabiendo que es la misma puerta que alguien, ausente, cruzaría. O haberlo hecho pero no recordarlo.

Hay quienes viven para siempre aislados, dentro de las multitudes, o afuera, en rincones invisibles. Pero algunos sabemos sin saber decirlo, que aun si fue por escasos momentos, pudimos compartir el mundo con alguien; o que el mundo es fundamentalmente eso que compartimos.

[12:04 p.m.]

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25/7/09

04 de abril de 1999

ÉRASE UNA VEZ UN OASIS DE PIEDRA ENCLAVADO EN MEDIO DE UN DESIERTO.

Desde el aire, las aves que han perdido el rumbo encuentran en ese punto ceniciento su único descanso; en medio del abismo de arena hirviente que las ahogaría, un apoyo gris para recuperar la fuerza que les permitirá seguir su vuelo y encontrar la ruta hacia su hogar. Ese oasis de piedra es un paréntesis.

Pero la piedra vive una paradoja: su dureza solo es aparente, y en ella hay más vida que en todo el desierto. Intuyéndolo, pero sin la paciencia ni los instintos necesarios para hacerlo, las aves siempre caen en la tentación de quedarse con la piedra para siempre; pero no pueden contrarrestar el ímpetu de sus alas y siempre se van.

A veces la piedra llora o suda para que las aves tengan algo para beber, y eso las pone en camino.

La piedra se desgasta lentamente. Se erosiona con su propia exudación y sabe que un día ya no quedará nada de ella y se convertirá en arena y se confundirá con ese desierto que la ha albergado sin pedirle más que permanencia. Y la permanencia es el compromiso más duro, aunque justo, para una piedra.

La piedra les da reposo a las aves y las escucha sin reprocharles ni exigirles nada. La ternura categórica de la piedra salva a las aves; en ella encuentran sosiego y en su pétreo silencio –la piedra nunca responde– dejan de oír el barullo de los mundos que las asfixian y luego vuelven al aire agradecidas.

Pero la piedra solo finge indiferencia; tal es su destino: vivir cubierta por una apariencia de piedra y solo ser una estancia de paso. La piedra suda, llora o exuda, y merma y agoniza mansamente, tanto que ni ella misma lo nota.

Es que las piedras no pueden volar –ella lo ha intuido a lo largo de milenios–, pero al menos pueden alentar el vuelo ajeno.

Y así la piedra también conoce la alegría, una alegría hecha a su medida de piedra: cuando ve el cielo llenarse de aves coloridas que lo adornan con sus gráciles y leves figuras y sus siluetas marcan el aire con giros que parecen letras y lo pueblan de historias invisibles que la piedra ha aprendido a leer...

Hoy, solo las aves pueden mitigar la tristeza del cielo y de las piedras; y quisieran incluso poder curar su dolor mineral; pero saben que sin ellas su vuelo sería imposible o suicida: no tendrían dónde descansar en sus larguísimos y agitados vuelos y se hundirían para siempre en las arenas hirvientes de los desiertos.

O quizá la piedra fue un ave que olvidó cómo volar, o que olvidó haberlo sido. Porque también hay quien cree que algunas aves, las más hermosas y sabias, tan raras que solo hay una o dos por generación, fueron piedras que supieron crecer alas pero olvidaron cómo o no lo saben enseñar.

[11:58 a.m.]

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22/7/09

y las hormigas heredarán la tierra

[página suelta, sin fecha]

EJERCITARSE EN EL DOLOR... gimnasia masoquista, esta pasión infantil por el sufrimiento supuestamente inmerecido: ¿no es este aprendizaje el que no ha querido hacer la humanidad?

El ser humano todavía es un niño.

Seguimos anhelando que nos adoptase algún dios huérfano…

¿Madurez? Digamos, para no ser tan groseros, que no somos niños sino jóvenes... ¿O sería conceder demasiado?

En todo caso, jóvenes egoístas, necios, aventureros y temerarios a veces, generalmente impulsivos y regularmente esclavos de las razones equivocadas: conquistar, dominar, destruir. Nuestro máximo objetivo pareciera ser demostrar que entre las especies somos el macho superalfa. Construimos rascacielos kilométricos y salimos al espacio pero nos olvidamos de dejar de ser simples depredadores (a eso se debe, supongo, que en las películas y los libros siempre imaginemos a los alienígenas como depredadores: solo es nuestra proyección de un alfa más superalfa que nosotros mismos...)

Madurar entrañaría ya no necesitar matar ni guerrear sino cuidar y aprender unos de otros y gozar y gozarnos.

La historia está al borde de terminar y no sabemos si somos capaces de empezar otra, o de dejar que empiece otra con nosotros superados, lo cual tampoco sería una gran pérdida, pues la humanidad, como un todo, no ha existido nunca y en su lugar solo han existido razas, etnias, naciones, países, identidades metafísicas de todo tipo o supuestas identidades (como si algo pudiera escapar de la flecha del tiempo); pero no ha existido nunca “la humanidad”.

La idea de una humanidad sigue en su etapa infantil: ¿de qué otra cosa son muestra la insistencia en la violencia y las intolerancias, los pleitos inútiles entre unos y otros, vecinos, que si yo soy de aquí y vos de allá, o la obsesión con las jerarquías o la morbosa urgencia que parecen sentir algunos por empobrecer y explotar a otros para sentirse ellos grandes y todopoderosos?

Somos un animal que solo ayer se hizo consciente de sí.

Y si la humanidad no cuaja, las hormigas heredarán la Tierra.

Y estaría bien.

[11:48 p.m.]

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17/7/09

2 de noviembre de 1999

AMANECE.

El sol se yergue como un glande. Es colosal y competente y dorado.

Un amigo me dice muy líricamente que fue una eyaculación del sol sobre el mar lo que engendró la luna y la noche y todas las estrellas. Yo replico que bien puede ser al revés, que tal vez la noche era un gran vientre oscuro, la matriz sin origen de donde nacía todo, incluido el mismísimo rey sol.

¿No es más probable que de la oscuridad provenga la luz, que de la luz la oscuridad?

Por supuesto –matizo– la noche y el día no están en realidad separados y el universo es una infinitud andrógina. O quizá ni siquiera andrógina porque no tendría razón para restringir sus opciones a dos... Nuestra manía de hacer dicotomías donde no las hay... Hace falta un planeta para que haya día y noche, algo que gire, y una estrella...

¿Y si viviéramos en un viaje perpetuo por las extensiones inexploradas del universo?

Quizá en otras regiones del universo hay algo más que noche y día, un entredós o tres o cuatro o un sinnúmero de momentos distintos sin repetición, han de haber tantas cosas inimaginables...

Nosotros, específicamente, nos hemos acostumbrado a pensar hacia el fin, como si estuviera escrito que todo tenga que acabar definitivamente... ¿Y si lo verdaderamente real es el eterno retorno de lo diferente? Repeticiones, sí, pero cada una divergente... Es igualmente posible que todo pueda recomenzar una y otra vez y que el tiempo y la vida sean ruedas sin comienzo ni final, o que el comienzo y el final sean nada más otros dos términos terminantes, como la guerra y la paz, como la creación y la destrucción, dos abstracciones humanas, como lo humano y lo no humano, o el hombre y la mujer.

¿Cuántas ilusiones o consuelos necesitamos para sobrevivir?

Anochece.

El sol cae sobre el mar, eyaculado y deshecho. Lo imagino harto de alumbrar en su centrípeta soledad.

[11:46 a.m.]

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14/7/09

24 de noviembre de 1999

HACE UN PAR DE DÍAS ASISTÍ A UN RECITAL DE POESÍA MUY CONCURRIDO. Mi mayor asombro fue descubrir que, juzgando por las apariencias, todas las personas presentes eran poetas. Tanto los que leían como los del público, casi por igual, parecían vestir según esa rara moda de qué-me-importa-a-mí-la-moda. Calculé que para conseguir ese look desinteresado la mayoría de ellos debía haber pasado horas frente al espejo contrastando camisetas y pantalones, ponderando el largo del cabello y si habría que llevarlo o no con una cola, si hacía falta o no un arete y cuál iba mejor con la apariencia desvencijada y jipi de la camisa, la barba apenas recortada, los jeans rasgados... Estos tipos –pensé– hacen lo imposible por aparentar que no les interesa aparentar nada. Son hábiles. Y pensé que también yo podría hacerlo si tan solo tuviera algo más de tiempo. A algunos ya los he visto antes en la Universidad. Uno de ellos manifestó en una clase lo repugnante que le parecía que los “chicos bien” juzgaran a las personas por la ropa que visten y por sus peinados y esas cosas “superfluas”. Por eso me sorprendió que este mismo tipo, en el recital, parecía estar haciendo un inventario mental: a quien iba entrando lo repasaba de arriba abajo, un poco desinteresadamente, es cierto, o con un calculado disimulo, como si solo estuviera viendo a la puerta porque esperaba a alguien, alguien que nunca llegó, dicho sea de paso... Me pregunté si así debía ser una mirada inquisitiva y poética, curiosa y perceptiva. Yo es que soy neófito y por eso me lo pregunto todo y trato de observarlo todo y aprender, soy inexperto, aprendiz o pipiolo y a eso ataño tanta adjetivación que se me hace necesaria cuando, seguramente, no lo es, y tanta sinonimia o redundancia tan superflua como también eran, sin duda, la camisita de botones y mi saco de lana grisácea en aquella noche de la cual ya no quisiera acordarme, es que mi fracaso por parecerme a ellos y ser como ellos me hace sentir aparte, diferente, vendido y aburguesado y empecé a entender que tal vez por eso siempre me ignoraban en los pasillos, en la cafetería y en los recitales... Es necesario, supongo, que solo puedan aceptar en su grupo de poesía a quienes ostentosamente lo parezcan. ¿En qué quedaría su identidad si no lo hicieran así? Un Lorca redivivo que vistiera saco y corbata sería al unísono y entre sornas condenado al ostracismo, no lo dejarían hablar o, de dejarlo, no le prestarían demasiada atención: ¿para qué si su atuendo y sus gestos sin duda revelan que no sabe lo que dice o que sencillamente es un retrógrado literario? Me pregunto si solo será cuestión de saber adónde buscar y encontrar el libreto y aprenderse sus lineamientos, o sus líneas, o su vocabulario, sus estilos, los reglamentos o lo que sea para poder siquiera tener chance de empezar el escabroso proceso iniciático.

Pero hay que entenderlos, y yo los entiendo, claro, pobres, o sueño con entenderlos, entenderlos tan bien que me dejen estar con ellos, ellos que solo viven para la poesía y son muy malentendidos y saben mejor que nosotros llevar la culpa cuando, por ejemplo, se descubren añorando algo que solo los otros debieran anhelar, qué sé yo, un auto del año quizá, o una casa anchurosa y propia con altos ventanales mirando hacia el atardecer. Sin embargo, he escuchado decir a los más ilustrados y lúcidos y modernos entre ellos que, a fin de cuentas, estamos en la posmodernidad y que por eso no hay nada de malo en que también los poetas puedan ser un poco yuppies si les viene a bien, siempre y cuando se disfracen, para ciertos rituales tácitos, de intelectuales parisinos del 68 o de andies warholes teñidos de negro o en su defecto del vilipendiado Che, que ya todo da igual o debiera darlo. Y ahí es cuando a mí, novato y, según creo, no tan despabilado aún, se me empiezan a enredar todavía más las cosas: ¿cómo es que si todo da lo mismo ellos, no obstante, deben cumplir ciertos criterios de estilo a los que solo parecen tener acceso los iniciados? ¿Y cómo entender qué diablos está permitido y qué no si parecen tomarse hoy libertades que mañana condenan y que, en todo caso, siempre pueden defender precisamente porque a su juicio todo vale igual o da lo mismo o es simplemente okey porque el arte es subjetivo? Parece que el criterio fundamental es el ser parte de su grupo, ¿pero cómo se llega a ser parte de él?

Me esforcé por no seguir pensando en estos asuntos marginales, o los planteé como tales precisamente para no seguir distrayéndome con ellos y poder escuchar sus intervenciones.

“Es que yo lo siento así” —dijeron, varias veces, entre verso y verso cuando teorizaban sobre el arte mismo de la poesía—, o “la poesía que importa es la que es buena para uno, la que a uno mismo le llega”... Y parecían conocer bien esas complejísimas teorías que afirman que ya prácticamente todo está dicho y que no es posible ser original y que nada hay de malo en repetir y reciclar y reusar las creaciones del pasado, que además no queda otra opción y que el plagio, gracias a sibilinos recovecos especulativos, también puede ser heroico o triunfal porque el plagiador es único y lo que importa, de nuevo, es la experiencia subjetiva, que, además, como el autor está muerto o moribundo o en proceso de resucitación –en esto no parecían estar de acuerdo– no es más que una manera en que el lenguaje por sí mismo habla por uno, que de todos modos uno sí es único aunque no es nada más que palabras que no le pertenecen...

Luego traté –infructuosamente– de no pensar más en esas enrevesadas teorías que de todas maneras soy incapaz de comprender y pensé, más bien, en lo triste que es para estos poetas no poder dedicarse enteramente a escribir. Porque se quejaban ellos del “síntoma” de “nuestros países”, no dar mucho espacio a la poesía, al arte, para que los artistas puedan crear con tranquilidad, el poco apoyo del Estado, el escaso público lector, la práctica imposibilidad de ganarse la vida como “trovadores de la posmodernidad”, algo así dijo uno, no exactamente así pero algo similar, yo de bruto no llevé libreta de apuntes y luego lo olvidé, era una expresión bonita... Y otro dio a entender que preparaba en silencio y secreto una magna obra futura y que algún día saldrá a la luz a pesar de tantas dificultades que enfrenta la poesía en “nuestros países”... Y bueno, no recuerdo mucho más. Dichosamente repartieron un folletín con un extracto de los poemas leídos durante la noche; copiaré algunos que me llamaron muchísimo la atención, no sin cierta vergüenza, debo decir, pues yo en mis ingenuos y primerizos intentos nunca he dado con algo tan desconcertante e íntimo y pulcro a la vez: “tu semen huele a mañana de invierno / y mis tetas, rociadas por él, se deshembran en idilios púrpuras y galácticos”; u otros versos místicos: “los raudos galopes del tigre exuberante / marcan el sonido de esferas huidizas / y recorren mi vientre y mi éxtasis es blanco y me ciega”; o algunos más bien vegetarianos y edénicos: “tu aliento humedecido / uvas y estrellas meciéndose bajo la luna / una promesa de eternidades compartidas”...


Seguramente los juzgaba —¿pero quiénes eran específicamente?, ahora no recuerdo ese recital, ¿o lo habré imaginado o creado por pura rabia?— tan mordazmente porque también yo quería ser poeta y ni siquiera me atrevía a leer por allí, públicamente, algún verso —¡y gracias al cielo no lo hice!— Nada, claro, tenía yo que me hiciera mejor que ellos, aunque ciertamente lo pensaba, me sentía superior en mi silencio literario, creía que yo era más escritor aunque tampoco escribía como debe escribir un escritor: con disciplina, a diario; no, mierda, también yo, torpemente, solo soñaba con ser escritor y entonces escribía cuadernos interminables de páginas y páginas de ilusiones y quejas y sueños infantilizados… Como estos cuadernos, precisamente, que bastaría leer de cabo a rabo para encontrar por doquier los indicios y gesticulaciones que también a mí me pondrían al descubierto... ¿Pero no es justo eso lo que hago aquí, hoy? ¿Para qué, tras tanto tiempo de olvido, he vuelto esta mañana de invierno a recorrer e incluso transcribir electrónicamente algunas páginas de aquellos cuadernos vergonzosos o traicioneros y tan desolados como planetas? No lo sé y no importa, simplemente encuentro cierta morbosidad en volver a verme o imaginarme, entre nostálgico y avergonzado, tal como fui antes... Pues que sea un ejercicio de lucidez: descubrir dónde estaba allí lo cursi y lo kitsch y dónde no estaba, que también en algunos momentos creo que logré evitarlo… Inventariar lo despreciable y desechable para no repetirlo jamás… ¿O es que estoy releyendo estas páginas por una mera nostalgia —inútil, como todas las nostalgias– de aquellos sueños infantilizados, una nostalgia de una época en que todo era trágico porque yo necesitaba que lo fuera, y solo porque esa era la única excusa perfecta para no madurar, es decir, para no trabajar seriamente en mi sueño y poder así culpar al mundo o la historia de mi muy probable fracaso?

[11:43 a.m.]

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3/6/09

19 de noviembre de 1999

DICHOSAMENTE TAMBIÉN HABÍA CIERTA LUCIDEZ…

Lo cursi también llega a ser esforzarse obsesivamente por no serlo; por ejemplo, escribir a tumbos y retumbos, mezclar imágenes y temas y estilos creyendo cretinizadamente que eso basta para ser “original”; e incluso confesarlo, confesarse uno mismo como parte del escaparate y aceptar que si no podemos afirmar que la genialidad sea solo cosa del pasado, al menos no parece serlo del presente...

Tal vez debo ser algo cursi porque hoy todos tenemos que serlo un poco: ¿lo único asquerosamente evidente no es que este mundo nos tiene cogidos a todos?

O bien...

(–como si por rebuscar estilos y hacerse el simpático ya fuera uno escritor–)
(–como si no fuera necesario tener una historia que contar–)
(–como si no fuera cierto que eso ya no es necesario porque hay billones que no tenemos historias que contar–)
(–y que es cuestión de mayorías, porque nosotros, tantos, ya no contamos–)
(–¿y qué puede contar quien no cuenta?–)

Si esto fuera una historia, sería la historia del futuro.

[11:32 a.m.]

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19/4/09

06 de abril de 1999

LA VIDA ES UN LIENZO MATEMÁTICO... paréntesis dentro de paréntesis, relaciones a través de relaciones... y el paréntesis es un asunto de borde, de frontera, de tejidos... las relaciones se tejen, efectivamente, entre unos y otros, pero el ordenamiento entre las partes es más importante que las partes mismas... ¿Habría una matemática del vínculo caótico entre unos y otros?

Hoy aprecio mucho más estos breves fogonazos que las largas parrafadas farragosas que acostumbraba echarle al papel en aquellos días. Aún me cuesta entender cómo podía pasar, con tanta facilidad, de un apunte preciso a una teoría (o pseudoteoría, más bien) ampulosa y enrevesada, o esas páginas cargadas de lirismos rebuscados, innecesarios, ¿a quién se le ocurre en este momento de historia, en este contexto de mundo, volverse a una huída lírica? Aunque… ¿era una huída?

[11:26 a.m.]

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14/3/09

12 de septiembre de 1999

EMPEZAMOS AMANDO A ALGUIEN DESCONOCIDO, un nombre o un rostro, algún semblante nebuloso, signos que no sabemos cómo desentrañar; amamos la idea de alguien, un guiño que fabulamos porque no podemos recordarlo con precisión, una mirada sostenida en el autobús, un roce casual en una acera, una palabra cotidiana, gracias, disculpe, hola, y una figura huidiza que acompaña la voz, levedad que nos hace livianos y nos acerca a otro, a su enigma; ese latido repentino que tiembla en el esófago cuando ese otro que miramos retribuye con firmeza nuestra mirada...

La desventura es que casi nunca baste con esa mirada y que eventualmente lleguemos a creer posible apropiarnos de la gente con los ojos.

[11:24 a.m.]

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11/10/08

18 de noviembre de 1999

—¿LEER DEBE SERVIR PARA ALGO?
—Para nada, a lo sumo para pensar.
—¿Pero pensar en qué?
—En nada en especial, solo pensar.
—¿Pensar en nada, pero eso es posible?
—La gente normalmente no piensa lo suficiente, se levanta y desayuna apresuradamente, sale y busca un taxi o coge un bus, llega tarde a la oficina, trabaja mecánicamente, se estresa mecánicamente, come a la carrera, vuelve a casa, deja los calcetines tirados por ahí, se rasca el culo y echa un pedo, revisa el contestador del teléfono sin poner demasiada atención, se tumba en el sillón con unas palomitas grasientas y ve en la tele las series de policías o de salvavidas voluptuosas o cualquier cosa semejante y luego se va a dormir para repetir el ciclo el día siguiente.
—¿Y entonces leer debiera impedirles hacer todo eso?
—Impedirlo no, solo hacer en todo eso una especie de paréntesis, o entremeterse en todo como una cuña... La vida es una suma de tropelías, la mayoría absurdas, y si se consigue hacer una pausa, pues bueno, ya eso es pedirle bastante a la lectura.
—¿Pero entonces sobre qué leer, libros sobre qué, cuáles?
—Eso importa menos. La lectura debe ser como la sexualidad. Eso, leer ha de ser como echar un polvo, o en su defecto, masturbarse. ¿Para qué se hace? ¿Te preguntás vos para qué te masturbás cada vez que lo hacés?
—Obviamente no, solo me dan ganas.
—Pues eso. Que leer sea una simple necesidad erótica, un ejercicio masturbatorio y, en su mejor momento, acompañado, ¡hasta orgiástico en los buenos libros! Una fiesta, eso es todo, una celebración sin objeto ni motivo, porque sí, ¿no hace falta a veces simplemente tomarse una cerveza con un amigo y hablar de cualquier tontería? ¿Y cuando simplemente nos volvemos hacia nuestra pareja, en la cama o en el baño o donde sea y empezamos a toquetearnos porque sí, porque repentinamente sentimos ganas de hacerlo? No se necesitan excusas para una fiesta, ¿o sí? Pues eso es para mí la lectura, una pausa en el tropel, gozar porque sí, decir mierda, estoy vivo, voy a gozar un rato sin motivo, sin interés, sin inversión, sin excusa, porque me da la gana, porque se siente bien.
—Pero eso no es pensar. ¿No decías que leer debe servir para pensar?
—Ya vas a complicar las cosas, ¡claro que es lo mismo! En comparación con la banalidad que es hoy la vida cotidiana, leer o hacer el amor equivale a pensar en nada. Claro que se piensa, se está consigo mismo pero sin razón, sin motivo económico, solo porque sí. Es en ese pensar que estoy pensando, ocuparse de uno mismo y darse una oportunidad de gozo impráctico, soberano, privadísimo y, sin embargo, poblado por todos los mundos y personas reales y posibles que seamos capaces de imaginar.

[11:07 a.m.]

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4/10/08

13 de noviembre de 1999

NINGÚN AMOR ES UNA SALVACIÓN DEFINITIVA. Que las personas lo crean sirve para venderles islas de la fantasía y cruceros del amor y tarjetas con niños llevando flores de rubí en un mundo en blanco y negro.

Es simple: el amor también podría hacernos prescindir de todos esos artificios, incluso del escaparate donde hoy acostumbramos morir anónimamente.

Algún día el amor solo existirá en salones desocupados como desiertos, en teatros vacíos, en lechos amortiguados por silencios.

[11:01 a.m.]

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20/9/08

12 de noviembre de 1999

CUANDO LO CURSI SE PONE DE MODA TODOS CREEMOS ESTAR EN EL EDÉN. Y una de las tantas ventajas de esta situación es que ahora todos somos poetas, pues para serlo, dicen, basta con hablar “subjetivamente”. La historia termina para dar paso al edén y entonces todo es arte, hasta los libros que queremos escribir pero no escribimos, y el hecho de quererlo y soñarlo o simplemente declararlo.

Quizá Dios nos expulsó del paraíso porque estaba harto de tener por criaturas a unos seres tan estúpidos. O simplemente tan inmaduros. Y quizá nos expulsó para forzarnos a madurar. Pero seguimos tan niños como cuando nos descubrimos por primera vez desnudos y deseantes.

Hoy, algunos creen estar de vuelta, pero tal vez lo único que hemos redescubierto del edén sea la estupidez: masiva e ineludible. Por ejemplo la estupidez de creer que los mejores son quienes más dinero tienen o, al revés —hoy día da lo mismo—, creerse mejor simplemente porque uno no tiene ningún dinero ni cree necesitarlo.

¿Y no soy también yo uno de tantos estúpidos, principalmente porque a veces pretendo ser capaz de explicar la estupidez o, peor aún, estar exento de ella?

[10:57 a.m.]

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30/8/08

11 de noviembre de 1999

UN SALÓN AMPLIO, desocupado y en penumbra. Entre sus paredes, reprimido, se contiene un desierto de ecos...

Lo cursi, ¿acaso es simplemente decir “te amo”? Tal vez decirlo solo como formalismo: una línea en un guión.

Una pareja aislada del resto del mundo.

Están en el salón desocupado o en un teatro vacío. Si deciden actuar solo lo harán para sí mismos. Pero nadie los mira: tienen la oportunidad de no actuar.

¿La tienen? ¿No es suficiente que mire el otro? ¿Y no actúa también uno ante sí mismo? Por eso precisamente es imposible afirmar que somos, cada uno, uno mismo…

Y si no estuvieran en un tablado, si por un momento se desvaneciera el mundo —incluso dentro de ellos mismos— y quedaran íntimamente solos, ¿podrían saber con certeza que se aman?

Tal vez solo somos para los demás y, por eso, la vida debe llegar a convertirse, tarde o temprano, en el tedioso esfuerzo por ser siempre los mismos, sencillamente para que los demás puedan reconocernos.

La pareja está aislada, libre para hacer lo que deseen. ¿Y qué hacen? ¿Bailan, quizá, desnudos en el salón de los ecos? ¿Se gritan acaso su amor, oyéndolo rebotar en las paredes al expandirse por ese desierto retenido? ¿Brincan como gorilas primigenios o se arrastran como bienvenidas serpientes?

Nada, están solos y se mueren de pena y hacen lo que han hecho siempre. Y dicen lo mismo, se dicen lo mismo.

Más adelante, en una playa desolada, bajo el cielo abierto como una flor.

Ahora están desnudos. La tierra entera es el mismo desierto que estaba contenido en el salón desocupado. No hay paredes, la ribera es inmensa, el mar, el cielo, no hay nadie más.

Una de las dos personas mira a la otra imparcialmente y se siente dueña no de ella sino de sí misma y la tierra entera la abraza. Es justo en ese instante cuando descubre que la ama o, más bien, que esa palabra puede significar eso que experimentó en ese instante.

La otra, dubitativa, baja la mirada. Acostumbrada a los escenarios, no sabe bien qué hacer cuando las butacas han sido eliminadas y queda solamente la tierra ante un cielo callado, un cielo para siempre callado.

Sus ojos como fosas o bocas acuosas... Nadie más la mira. ¿Pero qué se puede hacer cuando solo una persona nos mira? Una persona es casi ninguna persona, y es difícil o absurdo seguir actuando para nadie. No soporta tanta soledad… En cambio, para la otra, esta soledad es el único sentido de la palabra “felicidad”.

Luego se separan.

El salón ya no existe, el desierto se ha extendido fuera, ha salido a la calle. Los demás son un decorado deslucido. Una ya no oye ni mira nada, apenas habla. La otra sigue prefiriendo lo que ya está escrito: su vida es literalmente dramática; para ella, lo real es una ficción recibida.

[10:53 a.m.]

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23/8/08

07 de diciembre de 1999

(ENTREVISTA ESPECULAR)

He gozado momentos de una desnudez animal y tierna a la vez, y me ha dolido vivir cuando no he podido retribuir el deseo que alguien sentía por mí; esto lo digo sin miedo: he sido a veces infortunado e impotente, pero otras veces he sido perfecto.

También, alguna vez, me ha tentado el suicidio, creo que simplemente para poner fin a la incertidumbre y la ansiedad. Pero creer que la muerte es verdaderamente el fin también es un acto de fe, y prefiero el dolor que la fe. Para mí ya no se trata ni de creer ni de matarse, sino de resignarse a que vivir sea siempre alguna versión de enigma trágico.

Por ejemplo: no puedo decir que yo sea quien otros dicen que soy, ni siquiera el conjunto de momentos que podría rastrear con la memoria, una suma de escenas febriles y temores ridículos, de anhelos cumplidos y sueños frustrados, de actos cotidianos simples y algún incidente extraordinario.

Tantas veces que he querido decir algo y he callado… Tal vez soy esos silencios desvanecidos, esas palabras irrecuperables: una ceguera iluminada que siempre viene de otra parte, o de otros.

La conciencia siempre es fantasmal.

No sé qué he sido ni qué seré; hoy quisiera creer que soy las miradas entreveradas de todas las mujeres que me han mirado detenidamente, y de algunos amigos y familiares que sé que me han querido. Porque solo esas miradas me han sostenido… Y si son otros quienes me han hecho quien soy, no soy lo que cada quien ha creído que soy, ni tampoco la suma de sus opiniones… ¡Esta errancia de ser el otro lado de unas miradas que cambian tanto como las mías, y que cambian aún más con el recuerdo!

Mis verdades son los afectos que me han transformado, dislocando mis verdades anteriores: lo que daba por seguro, a lo que pretendía serle fiel.

Mis verdades no tienen nunca un punto estable, central, alrededor del cual girara todo sujetado por radios invisibles… Se desgranan, las siento caerse de mi piel y a veces también rozarla o quemarla o desgarrarla; y solo porque pueden morir son verdades tan verdaderas como la vida.

También es posible que ella vuelva a amarme. Los milagros solo son hechos con muy pocas probabilidades de llegar a ser.

Solo al deshacernos mutuamente nos hacemos quienes somos.

El amor debiera sostenerse en ese borde de abismo: entregados al viento, sin dejarnos caer.

[10:44 a.m.]

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26/7/08

24 de marzo de 1999

A VECES NO ES POSIBLE VIVIR SIN ALGUNA ILUSIÓN. A veces solo eso tenemos para no paralizarnos y poder guindarnos de los días como si fueran aves gigantes que alcanzáramos en pleno vuelo.

Immanuel Kant, el más ilustre filósofo de la temprana modernidad, pensaba que en la estructura misma de la razón humana subyacen las raíces irrevocables de las más grandes ilusiones; por ejemplo, el alma, o Dios. Esto quería decir que, por más que una persona quisiera evitar los errores de su razonamiento, por más que fuera precisa en sus silogismos, la razón misma eventualmente la conduciría hacia sofismas o equivocaciones, o ensueños, o finalmente ficciones de la razón…

Pero no caeré en digresiones filosóficas. Hoy me inclinaré por un realismo natural y simplemente pondré aquí a alguien que sufre, y que lo hace porque cree que ha sido feliz y que ya no lo es. Se me antoja llamarlo Víctor, aunque también podría haberlo llamado Juan o Apolodoro o Astroboy. Y Víctor, precisamente, tiene una ilusión: su amada, sin razón aparente, lo dejó, pero él aún la espera de vuelta, a pesar de que en múltiples ocasiones ella le ha dicho que jamás volverá. Es algo bestia, el pobre.

Pues este tal Víctor está en su habitación/oficina y son tal vez las diez de la noche. Timbra el teléfono y un nanosegundo después aparecen las siguientes palabras en su consciencia: “es ella, es ella”. Atiende y finge una voz indiferente, un “aló” más bien a lo Clint Eastwood, el de la época vaquera… Pero no hay respuesta. Repite su aló ahora más interesadamente, casi con candidez; pero al otro lado cuelgan sin decir palabra. A Víctor lo sobrecoge la certeza de que era ella, que debía ser ella, pero no se atrevió a hablar. Sí, seguro era ella.

Pero, ¿por qué haría algo así?

Vuelve a su trabajo —es traductor, y hoy está traduciendo un manual tediosísimo sobre el manejo de un montacargas: que nunca conducir hacia delante con las horquillas levantadas, que nunca descender pendientes con la carga por delante, que nunca esto, que nunca lo otro— tratando de olvidarse del teléfono y de las preguntas aguafiestas (“¿por qué haría algo así?”).

Al cabo de una media hora tocan el timbre y Víctor salta de su silla como un resorte de pronto liberado (el traducía, trabajaba, pero en paralelo y a la sombra su racionalidad más íntima y feroz había seguido su curso inexorable): “¡es ella, llamó para ver si yo estaba, vino sin avisarme para darme una sorpresa, es ella, es ella!”

Corre a la puerta y se prepara a abrir fingiendo la indolencia de un anestesiado.

Es la vecina.

Quiere saber si Víctor participará en la campaña contra el hampa, los vecinos están organizándose porque quieren que la comunidad esté protegida. No, a Víctor no le interesa. “Pero vecino, ¿no le da miedo que entren en su casa y le roben todo?” “No —contesta—, no me interesa, pueden robarme el alma si les da la gana.” Cierra bruscamente la puerta.

Es ella, la ilusión, ella, cerrar los ojos y oír su voz: “te prometo que volveré; no, Víctor, no volveré, no insistás”. Y luego abrirlos y verla caminando hacia. Y luego cerrarlos y tratar de dormir con. Y soñar despierto como un imbécil geométricamente perfecto y saber que es un imbécil porque a la vez despierta con ella sin ella y sin haberse ni siquiera dormido. Y todos los días creer que tal vez el nuevo día también será nuevo para ella, y creer que tal vez en este nuevo día ella tendrá un renovado deseo y que tal vez hoy se sentirá o sabrá equivocada, que tal vez hoy, por Dios, que tal vez hoy él sí le haga falta y ella finalmente lo busque para poner las cosas en su lugar, como si fuera él, precisamente, el lugar natural de las cosas de ella o incluso de ella misma.

¡Lo que piensa la gente para no tener que apuñalarse con furia!

Cerca de la media noche, el desesperado humano pierde toda su dignidad y la llama por teléfono.

—Hola —saluda él con la ternura de un cachorro beagle.

Hay una pausa afilada: ese último instante antes de la caída en una montaña rusa.

—Hola, ¿cómo le ha ido? —contestan al otro lado de la línea con despótica y evidentísima indiferencia, y a él ese cambio del usual “te” por “le” lo deja capote abajo y alelado y con los miembros atacados de generalizada perlesía.

—Solo quería decirte que me hacés muchísima falta —pudo decir a pesar de todo, temblando y con una pausa dramática en “que”.

La indiferencia de ella se convierte en animadversión, alevosía, escarnio, y su voz suena como la de un energúmeno que agitara su puño en el aire queriendo noquear hasta las sombras.

—¡Ya vas a empezar! ¡Cómo podés ser tan necio! ¡Dejame en paz de una puta vez! ¡Cuántos meses vas a seguir con esa lloradera!

V. está convertido en un trapo, o en menos que un trapo: en la porquería que limpiaría un trapo.

—Perdón —se le ocurre aún decir como si en el lenguaje castellano fuera imposible formar las siguientes expresiones: “¿sabés qué? ¡Andate a la mierda y llevate con vos a todos tus pretendientes del carajo y por tu puta madre morite hoy mismo!”

Ella no responde, claro, pero bufa como un toro con los pitones aguzados frente a un torerito aterrorizado que solo pide perdón, perdón, toro, por favor, por favor, como si el impetuoso vacuno pudiera sentir compasión o culpa. De hecho, el toro y no el torero lanza la estocada final: ella cuelga sin decir más.

Historia repetida al infinito en escala de grises...

La noche finalmente cae como una telaraña. Víctor el pálido se siente como un insecto odiado por toda la raza humana, el del paludismo, quizá, o el necio aedes del dengue, o en todo caso un insecto apocalíptico y aterradoramente incapaz de cambiar su destino biológico… Todavía hace un mes o así ella lloró y lloró por teléfono como una desquiciada mientras le decía “te prometo que voy a volver”. Ahora, de nuevo, esto... Dice que me ama y me trata con desprecio; o bien: dice que me ama pero lo dice con desprecio... Y dicen algunos científicos que el misterio último del universo es el tiempo o las partículas subatómicas o el instante precisa e ilógicamente anterior al Big Bang… ¡Hay que cagarse en su bang y en su bing y en todos sus intentos de llegar a una teoría de la unificación de las fuerzas! ¡Big Bang Bum es ese teléfono colgado como una maldición escatológica! Esa mujer que como si nada pudo despedirse para siempre diciendo “te amo y no quiero perderte”. ¿Qué tipo de lógica esotérica sigue su hermoso cerebro?

No hay más nada que agregar, todo se reduce a esta estupidez común. Algunos insisten en arrastrar su adolescencia hasta que el cuerpo aguante. Algunos nunca superan este vicio.

V. cierra los ojos y vuelve a llorar, llora hasta aburrir a las hormigas, que lo miran de reojo mientras recogen las migas de su desayunador. El universo entero debe estar aburrido, en efecto, de tanta lloradera humana. Y el cabrón llora de verdad, tan de verdad como es prohibido decirlo según toda prudencia literaria, pero ya lo he dicho, qué diablos, y entonces llora cayéndose por un risco metafórico y mientras cae su razón más íntima e inaccesible empieza a trabajar de nuevo, tan campante y kantianamente como siempre y, por eso, después de unos pocos minutos, cuando el teléfono timbra de nuevo, sin tiempo siquiera para defenderse contra sí mismo, sus adentros gritan nuevamente desaforados: “¡es ella, es ella!” Perturbados por sus bramidos guturales, los infinitesimales microbios que viven en el auricular de su teléfono no necesitan formular ecuaciones diferenciales ni transformadas ni integrales en coordenadas polares para concluir que Victorito es un pobre payaso y ríen y ríen hasta literalmente morirse de la risa.

Lo sentimos, Víctor, número equivocado.

Las hormigas, puntualmente, terminaron su limpieza nocturna de boronitas.


[10:38 a.m.]


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18/6/08

Aforismos afectivos/temáticos para la "novela" o algo así, II

[página suelta, sin fecha]


I.
La verdad se mide por el número de páginas que dura. Hay clases de páginas que encuentran la manera de reproducirse como ratas, mientras que otras pasan inadvertidas y solo duran un respiro y, baldías, son como extensiones de piedra. Algo similar pasa con la realidad. Algunos creen que la realidad está en la guerra, en los asesinos en serie y las matanzas en masa, en el hambre y las epidemias. Olvidan así que también hay realidad en la ausencia de ejércitos, en la simple brutalidad cotidiana entre parejas, o incluso en el aislamiento patológico de un pensamiento particular. Hay países enteros cuya realidad es una descollante fábula, emperifollada con discursos siempre galantes y cubierta de velos (discursos, libros de texto, páginas, millones de páginas) para que no parezca mentira, para que parezca la única verdad del universo.

II.
Quizá escribimos solo por la necesidad de excretar desechos: sabemos que el cuerpo no puede mantener dentro de sí sus excesos, pues de hacerlo se le pudrirían dentro. Tal vez sea por dejárselo todo dentro que algunas personas apestan. Es que solo se llena uno vaciándose. Claro, no es lo mismo vaciarse escribiendo que vaciarse en alguien, así como no es lo mismo cagar que cagarse en fulanito de tal, aunque esto último es a veces más reconfortante que lo primero.

III.
No puede haber una filosofía que anteceda y explique todo lo que aquí —en los textos— se dice necesariamente sin límites definidos. Pero la filosofía siempre es el sueño iluso de querer explicarlo; y esto no lo explicará jamás nadie, o solo un dios, es decir, en efecto, nadie, pues también los dioses tienen la inútil tarea de ser para siempre lo que nosotros no podremos ser jamás.

IV.
A la literatura le piden crear ficciones que nos alivien de la realidad. ¿Pero qué ficciones crear cuando la realidad toda es mera ficción? Tal vez haría falta, más bien, que la realidad se aliviara de tanta ficción. Hoy las pantallas son nuestro cielo platónico. Incluso esta última frase está trillada y vista y revista y revisitada y ya no significada nada o casi nada — esforzarse para que nuestra cotidianidad se parezca a la reality que aparece en la televisión — los padres han aprendido muy bien que deben sentar a sus niñitos, desde recién nacidos, frente a las pantallas, para que después sepan cómo es el mundo real y puedan defenderse, solo así no estarán en desventaja — claro, Platón no podría haber sabido que no es necesario enseñar la contemplación, pues basta con tener acceso al control remoto — es que solo así pueden los nenes ir con tiempo haciendo la lista de todo lo que deben comprar para ser felices y, claro, para que ya a los siete u ocho años hayan entendido que lo más fácil, cuando un compañerito molesta, es pegarle un balazo en la sien para que deje de molestar.

V (o IV bis).
¿Por qué habría de ser responsabilidad de la literatura crear una realidad que nos aliviara de la ficcionalidad que desde hace décadas viene sistemáticamente embruteciéndonos? La realidad es una ficción generada y mantenida a diario por esa masiva publicidad que pretende hacernos creer que estamos de vuelta en el paraíso: ya no hay más historia por hacer, ya nada se puede lograr, ahora solo queda gozar en la mascarada del espectáculo. En el mal cine, por ejemplo, la violencia extrema coincide perfectamente con los finales felices, y es eso lo que se nos pide tomar por realidad, a pesar de que de este lado la violencia jamás coincide con un final feliz sino con más violencia.

VI.
La idea más nociva de la historia ha sido la de que podemos regresar al paraíso construyéndolo. (Otra manera de evadir el hecho de que nunca hemos estado en un paraíso.)

VII.
Quizá sucede que no somos ni usted ni yo ni el de más allá, sino la vida misma quien padece de trastorno bipolar. La tristeza y la felicidad son como el rostro de Jano: lo mismo y lo otro que de alguna manera siempre encuentran la manera de enredarse. Dos rostros excluyentes que solo pueden existir juntos… O quizá no la vida, pero sí el mundo, es decir, la Tierra infestada de humanos: la historia del mundo ha sido quizá la historia de un trastorno bipolar sufrido a saltos. Una prueba adjunta sería que solo nuestra cercanía con el sol —y el contexto desde el cual lo percibimos: la rotación de la Tierra— nos ha hecho creer que es posible la luz pura; pero la noche y el día siempre coinciden, sin ser lo mismo, y solo parecen sucederse uno a otro dependiendo de nuestro punto de vista. Nuestra enfermedad ha sido creer religiosamente en la unicidad o privilegio absoluto de nuestra perspectiva.

VIII.
Dichosamente todavía es posible quererse con ternura y abrazar la tierra desnuda y visitar los cuerpos como si fueran litorales o desiertos o junglas o cañones o cascadas. Pero mientras sucede esta historia mía, o este remedo de historia, aquí a lo largo de los días infructuosos, me dedicaré a no olvidar la noche del mundo, simplemente para combatir como mejor puedo esa insistencia que tienen en hacer de mí mismo una ficción genérica. Tal vez algún día tendré una historia que contar; eso, supongo, querrá decir que casi estaré acabado. Pero ¡cómo contar una historia ahora, por Dios, si solo soy un niño! Un niño como el mundo. No: la historia apenas comienza.

IX.
El castigo a Adán y Eva —inmerecido, por supuesto— por su infracción amorosa, fue doble: padecer el amor y escribir por siempre el libro, el libro único, el que Él había escrito: por querer leerlo nos condenó a no leerlo, es decir, a escribirlo por todos los tiempos motivados por la ruptura del amor edénico, en un desesperado y destructor intento de recuperar el silencio perdido, es decir, de finalmente ser capaces de reescribir Su libro, ese que nunca nos dejó de leer.

X.
La libertad no es hacer lo que a uno le venga en gana, es que la sanidad no dependa de lo que digan de uno los demás.

[10:24 a.m.]

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30/5/08

27 de agosto de 1999

SE FUE SIN VOLVERSE UNA SOLA VEZ A MIRAR, como un sol arrogante.

Aunque es cierto que también el sol sufre una condena: tiene que iluminar siempre el mismo mundo, sin poder elegir, y sin poder él mismo ser iluminado. El movimiento del sol ha de ser el más desolado.

[10:18 a.m.]

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