QUIZÁ LA POSIBILIDAD MÁS SENSATA SERÍA SEGUIR ESCRIBIENDO SIEMPRE LA NOVELA, que, entonces, en sentido estricto, no “avanzaría” y solo crecería o se hincharía.
Podría probar estilos como se prueban zapatos en la zapatería cuando uno ya sabe de antemano que no va a comprar nada.
O abrir una puerta, ojear, y cerrarla con desgano.
O verme en el espejo y asustarme pero no romper el espejo ni dar media vuelta.
¿Tendría un sentido público, o un objetivo pragmático? ¿Podría llegar a ser algo más que un juego secreto?
Un texto que nunca cerrara las puertas que va abriendo, ¿se puede todavía llamar “novela”?
Hacer catálogos de contingencias, repetir matices de sueños, extender el dolor como si fuera la ampliación indefinida de un orgasmo.
O querer tocar los extremos a la vez para ver si es cierto que son lo mismo o diferentes...
Inventariar frases aparentemente vacías, o inconexas, narrar sin narración, contar sin hilos, recorrer a tientas un laberinto del cual no sepamos siquiera si lo es.
El marco de una novela, el reverso de una historia: hacer la novela de lo que se debe pensar para escribir una novela, pero que no se debe escribir en la novela…
Tomar notas al vuelo y hacer de la novela el borrador de la novela —el otro extremo del lápiz, como si fuera posible no borrar sino escribir con el borrador—, sin versión final ni completa; apuntar el ritmo atropellado con el que seguimos el recuerdo e ir moldeándolo un poco, tanto como sea posible improvisadamente; y apuntar el borde de los eventos pero no los eventos mismos…
Hacer, por ejemplo, un recuento de lo que “piensa” X mientras se lava el cabello en la ducha o lo que “anticipa” cuando camina hacia la cocina a prepararse el desayuno.
O interesarse por repeticiones mecánicas y masoquistas del amante abandonado y llevarlas hasta el asco con la intención de animalizarse o maquinizarse como salvación
O simplemente contar lo que no cuenta para ver la vida desde su punto cero: contar el recuadro huidizo de las cosas, ese que las define esencialmente sin ser parte de ellas mismas: de su enjundia o médula o meollo; y por mera diversión o supervivencia hacer pues eso: encadenar sinónimos como golpes al mentón o retortijones en la tripa…
Escribir cuatrocientas páginas acerca de nada pero hacer atractiva la nada.
¿Es posible?
¿Qué rodea los acontecimientos, psicológicamente cuál es su sostén, si lo hay y si podemos percibirlo y describirlo?
Aunque luego habría que soportar, maquiavélica y fulminante, a la crítica. Que eso no es literatura. Que dónde está la trama trepidante. Que dónde están los personajes de densas pero invisibles psicologías e historias impredecibles. Que dónde está la acción apabullante y los diálogos cotidianos. Que sin “tensión dramática” no hay narrativa que valga, que en la literatura no hay tiempo ni razón para hacer reflexiones explícitas —porque los personajes no deben pensar demasiado, ¿qué se creen, personas?— y menos aún para hacer lamentaciones necias, sostenidas, fenomenológicas, ¡recién púberes como tantos millones de individuos desamparados! Ay, que la literatura es una escritura donde debe esfumarse o encubrirse el autor. Que hay que narrar historias y no dar opiniones, mostrar y no decir...
Y bueno, concederlo todo, ni modo, y justificarse: “a mí, por ahora al menos, no me interesa la literatura, solo los afectos”.
Además, ¿dónde está escrita le ley que normalice u ordene que solo se puede o se debe escribir “literatura”?
¿No es la escritura en general más bien la puesta en cuestión de cualquier legalidad posible?
Tal vez para mí la novela sea imposible; y es muy sencillo, en realidad: es que no tengo historia, es que me han dejado sin historia.
¿Seguirá, hoy, siendo imposible?
Es cierto que de entonces acá he vuelto un par de veces a hacer el intento. Es decir, he vuelto a desear narrar, a pesar de que aquellos años de diarios entristecidos y resentidos y cargados de esta prosa vacía o vaciante me habían dejado seco, o carente de todo deseo de narración seria, o lavado en general de palabras, de la intención de registrar palabras de algún modo ordenado…
Pero lo he vuelto a intentar: recientemente he terminado un par de borradores que, prudentemente, descansan meditativamente en una gaveta…
Durante varios años creí que aquella época de anotaciones diarias –agrias o sosas– a pesar de la vitalidad negativa que me daban (me impedían matarme simplemente por el vicio de sentir ese deseo enfermizo de querer matarme), me iban a imposibilitar volver a tomar una pluma y querer escribir como se debe, según toda madurez literaria. ¡Es que durante tanto tiempo la escritura estuvo asociada con el dolor y la muerte! Y luego, cuando recuperé mi vida —al menos cierta jovialidad o inclinación a la alegría, o cierta serenidad que todavía habita mis tardes—, creí haber perdido del todo la necesidad de escribir. Pero después, no podría decir exactamente por qué ni cuándo, de nuevo me volvió a llamar el papel y me atreví a volver. He terminado esos dos borradores que quizá, algún día, serán dos novelas, en un sentido más... ortodoxo, digamos, o convencional.
Hoy, en esta tarde de nostalgia, o tan solo de inofensiva añoranza, ya me sé, al menos, libre de la obsesión de escribir hacia la muerte o el vacío, e igualmente del miedo de no ser capaz de escribir ni publicar nada.
Los meses que siguen serán decisivos.
[2:42 p.m.]
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02/11/09
17 de octubre de 1999
22/10/09
11 de octubre de 1999 (cont., 2)
3. Degener pravus
Algún preciosista argüirá que el nombre redunda, y tendrá razón, pues un degenerado es depravado y viceversa. Pero el académico sutil que bautizó a esta estirpe de sapiens sapiens sabía lo que hacía: la redundancia cumple el propósito hiperbolizar la deformidad de estos tipos. Llanamente, podríamos llamarlos “pornófilos”, aunque pecaríamos de lenitivos: el pravus, a, um, también refiere a perverso, torcido, defectuoso, irregular...
Sin embargo, por brevedad, en efecto los llamaré así: pornófilos. Esta identidad es una versión decadente de la sensual. Aburridos de todo tipo de convencionalismos, los pornófilos llegan a interesarse por la necrofilia y la zoofilia y solo el diablo sabe cuántas filias más. Si bien no acostumbran dejarse ver —al menos en cuanto pornófilos—, esta apetecida identidad obtiene al día de hoy una merecida medalla de bronce.
Sobra decir que en su mayoría estas gentes ya no se interesan mucho por el look de su compañero sexual; les atrae más su rendimiento y, si de paso tiene alguna deformidad —qué sé yo, un seno con dos pezones o un pene sacacorchos— pues bienvenida sea.
En principio, su pansexualismo es muy sano, tolerante y hospitalario y por eso mismo civilizado; pero las cosas se complican cuando degenera en explotación de los más débiles, en un sadismo efectivo y no simbólico ni compartido, o en esclavismos sexuales o en el llano y siempre irrevocable asesinato.
Comúnmente, aunque no exclusivamente, estas personas provienen de ambientes depresivos y malsanos, de enorme desamparo —y no me refiero específicamente a desamparo en términos económicos, sino también, y acaso principalmente, afectivo—. Parte de su singularidad radica en olvidar a la perfección que algún día necesariamente se les acabará el patín y terminarán más insensibles que las piedras duras; lo cual, claro, no les impide, mientras llegan a su fin, pasar por la vida como un huracán, arrastrando a quien encuentren a su paso. A la luz pueden ser nuestros buenos amigos, pero de encontrarlos en la oscuridad no tendrían reparo en penetrarnos con un destornillador. ¡De lo que hay que cuidarse, por todos los santos!
4. Servator vulgorum
Incluyo en esta cuarta pero aún respetable posición, a toda la gama de políticos y religiosos que solo saben abrir la boca para adoctrinarnos respecto de lo que hay que hacer para cambiar el mundo y para hacernos saber que solo ellos —más que obvio— pueden hacerlo, siempre y cuando uno les ayude monetariamente, claro.
Son los salvadores de los pueblos, es decir, del populacho o las masas, porque el no-populacho (del cual ellos, dichosos, forman parte) no tiene por qué ser salvado porque ya lo está por definición (orden de Dios o de Mr. Money).
Es fácil descubrir su identidad si uno observa con cuidado: mientras hablan de salvar el mundo se llenan los bolsillos con todo el dinero que no les pertenece; y si, por otro lado, uno no les descubre este gesto, pues bastará con revisar su biblioteca: por alguna enigmática razón todos los ejemplares de La República de Platón que poseen estos salvadores contienen una voluminosa errata: se le debe mentir al pueblo —se lee allí— pero no por el bien del pueblo, como defendía el Platón utópico, sino, mayestáticamente, por el bien de los propios monarcas, que el pueblo sin ellos –“justifican”– simplemente se mataría sin razón... No ha de extrañar que en las naciones infiltradas y tomadas por esta calaña la inflación que sufren los gobernados sea directamente proporcional al inflamiento que gozan los gobernantes.
En cualquier caso, necromancia o carisma, llámesele como se le llame, el punto es que te dejan vacío de recursos y lleno de esperanza.
Y lo más triste del asunto es que hay carreras universitarias donde puede uno sacar hasta doctorados en esto. Y son respetadísimas y tienen miles de estudiantes que se gradúan como moscas y son como moscas, es terrible, se los topa uno en todas partes y con solo acercarse ya siente uno el tufillo a desperdicios. Por estrategias de marketing, supongo, son en general muy buenos amigos de las cámaras y las entrevistas y tiene uno que soportarlos en televisión interrumpiendo a los Simpsons. Porque estos tipos, a quienes también podríamos llamar “mesiánicos”, son los amos de la opinión pública, con lo cual salta a la vista que la opinión pública no es la del gran público sino la de ellos. Si tuviéramos más como fulanito, dice la pobre gente sin saber lo que dice, si tuviéramos más el país estaría mucho mejor.
Curiosamente, los velados tienden a apoyarlos en las elecciones y en sus discursos y en sus creencias, simplemente porque a estos “servidores” no les interesa interferir con sus apariencias ni con sus modos de vida y, más aún, les conviene que existan y proliferen velados porque son ellos quienes más compran los productos con los que corruptamente lucran y son quienes votan para que puedan ser corruptos con gracia, es decir con embajadas o consulados o presidencias. A quienes los mesiánicos sí combaten con todos los medios a su alcance es, claro está, a los sensuales, pues a estos les importa un pito toda esa verborrea de la salvación y solo quieren irse improductivamente a la cama. En fin.
5. Lugubris maledictum
No sé por qué se dice que no hay quinto malo, pero este es más malo que la lepra. Tenemos aquí a la especie más estorbosa de todas: los lúgubres.
En oposición tanto a los velati como a los servidores del pueblo, los lúgubres se vuelcan fanáticamente a un apocalipticismo que raya en la forma más indigna de locura. Decirles “pesimistas” sería usar un eufemismo que no se merecen. Decirles “trágicos” sería ofender una posición filosófico-artística de renombre y sentido. Sería mejor no llamarlos de ninguna manera, pues de por sí entre la nada y ellos no parece haber nada; y sin embargo hay que llamarlos de alguna forma, pues hasta la nada, ya lo ven, o lo leen, tiene nombre.
Ellos creen sufrir una maldición eterna; más que eso, que el universo y la creación entera y sus propias vidas son una maldición eterna, una cárcel eterna. Pero no por estas razones defienden alguna posición gnóstica o mística. Nada de eso, su sentido de encierro linda más bien con la imposibilidad llana y simple de acomodarse a cualquier forma de vida concebible, y se dedican por lo tanto a quejarse de todo y de todos y del pasado y del porvenir y más rabiosamente del presente, claro, por ser el único tiempo ¡maldito sea! que siempre está aquí, al punto de que no llega uno a comprender por qué diablos no se pegan un balazo y acaban de una vez con su sufrimiento... Imagino que piensan que como todo siempre sale mal, seguramente fallarán el disparo y quedarán parapléjicos, ¡ayúdeme a decir!
Se entiende, así, que generalmente vistan de negro, como de luto, haciéndole honor a su nombre, funestos, y viven como por inercia y yo hasta los puedo sentir mirándome en los autobuses como si fuera yo el culpable de todas sus inverosímiles desgracias. Aunque luego resulta que no era yo sino mi vecina de al lado o el pobre chófer que a duras penas da a basto con eso de las barras electrónicas del carajo que se inventó sin duda algún mesiánico interesadísimo en el transporte público, es decir tan poco público como la opinión...
Confieso que empiezo a aburrirme… Que no soy locutor de radio con su top 10 o su top 20. Qué diablos, tal vez un par de notches más y vamonós.
6. Torpescus petra
Estos tipos –hablo de tipos y de tipas, entiéndase, que a mí no me pescan con esa enfermiza manía de los y las y ellos y ellas– viven en una parálisis continua, entumecidos, inmovilizados como piedras…
Para hacerlo breve, incluyo aquí a los mediocres en todas sus denominaciones, los abúlicos, los impotentes, los chismosos, los desocupados no por desempleo sino por mera y pura y radical vagancia, los pobre-de-mí y los que no tienen ninguna ambición personal, ni académica ni laboral, ni amorosa ni económica, ni artística ni lo que fuere. Simplemente respiran.
¿En qué se diferencian de los lúgubres?
Bueno, estos, los petrificados, no necesitan pensar que todo es una mierda para no hacer nada, simplemente no hacen nada, sea mierda o no, porque la mierda son ellos, es decir, su incapacidad, sus enfermedades, sus malditos destinos, porque eso sí, lo que sí creen haber recibido de la naturaleza es el destino mismo de petrificados, pero no porque el mundo y todo sea un complot en su contra y una porquería, sino simplemente porque así lo quiso el azar…
7. Los virtuales
Estos especímenes, por su novedad, aún no reciben nombre científico. Evidentemente esta es la más reciente inclusión en el Top y de sopetón entran en el número siete, número cabalístico, por lo demás.
Son los cyberjunkies, los fanáticos de la tecnología en todas sus expresiones, los que, misteriosamente, ya nacen con el cerebro lavado, efectuando la imposibilidad biológica de venir al mundo con el cerebro cual tabula rasa, o bien creen posible arrasar con todo lo que hay en él e instalar de cero todo un sistema operativo de punta con bases de datos y sistemas expertos... Es decir, creen que ellos mismos llevan por dentro no un cerebro humano sino el más avanzado microprocesador con redes neurales y compuertas lógicas cuánticas y enlaces cibernéticos vía satélite. Para los que ya vieron la película Matrix, estos son quienes desean que el mundo llegue a ser así...
Ahora bien, sobra decir que no es que algunas de estas identidades estén a la moda y otras no, pues hoy la moda lo incluye todo y entre más mejor; dicho de otro modo, lo que interesa no es la moda X o la moda Y sino la moda a secas, es decir en metálico, la moda que venda, y mientras estas identidades y todas las demás vendan y vendan con ganas, seguirán siendo patrocinadas por algún bondadoso mecenas que, por supuesto, para proteger su intimidad, no da la cara, el muy cabrón, mientras pretende obligarnos a que todos sí demos no solo la cara, la mía y la suya, sino la cara que él o ellos nos han vendido.
Y sobraría además decir que por supuesto también hay híbridos; qué sé yo, mesiánicos pornófilos, por ejemplo, o lúgubres con matices sensualistas, sadomasoquistas, esclavistas, o virtuales velados, que he visto el caso, o híbridos más complejos como un petrificado que pase pornófilamente pegado a su computadora y deseando en sus adentros no ser sino un mesiánico sensual. ¡Imaginen la parafernalia y las indumentarias de semejante energúmeno! Y eso que solo llegué hasta el puesto siete, ¡lo que hubiera pasado de haber seguido hasta el doscientos treinta y cuatro! Y es que debe haber híbridos, pues son ellos los compradores más hábiles, los más ingeniosos a la hora de mezclar estilos entre todas las ofertas disponibles, los verdaderos dueños de la escena cultural, los extravagantes que todos admiran y que son, casi siempre, el punto de partida de alguna nueva identidad, pues por supuesto que estos extravagantes son, apenas alguien los “descubre”, adoptados por cadenas transnacionales y patrocinados de por vida para que sigan haciendo públicas sus desviaciones y “genialidades”, que, de ahora en adelante, se sumarán al mercado y sumarán montañitas de dinerito en las cuentitas de sus fantasmales apoderados…
Por otro lado, no habría que olvidar que también hay identidades marginadas o, digamos, worst-sellers.
Sin embargo, no me ocuparé ahora de hacerlas explícitas, ya tendrán ustedes ejemplos a la mano, o tal vez sus propias manos sean parte de algún ejemplo. Citaré solo algunos brevísimos casos: los verdaderos románticos, es decir, románticos en un sentido más técnico y, si quieren, de inclinación incluso provenzal, es decir otra vez, no los pseudorrománticos que leen novelas rosa y ven telenovelas de seis a diez y películas de amor tipo Pretty Woman o cualquiera de sus cenicientas variantes. O están quienes aún se creen de izquierdas pero en su cerebro no tienen siquiera una sola neurona zurda; claro que eso a veces sucede simplemente porque del todo no tienen neuronas; y claro que hay personas todavía verdaderamente de izquierdas, pero a ellos no se les puede vender ni un maní con segundas intenciones... Aunque también es cierto que siguen habiendo neófitos ingenuotes a los que sí se les puede vender cualquier cosa, por ejemplo camisetas del Che en tono de ídolo pop o discos de cualquier Silvio Rodríguez reciclado. O bien los “no alineados”, pero no me refiero a países sino a personas, cuyo “problema”, a los ojos de la moda y la política, es no existir. Y así que como no existen no puedo yo hablar nada de ellas…
Y bueno, basta, ¿no?
¡No, no! ¡Se me olvidaba una categoría importantísima: los pontificadores!
Estos son quienes llegan a pensar, en estados madrugadores de delirio, quizá, a veces, tras haber estado sentados leyendo y escribiendo catorce horas seguidas, llegan a pensar, decía, los muy idiotas, que entienden mejor el mundo que todos los demás, que pueden explicar lo que todos los demás no pueden explicar y que, encima, son mejores que todos los demás. Entre esos hay muchos autollamados poetas, intelectuales o filósofos. ¡Vaya desgracia para la poesía y la filosofía! ¡Y vaya desgracia para mí, pues en las últimas páginas han tenido Uds. un clarísimo ejemplo de esta especie igualmente execrable de sabelotodos!
Sí, Yo, maldito Yo, ¡caíste otra vez en la pontificación! Ahora pueden crucificarme si les viene en gana, y también yo voy a hacerlo, no se apuren, no se apuren.
[2:36 p.m.]
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26/09/09
11 de octubre de 1999 (cont.)
2. Vulpes dissimulata
Algún autor anónimo maledicente —posiblemente, se cree, un macho (es decir, un varón no necesariamente rubio) feo y mal cogido— bautizó así a los ejemplares femeninos de esta especie. Traducido literalmente, el nombre técnico es “zorra disimulada”, es decir, que simula no serlo, que se oculta o se disfraza. A los machos, sin embargo, se les acostumbra llamar “perros”, a secas y en castellano, pues, supongo yo, sus actividades son tan poco periciales, tan escasamente elaboradas estratégicamente, que no merecen siquiera un nombre científico. Además, los machos se ocultan menos y son, por eso mismo, más parecidos a perros (canis lupus familiaris) que a zorros (vulpini).
En general, yo prefiero llamarlos “pseudojipis”. Las zorras y los perros, aparte de la improbabilidad biológica de apareamiento, que entorpece la analogía, arrastran una cantidad tal de estereotipos que no merece la pena sostener tales nombres solo para darle gusto al cínico reprimido que empezó a popularizarlos por vez primera.
El objetivo primario y, a veces lo parece, único, en la vida de estas criaturas principalmente nocturnas, es dar rienda suelta a su sensualidad. Igual que los velati, estas personas dedican gran cantidad de tiempo y dinero a convertir su apariencia física en un reflejo lo más fiel posible a una idea platónica. Cómo han podido contemplarla para comparar es algo de lo que no tengo ni puta idea.
Sin embargo, se diferencian de los velados en que aquellos observan una moral más rígida, pues, por supuesto, según su “visión de mundo” hay que mantener las apariencias morales además de las físicas, y hasta llegan a creer que de verdad deben ser “proper” y casarse de blanco y tener un matrimonio tradicional con chiquitos tradicionales y autos tradicionales como bemedobleús o audis y otros tradicionales etcéteras. En otras palabras, los velados son conservadores que se esfuerzan por dar la imagen de liberales; y, al contrario, los pseudojipis no se preocupan por dan la imagen de liberales, ni siquiera lo son en sentido estricto, se acercan más bien al libertinaje y la indiferencia política y, aunque lo disimulan, no se avergüenzan de ello, lo cual, al menos, es totalmente respetable.
Esto, claro ha de estar, no quiere decir que no tengan sus propios códigos, sus mores y tabúes y todas esas boberías. Los tienen, aunque es difícil descifrarlos pues en eso son un poco herméticos: tienden a no dejarse conocer a no ser que uno sea también uno de ellos.
Pero, ¿cómo saben cuando alguien lo es? No está claro, quizá tienen la habilidad extrasensorial para leer las mentes y en ellas los currículos sexuales y recorrer así detenidamente las perversiones de cada quien. El asunto es que misteriosamente se atraen entre sí y si uno es suficientemente perspicaz podrá ver cómo en los bares y las reuniones se van acercando poco a poco mientras se desnudan poco a poco sin quitarse la ropa.
Ahora, ¿por qué pseudo-jipis?
Fácil: en el jipismo clásico había cierta nobleza, un florido candor que hacía creer en el amor y la sinceridad y en la naturaleza y en la paz. Pero estos nuevos jipis se pasan todo eso por ya saben dónde y van al grano, es decir ya saben adónde.
¡Cuál amor, cama, cama!
Algo paradójico es que a pesar de no compartir algunos postulados fundamentales del jipismo, comúnmente se visten y hablan jipescamente. Han de ser las vueltas y revueltas de la moda, las maravillas del mercado, lo que permite que hoy, casi en el año 2000, una de las “nuevas” modas sea el retorno de los ruedos de campana, los pañuelos en la cabeza, las flores bordadas y todo tipo de motivos espirituales (sic) chinos o indios. Esta es la moda oficial, y que sea oficial quiere decir, nada más, que así lo han decidido las grandes casas de la moda en Nueva York y París y Londres y sus respectivos tentáculos textileros y maquileros en Asia; y acaso también algún sociólogo oportunista que trabaje como asesor de Pierre Cardin o Yves Saint-Laurent.
En suma, que del amor libre de los jipis les queda lo libre, que no el amor, pues el amor, suponen o proponen, entraña compasión y cariñitos e hipotecas e impuestos municipales y todas esas mariconadas que inhiben la consecución de los más puros y diversos placeres.
Es evidente que estos pseudojipis, dissimulatae o no, están ubicados a lo largo de todo el escalafón social, desde las clases más bajas hasta las más altas y las superaltas, lo cual no es de extrañar, claro está, porque tanto los empobrecidos como los más fructuosos tienen TV y es por TV por donde se enseña primariamente este catequismo particularísimo: la sinrazón de reprimir cualquier tipo de inclinación sicalíptica.
Es que en el fondo es un asunto de actitud y no de recursos, si bien obviamente no es lo mismo la sensualidad acompañada de Perrier-Jouët en la Costa Azul que aliñada de guaro de contrabando en un balneario rural. Pero bueno, no pasa nada, los pseudojipis menos privilegiados, por decirlo de alguna manera, aprenden a pasarse esos detallitos por alto e ir al grano, es decir, otra vez, ya saben dónde, lo cual, sobre decir, los diferencia también de los velados, pues estos jamás podrían pasar por alto el asunto del “status”.
Por último, supongo en mi puritana ignorancia que esta identidad está en segundo lugar simplemente por motivos de aburrimiento: no tan ingenuos como para creerse todo el cuentito pop de los velados, esta gente al menos ha optado por divertirse más sabrosonamente, que la vida es corta.
[2:28 p.m.]
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12/09/09
11 de octubre de 1999
representar entre todos.
CUANDO LA CULTURA SE CONVIERTE EN UN SUPERMERCADO DE IDENTIDADES, necesariamente habrá una lista de superventas. Bosquejaré un muy breve inventario de las personalidades más apetecidas al día de hoy, 11 de octubre de 1999.
1. Velatus candido
De acuerdo con su etimología, este carácter supone que quienes lo han elegido se han cubierto por un velo, es decir, se han velado.
El verbo latino velo demuestra por qué los entendidos han escogido este epíteto para estas personas: sus acepciones incluyen velar, cubrir, adornar, ocultar y disimular, las cuales le vienen de maravilla a esta identidad, número uno del mercado.
Por otra parte, el candido expresa que estos velati se han cubierto con un blanco deslumbrador, espléndido, y por esto su apariencia se reconoce por ese halo de felicidad radiante que los caracteriza.
Según las últimas investigaciones patrocinadas por la Foundation for Cultural Statistics, organización con fines de lucro con sede en Las Vegas, Nevada, esta identidad lleva ya varios años en el primer lugar de ventas, especialmente dentro de la clase media-alta latinoamericana. Uno de sus rasgos fundamentales es evadir la realidad mediante el mayor número de artificios posible. Coherentemente, el primer artificio es no creer en la realidad, así, en abstracto, aunque también en concreto, claro, por ejemplo cuando se refiere a la realidad del propio país. De ahí en adelante la vida se les convierte en un tobogán por el cual, mientras más descienden, más sofisticados llegan al suelo, o al penthouse, porque ellos bajan en toboganes que suben, curiosamente.
Quienes compran esta identidad —que de momento es la más cara y, consecuentemente, ya está acompañada también veladamente de coyotes especializados en colar a los más atrevidos— obtienen un cuerpo atlético que insalubremente raya en la anorexia —cuando se aplica a una hembra— o un cuerpo insalubre que atléticamente raya en un schwarzenneggerismo con doble al miocardio —cuando se aplica a un macho—.
Pero ningún sacrificio es demasiado para ellos; resisten felizmente los castigos físicos porque su premio es el “estatus” y la aparición en las revistas del jet-set criollo, que cada día son más populares y ganan más suscriptores, o, cuando tienen versión televisa, pues más televidentes. Ellos cumplen disciplinadamente con rituales cerveceros, ladies nights y parrilladas bajo la luna, que para ellos, dichosos, sí es de queso y azul de verdad como los príncipes y sus princesas y ellos se imaginan en una corte de fábula y arman romances nobles en orden ascendente según sus cuentas de banco. Ellos no viven como actores, son actores sin contrato y de por vida —actores de por vida, quiero decir, pues siempre es posible que con tanta práctica algún día los contrate un agente despistado de este dios jolibudense de nueva ola—.
En fin, y para no hacer cansino el cuento, se ponen el velo blanco en sus bellísimos rostros todos aquellos que se creen privilegiados simplemente porque no conocen la tristeza, y porque creen, sencillamente, que no la merecen, que la tristeza, como los piojos o el hambre, es cosa de pobres.
Claro, si uno hila fino descubre que no es que no la conozcan, eso es un decir, sino que simplemente evaden todo lo que en el mundo parezca de veras un poquitín feo: el dolor emocional tanto propio como ajeno, la explotación globalizante, cualquier "te quiero" que se diga en serio, la caca —con y sin metáfora— de miles de niños que mueren anémicos a diario y aproximadamente siete millones doscientas setenta y seis mil cositas más por ahí.
Ellos, en cambio, siempre tienen pegada una sonrisa en sus labios. No soportan que alguien les diga que se siente mal. No comprenden por qué esas turbas de miserables sencillamente no se despabilan y se ponen a trabajar en lugar de estorbar y asustar en los semáforos. Y les parece de mal gusto que la gente se deprima y sufra y que en la televisión tengan que sacar tan a menudo a esos grupúsculos de precaristas, drogadictos y criminales que se ponen a llorar porque la policía los desaloja por la fuerza de lotes que no les pertenecen...
Sobra pues decir que estas personas son felices de sobra, y lo son porque lo dicen y lo dicen a todas horas y hasta en sueños se lo dicen y se lo creen, que es lo peor, o lo mejor, no sé. La felicidad es su credo. Y no solo son felices, también son infinitamente responsables y eruditos: sus pasiones —de corazón te lo digo, me lo dicen— son el ecologismo y el orientalismo y el holismo y, faltaba más, ¡la lectura!
Se comprende –fuera de sus propios círculos, claro está– que sus paraísos privados susciten envidia y rabia entre quienes no tienen acceso a ellos. Bah, es normal, dicen ellos, pobrecitos, y luego entre sí se ufanan de haber donado 100 pesos a la iglesia tal o de haber llevado setenta y cuatro kilos de ropita que ya no usa alguno de sus veladitos al asilo cual...
Lo que no saben ni entenderían es por qué, para legiones de esos pobrecitos, sus utopías amuralladas solo parecen ser monumentos a la gazmoñería.
Eso sí, no se vaya a creer que son tan indiferentes... Si estas palabras o cualesquiera otras de verdad los pusieran bajo amenaza, ellos no se quedarían tranquilitos paseando su cara de beatos por el mall, qué va, saltarían siete veces seguidas con un mazo en la mano y me darían por la cabeza hasta aplastarme, aunque a escondidas, claro, porque primero el glamour y las apariencias, es decir, aquellos velos más reales que lo real y más finos que el diamante –razón por la cual nuestros simples ojos mortales no pueden verlos– con los que de la noche a la mañana y hasta el día de su muerte amén se convierten a sí mismos en reyes y reinas que actúan como si no fueran a morir de veras.
[2:24 p.m.]
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31/08/09
10 de octubre de 1999
ANDA POR LAS CALLES UNA FAUNA QUE METE MIEDO.
No es solo que la realidad esté demodé y que, en consecuencia, haya tantas realidades como especies de insectos. Pasa que las modas ya no saben de qué fetiche guindarse, de quién más hacer un ídolo fatuo o cuál nueva antigualla transformar en el último grito. Y yo no sé si todo eso está mal en sí mismo; pero tampoco sé si era mejor Dios en su cielo trascendentalísimo o esta nueva versión downgraded de dios con oficina en Hollywood.
En todo caso, algo común de esas irrealidades televisivas es incitarnos a vivir como si fuéramos ricos y famosos, vendiéndonos la idea de que mientras más actuemos como ellos y vivamos como ellos más nos pareceremos a ellos amén.
Corolario: vivir es actuar como si. Creerse alguna cosa sin fundamento y asumirla como fundamentada.
Como si uno no fuera una mosca tercermundista, por ejemplo, un arrimado, un posible inmigrante, sudaca o espalda mojada; o, inversión o tergiversación, vivir como si todos fuéramos igualmente “civilizados” y “humanos”, como si los derechos humanos de aquí no fueran diferentes a los de allá… Como si todos fuéramos hermanos porque en todas partes se venden las mismas marcas y los mismos símbolos, es decir, como si el loguito universal de coca cola, por ejemplo, fuera también el loguito de una posible humanidad universal. O vivir como si fuéramos amigos íntimos de Madonna o Tom Cruise o de Fidel o Trotsky o Freud o el Dalai Lama o la quinta reencarnación de quienquiera que sea el ungido para cada cual...
Porque nada de esto entraña que se hayan descartado todas aquellas tonterías del alma y de la identidad y de las luchas históricas, qué va, ahora todo eso tiene sus sinónimos cool. Hay cientos de tipos nuevos de new age, por ejemplo, una espiritualidad mística que envidiaría el mismísimo Plotino. Si uno mira suficientemente E! hallará la información necesaria para fabricarse su propia identidad o, lo que es lo mismo, copiar algún machote y asumirlo como indiscutiblemente propio. Y hay, por poner otro caso, manuales ecologistas de bolsillo, valen $1.99, o de variopintas antiglobalizaciones y etnonacionalismos, de izquierdas y de derechas y todos con espacio reservado en CNN o en alguna variante. Sobra qué elegir y dónde; pero curiosamente todo se parece, las cosas hacen eco de otras cosas y al final del día uno termina mareado de tanto repetir lo mismo disfrazado de original. La TV nos ha ordenado la existencia en todos los órdenes de la vida y de la muerte, ¡el mundo es una fiesta! ¡Reír y comprar y broncearse en maquinitas, todo es posible!
Yo acostumbro hablar y reírme de estas cosas junto con mi padre, cuando ninguno de los dos tiene nada mejor que hacer. Bueno, más exactamente, el pobre no encuentra la manera de negarse a escuchar mis retahílas. Y mi padre, buen castellano y viejo leído, me repite a menudo aquello de que Salamanca no presta lo que natura no ha dado; él, claro, desde siempre me lo ha repetido con la buena intención de que su hijo estudie y no se quede imbécil por mera pereza; pero lo que mi padre no podría haber previsto es que hasta eso se iba a poner de moda: quedarse tonto, quiero decir, porque para qué coño sacarse lo tonto si sabiendo prácticamente nada es igualmente posible forrarse de dólares. Hoy ni siquiera se entendería el eslogan socrático de solo saber que no se sabe nada; y, en general, todo lo que podría aprenderse en clases de filosofía, acerca de Sócrates y su martirio por el pensamiento y la libertad y las disquisiciones sobre el deber moral y qué sé yo cuánta cosa más, son hoy simplemente pendejadas de viejos; hoy la juventud ya no escucharía ni seguiría a Sócrates; primero lo lapidarían por aburrido y segundo lo empalarían y tercero lo olvidarían al día siguiente... hasta que algún genio, claro, al tercer día, decidiera resucitarlo lanzando su imagen inmolada en jarras de café y gorras y camisetas y calcetines de color fucsia.
En este clima finisecular hay todo un escaparate de identidades disponibles, y no sabemos cómo ha sido posible pero hay una para cada quien, como si la moda, al mismo tiempo, fuera infinita y singular. ¡La moda es el reino de la diferencia! Con el vestido podemos expresar cabalmente quienes somos. Unos pocos minutos frente a los escaparates bastan para saber cuál identidad “ponerse”; y si usted se inclina a la incertidumbre o la indecisión pues prontísimo algún simpatiquísimo dependiente le asistirá en su elección. ¡Es el paraíso, damas y caballeros, pasen adelante, hay espacio para todos! ¡Y claro que sí, señora, se puede empezar tan temprano como lo desee, ya tenemos los modelos del próximo año para los recién nacidos! ¿Prevé que su nene vendrá dentro de dieciséis meses? No se preocupe, le haremos una oferta que no podrá rechazar, un plan a plazos para que vaya reservando los modelitos del 2002, ¡que dos años se pasan volando! Y acuérdese señora que recién salida de la sala de partos ya puede sentar a su hijito frente al televisor, ¡no le pasa nada, señora! Al contrario, no lo deje levantarse hasta que haya cumplido los veinticinco o veintiséis años, ¡no hay mejor manera para adecuar a su niño a la vida en el Siglo XXI, no lo deje en desventaja!
[2:19 p.m.]
20/08/09
09 de abril de 1999
LA HISTORIA DE QUIEN ESCRIBE ES CASI SIEMPRE LA HISTORIA DE SUS AMANTES. El diario siempre diferido de su cuerpo. Con cada gran amor conoce mejor el silencio y entonces quiere escribir más para decir menos, porque cada vez se da más claramente cuenta de que es menos lo importante. Pero cada vez necesita más palabras para decirlo.
Dos enamorados mirándose en silencio, ¿no es esa la única lógica del amor?
¿Y escribir acerca del amor? Se ha escrito casi todo, y siempre queda casi todo por decir.
[2:16 p.m.]
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16/08/09
13 de septiembre de 1999
NOS HACEN SEÑAS O GUIÑOS, son dedos anónimos que apuntan a parajes inaccesibles.
Al día de hoy, ser humanos ha sido creer que allí, en algún lugar, está lo señalado.
Tampoco yo sé lo que quiero decir cuando digo, por ejemplo, “amor”; y a veces hasta he caído en la exageración de decir “te amo”; y me lo han dicho de vuelta y supongo que así vivimos todos, unidos por esas membranas tan frágiles.
La historia de cada uno es el resultado de decisiones contingentes –como todas las decisiones– y significados espontáneos o emergentes y ninguno puede saber a cabalidad de qué está hablando el otro.
En los asuntos fundamentales las palabras siempre se quedan cortas.
Y esta misma palabra que yo he usado y uso todavía la han usado también las mujeres que han dicho amarme y la usan mis padres y mis amigos e incluso la usan los periodistas en la televisión y los abogados y los filósofos y los músicos, los poetas, ay, los poetas, es que es una barbaridad, aparece por doquier trescientas millones de veces al día como si todos supiéramos qué diablos significa o como si, de hecho, significara lo que quiere significar, es decir, como si fuera un hecho igualmente palmario para todos.
Y quizá todos sabemos lo que significa; y quizá ninguno tenga razón.
¿Nos entendemos, cuando hablamos de amor? Tal vez a un nivel elemental. Pero al instante las ruedas empiezan a girar de nuevo, son bufones que no se cansan de reír, de hacernos reír para reírse de nosotros.
¿Qué quiere decir “entenderse” y qué quiere decir “elemental”? ¿Qué quiere decir “querer decir”?
Esas son solo palabras y las palabras son aire.
Cuando se acaba la paciencia solo una pregunta sigue siendo importante: ¿hace falta entenderse para poder convivir? ¿Hace falta saber, por ejemplo, la verdad del otro?
Si en amar hay algún heroísmo, planteo que radica en amar a quienes no podremos nunca comprender del todo.
A veces me he inclinado hacia otro como una flor suavemente soplada por el viento.
¿Y no es esto, también, decir demasiado?
Siempre hablo demasiado...
Y escribo... Ella me acariciaba los brazos con sus pantorrillas... Ella me miraba los labios y esperaba estoicamente a que me callara y le abriera el cuerpo con mi cuerpo.
Pero mi enfermedad histórica –mi ego solar– es no saber callar. Y ahora sé –pero es tarde, tan tarde– que eso adelanta mi muerte...
La sinfonía se descompone sin haber siquiera terminado el borrador... Yo mismo la arruino: digo amor y la traiciono, escribo amor y me traiciono... Pero si no escribiera, cómo diría los gemidos singulares, irrepetibles, las miradas de reojo en medio de los amigos, que no sospechan nada, que nos creen mutuamente asépticos, y luego tantas intuiciones súbitas ante el sol enorme que se funde con el mar…
Me abismo en palabras ajenas y prescindibles –hablo, es cierto, demasiado, pero también la escucho, siempre la escucho y finjo que estamos solos– y corro el riesgo de perder la sanidad.
El calor sosegado de los otros.
¿Podrá ser este riesgo también la silueta de otro amor posible? Esta posibilidad me sostiene en el abrigo de esta cueva.
[2:05 p.m.]
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10/08/09
06 de mayo de 1999
ESCRIBO PORQUE NO ESTÁ AQUÍ.
La imposibilidad de sostener la ternura.
[12:27 p.m.]
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