¿Quién es el único que tiene motivos para evadirse, mediante una mentira, de la realidad? El que sufre de ella. Pero sufrir de la realidad significa ser una realidad fracasada.
---F. NIETZSCHE
SÉ QUE CORRO EL RIESGO DE SEGUIR HABLANDO SIEMPRE DE VOS. Porque es imposible no hablar de lo que nos hace falta. Y es cierto que a veces escribo decenas de páginas sobre lo mismo que ayer ocupó otras tantas decenas.
Sin embargo, hoy haré un esfuerzo por no hablar de vos. Intentaré hablar de otros. Para empezar, le daré un nombre a cierto personaje que no cesa de llamar mi atención. La llamaré Yocasta. Para ella, estar triste es demodé. Cree, en general, que la tristeza supone siempre debilidad. Por eso su superoptimismo se manifiesta en una sonrisa sempiterna. Mediante un proceso psicológico ligado, supongo, a las instigaciones del mercado, Yocasta y las criaturas semejantes han desarrollado la habilidad de estar siempre felices, a pesar de cualesquiera desgracias que caigan sobre ellas. Su madre podría ser torturada y violada por un asesino rabioso frente a sus narices y aún así ella encontraría motivos para defender su alegría, es decir, para no permitirse siquiera un momento de llanto y desesperación contra las injusticias del mundo. Yocasta se cubre el rostro con un invisible velo blanco con el cual consigue evadir la realidad, o sustituirla. Para ella todo es pulcro o debe serlo, nítido, oportuno y celestial; y si algo no lo es, dice, es porque no ha sabido verlo. Su credo dice: no importa lo que pueda pasarme, siempre estaré feliz, siempre estaré feliz, siempre estoy feliz... Para ella la felicidad es algo totalmente deliberado. Todas las miserias de la humanidad son incapaces de afectarla; prácticamente no existen dentro de sus juicios y considerandos. Preocuparse u ocuparse del dolor del mundo, de las cuitas de sus amigos e incluso de las posibles agonías propias, es una proclividad anticuada: símbolo de fragilidad emocional; en fin, un defecto que puede ser superado con la repetición del credo mil y una veces por día y con la práctica cotidiana de hacerse la vista gorda ante todo, especialmente ante uno mismo. Yocasta anda por allí como si el mundo fuera lo que dicen las publicidades y los discursos oficiales; y se lo cree, pues a quién puede importarle que no sea real cuando todo se comporta como si lo fuera. Esta actitud implica tener siempre una respuesta para todo, un recetario a la mano para poder definir y corregir el error de los otros, las causas de sus tristezas –por definición– retrógradas o absurdas. Para Yocasta vivir es risiblemente fácil. El sufrimiento –repite o predica– es para los imbéciles; el sentimiento trágico no tiene ninguna cabida en su vida ni en el mundo: simplemente no existe, es una ilusión psicológica.
Desde hace muchos años, Yocasta tiene un amigo a quien dice apreciar mucho. Le llamaré Tribilín. Él, en cambio, es pesimista y pusilánime, un lío de pies a cabeza. Sus días transcurren entre la chismografía y el disparate, los titubeos inacabables y las intrigas y los temores y esas decisiones supuestamente definitivas que solo duran unas horas. Como está seguro de ser un maldito, espera siempre lo peor, y desconfía hasta de su sombra. Incapaz de actuar, pues cree que todo saldrá siempre mal, vive esperando que otros decidan por él y que el curso impersonal de las circunstancias determine su vida. Nunca ha sobresalido, ni estudiando ni trabajando ni relacionándose con nadie, pues, bajo la premisa de que nada saldrá bien, de que él no podrá hacer jamás algo valioso, el resultado es un conformismo irremediable, y exasperante para quienes por alguna razón esperan algo de él.
¿Cómo es posible que Tribilín y Yocasta sean tan amigos? Se debe al instinto maternal de Yocasta. Tribilín es el torpe retoño de una madre sobreprotectora, papel que Yocasta adora representar, pues le permite poner en práctica toda su pseudofilosofía vital. Tribilín se equivoca a diario. Tribilín sufre. Tribilín se lamenta. A Tribilín le pasan cosas terribles (terribles para Tribilín) y Yocasta está allí, siempre, para mostrarle y demostrarle cuál fue su error y cuáles pasos debe seguir para evitar otra tristeza y adueñarse de su vida, convirtiéndola en otro templo vivo de felicidad.
Tribilín es uno de esos desgraciados que se han malogrado –sexualmente– debido a un exceso de pornografía y de fabulaciones eróticas. El despliegue mercantil de tanto seno y tanto falo lo redujo al ridículo de poseer siempre un deseo desmedido, imposible de satisfacer. Tantos años de ilusionarse y frustrarse al mismo tiempo lo transformaron en un gran falo muerto, humillado.
Hace poco parecía que las cosas girarían de rumbo. Gracias a un misterioso empuje, y a mucho cálculo y estrategias guerreras y a quién sabe cuántas espatulomancias y gurús, logró finalmente conseguir una novia decente. Fue como si por primera vez la luz del sol hubiera alcanzado su rostro. Pero la beatitud duró solo un respiro, el tiempo de una anticipación o una promesa. Aparentemente, en el momento de la entrada triunfal, su pene, atacado por el síndrome de no creerse capaz de realizar las expectativas publicitarias del amor, se rindió en el umbral cual pichoncillo que de tanto soñar que volaba solo es capaz de volar en sueños. Después de veintisiete intentos fallidos, su novia decente se decidió por la indecencia y lo abandonó a sus excusas profilácticas. Él, de hecho, buscó la bibliografía necesaria para explicar y justificar sociológicamente la causa de su traumática blandura. Y no solo encontró una etiología sociológica, sino una fisiológica, otra antropológica, lógica, metafísica, religiosa, psicoanalítica, y terminó culpando a la inquisición medieval y a la dinastía de los Borgia —cualquier cosa desde Los Duques de Hazzard hasta tantos años de tomarse demasiado en serio a Mafalda— antes que volverse al espejo y recorrer en sus arrugas prematuras toda su cobardía, pues a fin de cuentas es solo eso: la costumbre de dejar en manos de otros todo lo que debería acoger en las suyas. Como siempre, su pesimismo visceral se combinó con un autoengaño ingeniosísimo, y los otros y el mundo y su novia decente –ahora “indecente”, claro, según él “como todas las demás”– terminaron culpables de que él, pobrecito, hubiera tenido toda la suerte en contra. Justificado, respiró un poco más aireadamente, pero en el fondo no soportó la deshonra y recurrió, como siempre, a Yocasta, la sabia amiga con respuestas y soluciones para todo. (Sobre decir que es a Yocasta a quien le debo el relato de esta lamentable película.)
Yocasta, incapaz de compasión, insensible y tan dogmática como solo puede serlo alguien que se crea absolutamente lúcido, en lugar de apoyarlo y consolarlo, lo hizo trizas con sus críticas, creyendo que era ése y no otro su deber de amiga. ¿Cómo pedirle otra cosa a quien nunca ha querido enfrentar sus propios agravios ni oír siquiera su propio silencio? Porque solo conocen la compasión quienes saben escuchar los silencios ajenos, y para esto hace falta haber escuchado durante mucho tiempo los propios.
Primero, pues, y con una amanerada tonalidad médica, Yocasta le desglosó a Tribilín lo que hizo mal. Seguidamente cambió su tono a uno apostólico, aunque no romano, y le recetó detallada y técnicamente lo que debe hacer para componer la situación. Y en tercer lugar, como gran triunfo de su sabiduría inquebrantable, pretendió obligarlo a reír, pues, arguyó, no reír es símbolo –o, más aún, evidencia– de ser un fracasado: las personas deben reír aunque estén muriendo de dolor. Habiendo terminado la consulta, Yocasta sintió que había cumplido su deber de amiga, ante lo cual, le dijo, “no volvás jamás a hablarme más del asunto”. Si su amigo no resuelve pronto el problema y sigue sintiéndose desamparado, ella se lavará las manos, dado que ya le dijo lo que debía hacer. Así se lo explicó a sus demás amigos –y a mí entre ellos, aunque yo no sea, en rigor, uno de sus más íntimos sino tan solo un “allegado”–, “yo le dije lo que tenía que hacer y si no lo hace es porque es un imbécil, y además ya me tiene harta”. Y bueno, se entiende, ¿a quién no le hartaría andar por ahí fingiendo gestos de solidaridad?
Tribilín resolvería sus problemas con un poco de ternura. ¿Es Yocasta capaz de ofrecérsela? Yocasta no tiene idea de qué pueda ser la ternura. Para ella sería otro mecanismo, otro formulario. Tribilín está devastado. Y aún falta más: la amistad de Yocasta no termina allí. Como ya anuncié, el cuarto paso de su labor samaritana es burlarse de Tribilín en privado, con sus verdaderos amigotes: su gremio de siempre-felices. Entre todos se mofan de él hasta la saciedad, y es comprensible si pensamos que ellos nunca tienen problemas, aun si eso se debe únicamente a que nunca arriesgan nada de sí mismos, como la misma Yocasta, que no llega jamás a hacerse vulnerable. Obviamente, este tipo de gente nunca le dirá a nadie las cosas que en su intimidad les afecten; lo cual solo es parte de la táctica seguida para que llegue un día en el que ya ni ellos mismos las oigan, porque no es que no tengan traumas ni pesares, obvio, sino que han aprendido a vivir como si no los tuvieran. La suya, pues, es una evasión terapéutica: empiezan sabiendo que lo hacen, pero con la intención de que llegue un día en que ya ni siquiera eso sabrán. Y son tan hábiles que llegan efectivamente a engañarse a sí mismos y llegan a creer realmente que la imagen de sí mismos es la realidad. Y entonces obviamente no sufren; aunque en realidad no sienten ni dolor ni alegría. Su felicidad, para mí, no es más que una farsa que viven en común, que construyen entre todos: su felicidad es, exactamente, un velo blanco, una pantalla, una imagen reflejada en piedra. Ellos tienen rostro y se mueven, eso es indiscutible, y hablan, pero como estatuas que hablaran. Uno los ve caminando por allí, siempre sonrientes, reyes emperifollados, con la mirada luminiscente y un aire de superioridad que generalmente ni disimulan, con el saludo en la boca y justo detrás la pregunta “cómo estás” esgrimida como un sable, esperando una respuesta sincera del tipo “no estoy muy bien, me pasó esto o aquello, he estado un poco deprimido”, etc., para saltar triunfantes y burlarse del pobre mortal que pasa por un momento difícil.
Es asombroso. Uno los ve y casi parecen personas; pero sabemos que son productos, espías que nos acechan para arrastrarnos a su bando apenas caigamos en un momento de debilidad. Sobra decir que sus relaciones son artificiosas, mantenidas siempre al nivel de la cirugía plástica: escogen una pareja hermosa, i. e. que se vea bien en público, i. e. que cumpla con los criterios públicos de belleza, y entonces la toman de la mano y caminan por las pasarelas, i. e. pasillos, del Mall, y le dan besos en los brazos y en las orejas y en el ombligo en los sitios más concurridos y hablan de ellas como si fueran estrellas de cine y las andan allí, siempre al lado, prácticamente maniatadas, enarboladas como afiches tridimensionales portátiles multimedia pasarelas de Milán o Nueva York…
¡Y lo han intentado, pero aún no han podido convertir a Tribilín! Mi tesis es que si tanto lo intentan es porque la tristeza de Tribilín no les muestra el dolor de Tribilín sino la vacuidad de sus propias vidas: acostumbrados a evadirlo todo, ya ni siquiera en otros soportan el dolor. Al evadir a Tribilín y al mismo tiempo tratar de “convertirlo”, huyen de sí mismos, pues enfrentar el dolor de otro es enfrentar el propio dolor, o al menos el propio fondo, y ya sabemos que para ellos ese es el pecado capital.
El pobre Tribilín, tan taciturno, tan canijo, vive además, para su mayor desgracia, entre tales monstruos, que siendo sus amigos lo único que logran, sádicamente, es aumentar su desdicha y su confusión. El pobre ni de eso se da cuenta. Para él, por supuesto, la Tierra sí es un valle de lágrimas, uno en el cual él no podría ni siquiera saltar al otro lado, cubriéndose con el velo blanco, pues no sería aceptado si antes no renunciara a sus angustias metódicas y se forrara como un regalo, con sofisticados vestidos, disfrazándose de Valentino finisecular, es decir, qué fácil, poniéndose a la moda...
La vida de Yocasta me parece a veces una recopilación práctica de todos los manuales de autoayuda y superación; pero a pesar de que uno pensaría que tal literatura podría proveer algunas luces para aprender a sentir y practicar la empatía, el resultado paradójico es más bien la tesis irrefutable de que el sentimiento, cuando es valiente y desinteresado, es un defecto, casi como un retardo mental. En su catálogo imagino títulos tan diversos como: Cómo hacer amigos que nunca pongan en riesgo tu felicidad, Cómo abandonar a una pareja sin sufrir ni por ella ni por uno mismo, Cómo reírse ante las adversidades, Cómo ser promiscuo y dar una imagen de santidad, Cómo joder a los demás y disfrutarlo. En estos libros de cómo-dificación de la vida, el sentimiento trágico es por supuesto una prohibición capital. Y bueno, ni siquiera hay que llegar a la tragedia, simplemente está vedado —no traspasa el velo— cualquier sentimiento de disgusto hacia el mundo, alguna queja ante la vida, el más mínimo desasosiego: el velo blanco hace que quien lo lleve puesto mire el mundo bajo una luz angelical; todo es blanco y bueno, todo es feliz, la realidad es lo que cubre el velo y lo que el velo produce, es decir, no es el mundo, no es la vida, sino las imágenes que cubren el mundo y la vida como una película multicolor...
Y ya ves, D., ahora debo volver a hablar de vos, como si fuera cierto que no puedo evitar hablar de vos a pesar de no estar hablando de vos; y hasta tengo que hablar de vos cuando hablo del mundo, como si yo y vos y las cosas del mundo fuéramos extrañamente inseparables. Y vuelvo a vos, es obvio, porque también en vos Yocasta y sus sacerdotisas han trabajado para lavarte el cerebro, obsequiándote el velo blanco más exótico de todos, de filigrana, y con ese esmero de jet-set de mentirillas te volcaron a sus mundillos y te dejaron allí, aislada completamente de todo lo que no fuera fiesta, velocidad, escenarios, evitando así que tuvieras que enfrentarte conmigo, es decir con vos. Yo ya tenía, en tu esquina, todo dispuesto para que pudieras entrar en el ring a darte de golpes en la cara, a humillarte y ganarte de knock-out con un jab directo al mentón; pero nada, ya ves, tu pelea con vos se canceló, la cancelaron las putas esas y te cubrieron de oro y halagos para que volvieras la cara mientras te ibas, haciéndote creer que el enemigo era yo… Los engañaste a todos, les hiciste creer que ganaste; pero yo sé que el combate nunca se llevó a cabo. Yo me quedé en tu esquina, esperándote; pero en realidad perdiste por no presentación y ganó ese remedo de vos que ahora anda por allí pretendiendo ser alguien con su velo blanco de último modelo. Y vos, tras ese cendal de lujo, no tenés idea de quién sos, pobrecita, aunque te sentís bien porque te dicen a diario que sos la más bella, y tenés por supuesto una lista de pretendientes que a cualquiera haría verdear de envidia. Por allí te he visto en el Mall con Yocasta y sus asistentes y bufones, desfilando todos juntitos, marchando optimistas, seguros y hermosos como osos en un perpetuo show de variedades. Ignoran, por supuesto, que mientras tanto Tribilín se encierra en su habitación y duda entre guindarse con su faja o chuparse entero un frasco de veneno para ratas; porque, claro, al pobre no le alcanza el dinero ni para comprar un revólver, ¿cómo le va a alcanzar para ir al Mall a realizar un viaje de autodescubrimiento y volver al mundo renovado, airoso, heroico, hecho un rey que no tenga tiempo más que para entretenerse hasta hincharse y morir?
En el mito griego, Casandra siempre decía la verdad pero nunca era creída. Hoy, las personas se acostumbran a ser Casandras invertidas: condenadas a que se crea siempre en su radical falsedad, viven felices en su condena. Y todos, de un modo u otro, creemos.
¿Acaso a vos, Diana, no te hace feliz que los demás te piensen feliz, acaso no te hace hermosa que los demás te vean hermosa, acaso no depende tu sanidad de que los demás te crean segura e independiente? ¿Acaso importa que llevemos en los huesos un infierno, si por fuera parecemos ángeles beodos? ¡No, qué va a importar! ¡Gozar, gozar! ¡Ruanda no existe, ni Kósovo, ni siquiera existen los dieciocho kilómetros cuadrados de tugurios a la vuelta de casa; el África entera es un mal chiste publicitario; nada de eso existe, es solo una trampa, una necedad amarillista, esos aguafiestas! ¿Cuál es su idea, echar a perder la diversión? ¡Que se mueran! ¡Que se los lleve el viento, un huracán, eso, eso, que se los lleve un huracán o un tsunami o un loco con una bomba amarrada al pecho!
Y aquí hay que avanzar con sumo cuidado... Estamos en terreno minado. Porque siempre puede uno descubrir en sí mismo los mismos gestos idiotas. No hay que olvidar que Hollywood está en todas partes… Por ejemplo, quizá vos me estés leyendo no de izquierda a derecha sino de arriba abajo, de reojo, juzgando desde quién sabe qué estrado mis pobres palabras plebeyas... Kitsch, decís, o cursi, o soso... Sí, seguramente, pero cuidado... Quizá también yo esté escribiendo de reojo, imaginándote de arriba abajo, juzgándote sin conocerte siquiera, sin intuir siquiera qué tipo de lector me ha caído en suerte... Ah me ha tocado un lector kitsch, diré, ah desocupado lector de juicio inopinado… O diré o sabré, ay, han descubierto mi estrategia… Quizá sea yo, quizá sos vos… ¡Es que quizá somos todos y entonces quizá en estos extremos lo único que se pueda ya sentir verdaderamente sea el vértigo de un remolino que arrasa con todo sin piedad, sin miramientos, sin nada más que una violencia ciega hacia ninguna parte, acaso hacia la nada misma o el fin! Por ejemplo, hoy, que la mediocridad y el plagio pasen por genialidad, que la costumbre pase por alegría, el exhibicionismo indiscriminado por erotismo, la indiferencia por inteligencia, la brutalidad por entretenimiento y que siguiendo ese ritmo avasallador ya nada distinga la ficción de la realidad... ¡Saber que incluso decir todo esto equivale a no decir nada, absolutamente nada! Es decir, saber que decirlo no cambia nada. ¡Y la desgracia de no poder evitar decirlo, de ser un títere más, un eco desafinado o un disco rayado, y todo disimulado tras la duda enfermiza de si esto es finalmente una novela, un ensayo, un diario, un anecdotario, mera melancolía, etcétera! ¡Y qué triste llegar a decir etcétera de pura pereza de buscar mejores argumentos, imágenes, contornos, posibles historias! Y al mismo tiempo saber que preferiría entregarme a la vida como a una mujer letal, queriendo que su abrazo me ahogara y me llevara hasta el fin del aire, así, con esas palabras. Y pensar también que tal vez todo esto no sea sino la elección de mi propio velo... No lo sé, ya no sé nada, ya no confío en nadie, ni mucho menos en mí. Ni mucho menos en mi voz…
¿Y finalmente qué pasó con Yocasta, Tribilín y Diana?
Nada, precisamente, no pasa nada, todo es lo mismo y da lo mismo. Si lo cuento o no da lo mismo. Si le invento una trama, da lo mismo. Si no se la invento, da lo mismo. Si quiero decir la verdad, da lo mismo. Es igual que nada, igual que cualquier otra verdad y cualquier otra mentira. Todos agonizamos en los mismos escaparates y en ellos somos efectivamente idénticos, con colilla de precio idéntica, o sin precio, desechables, imprescindibles… Y nadie –aunque agonizara de hecho en un escaparate, aunque yaciera pleno a la vista de todos e incluso de Dios cualquiera que sea todopoderoso y omnividente–, nadie puede mostrarse tal cual es, jamás... Esto es pues una cuchufleta, una joda, mierda, todo ha sido un engaño y es triste, solo la oportunidad de lucir palabrillas como “cuchufleta”, pero ya no me da ni risa... o sí, es la risa nerviosa del llanto…
Y entonces finalmente en otro giro de honradez, sentir que el aire que todos respiramos está lleno de partículas de miedo y querer enloquecer como única respuesta, e intuir que ni siquiera eso respondería a nada, porque solo sería otra forma de preguntar, es decir, de huir...
Vivimos desgajados.
Lo cotidiano es un abismo.
Y entonces sentir que me pierdo, deductivamente, que me pierdo como me perdía en sus muslos pálidos cuando rodeaba con mi aliento su vientre; que me pierdo entre tanto texto y tantos besos que he dado y recibido; y escribo a pesar de todo, como si en medio de tanta locura asomara por aquí la posibilidad de regresar a un punto cero, a una respuesta simple, incierta quizá, pero simple, deseada, impredecible... ¡No más ficción! ¡La vida ya es suficientemente irreal! ¡Afectos, una orgía de afectos! Y sin embargo no saber qué hacer en ella…
Escribo entonces a la deriva, entregado a un inventario de mujeres, y a la nostalgia, añorando porvenires más tiernos, volviendo también a esas épocas en las que había perdido todo el deseo y ni siquiera mi cuerpo respondía, y a esas otras en que era solo deseo y casi moría de ansiedad y entrega… me pierdo, me pierdo siempre en cada pliegue, al desnudar cada cuerpo de sus tejidos, al poner allí en un trozo de piel mi lengua como un signo sagrado y absurdo, una lengualetra impresa con hierro candente sólo para comprobar después que nada queda marcado, que en el amor, al irse el cuerpo, se desvanecen las letras que allí dejamos, como aquí mismo las lenguas al leer… como en la historia de siempre… y me pierdo y me lleva un río no sé si hacia el mar o hacia el centro de la tierra — y me lleva en un vaivén incontrolable y me pierdo en esos ojos que me miran en cualquier calle, de improviso, esas mujeres posibles que aún no he conocido y que tal vez esperan que me acerque... me pierdo y me pierdo en tanta posibilidad y tanta duda, tanto pasado que se agolpa en mi cuello y a veces no me deja tragar — y simplemente quisiera perderme en alguien, ahora mismo, en este instante, perderme para siempre y que ustedes no volvieran a saber de mí, ni yo tampoco—, ¡perderme, perderme para siempre en un desierto de papel!
Lo demás es el pantagruélico pasatiempo que hemos levantado para encubrir ese deseo mínimo y suficiente, es decir, para ocultar la desventura de no saber cómo conformarnos con lo único que podría finalmente apaciguarnos…
¿Y si fuéramos como hojas llevadas por una corriente, o nubecillas arrastradas por el viento a través del cielo, adornando a veces el azul, ocultándolo otras, cubriendo de gris los mundos solo para luego llovernos y descubrir de nuevo el azul?
La vida es una catarata explosiva.
¡Miles de páginas de amargas letanías y delirios! ¡Llega a hacerse insoportable!
¿Por qué me era tan difícil escribir páginas más reposadas e inteligentes?
[3:02 p.m.]
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02/02/10
16 de octubre de 1999
21/01/10
16 de abril de 1999
DE TARDE EN TARDE Y CON EL FIN DE ROMPER LA QUIMÉRICA CALMA QUE EXUDA EL UNIVERSO, disfruto la autotortura de imaginar a Diana trasmutada en un ave demasiado frágil para este mundo recio y malagradecido...
Un ser fantástico, infantil, un ave desprotegida a quien la anchura de sus alas nunca le permite mirarse en los espejos. (Lo cual no impediría que los demás podamos verla, aunque ella no pueda saber cómo la vemos: de una belleza sencilla y definitiva, irresistible en la práctica diaria de mirarla y mirarla.)
Aparenta inocencia; se muestra, se ofrece sin el más mínimo gesto de malicia; casi no es posible creerla real.
Uno solo quisiera protegerla, como si fuera una rara especie en extinción, salvarla...
Pero cuidarla de ese modo le impediría volar. Es la paradoja de la protección... A no ser que el refugio que la resguardara fuera tan grande como el cielo... Ella huye: no quiere que nadie le impida volar, aun si es recluyéndola en un cielo inmenso.
¿Sabe acaso que nunca podrá evitar que otros quieran tenerla cerca y admirarla y tocarla y seguramente poseerla?
Siempre habrá alguien a punto de devorarla.
Yo la quiero. Pero el precio de su afecto es tenerla entre los brazos solo el tiempo que dura un aleteo. Después, solo queda verla alzar vuelo, sin que siquiera ella sepa dónde va... Su fragilidad, simulada o no ante sí misma, se convierte en una imperiosa tiranía: sabe, esto sí, que desde lejos nadie podrá jamás doblegar su ímpetu; esa brecha es su guarida.
Un soplo mínimo de aire levanta sus alas y se va. A una distancia imposible de recorrer veo aún el esplendor batiente de su envergadura. Me pregunto, no sin envidia, hasta dónde será capaz de volar.
[2:50 p.m.]
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01/12/09
17 de enero del 2000
DICHOSAMENTE, ya no temo decir lo que ha sido dicho tantas veces. Además, ¿cómo evitarlo?
A mi alcance está reconocer esta condena y tratar de vivirla a mi manera.
Ya no imagino a ningún lector específico. Gracias al cielo ya no temo decir lo que digo.
[2:48 p.m.]
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25/11/09
31 de agosto de 1999
NO ME PARECE IMPRESCINDIBLE RECORDAR LOS PORMENORES DE LOS HECHOS VIVIDOS. En cambio, sí considero medular recordar la atmósfera de lo vivido – una especie de escenario o sensación difusa de lo que experimentamos, mezclado casi siempre con lo que hubiésemos querido que pasara... A veces los eventos y los deseos coinciden, pero lo más habitual es que diverjan; y el recuerdo acostumbra, con el tiempo, “corregir” el pasado.
En esto no hay mala fe, ni siquiera deliberación: solo pasa. Como si el tiempo, en los recovecos inaccesibles de la corteza cerebral, se desdibujara para protegernos y cuidarnos y salvarnos de nosotros mismos...
Uno, pues, recuerda la atmósfera de lo vivido, la sensación general, pero los detalles son un circo, un lienzo, una memoria RAM: algo la refresca con el paso del tiempo y borra y sustituye cosas, colores, palabras, lugares... La atmósfera, en cambio, es más difícil de editar (de olvidar) y, al final, nos brinda una extraña sabiduría: nos engendra la certidumbre de que si volviera atrás la vida lo haríamos todo mejor...
A Paulina, si tuviera que decidirlo hoy, le dedicaría todo, a ella le entregaría todo, incluida mi ansia y mis escasas esperanzas… Porque a fin de cuentas ella es la única criatura en el mundo que comprenderá lo que hasta ahora he querido decir y no he podido.
Con todo, a mi memoria se le antoja arriesgar el albur de revivir una noche en que hicimos el amor al aire libre, de pie, contra una pared fría. Cualquier podría haber confundido esa por una tarde nublada: su oscuridad parecía insuficiente. El amanecer estaba lejos, pero un gallo cantaba ya sus nostalgias. La ansiedad nos había vencido. En el camino a su casa habíamos jugado en el auto a darnos roces y miradas, tentando a oscuras. No pudimos llegar ni a la puerta. Su vientre se plegaba y retiraba de la pared, caliza como la luna; nuestras sombras, dilatadas, parecían moverse con el viento; pero no había viento, solo una calma parecida a una fotografía en blanco y negro. Y su cuello delgado, y sus manos levantadas contra la pared, y un vaivén lento, como el de olas que no rompen. En el cielo y en su piel florecían constelaciones, unas luminosas, otras parduscas; a mi cuerpo todas lo llamaban a gritos...
No sé si transcurrió un segundo o varias horas. Sé muy poco; pero alcanzo al menos a recordar el abandono, el vacío incoloro que definiría la plenitud. Y es que si de alguna parte aprendí el silencio, fue de su mirada, marina o magnética o temible, reconociéndose en la noche como en un espejo…
Es demasiado fácil decir que el momento fue inolvidable. Casi –diría– es irresponsable decir algo como eso.
¿Qué es lo que no se olvida? ¿Acaso las sensaciones, los pensamientos, las circunstancias, el hecho bruto de que sucedió esto y aquello? ¿La tibieza de su vientre, el irse enfriando su vientre? ¿Su blusa, verde oliva, arremangada hasta la nuca, su espalda desnuda y blanca? Y cuando ya no hay palabras, ¿qué se recuerda: las imágenes, los olores, el tacto? ¿Pueden realmente recordarse las sensaciones? ¿O es que se recuerda el tipo de sensación pero no la misma sensación? ¿Y puede el recuerdo ser algo más que una especie de paliativo para la ausencia de experiencia, para la imposibilidad ontofenomenológica de repetir una experiencia? Nadie tiene dos veces la misma experiencia.
Por eso quizá no sea cierto que haya sentimientos inolvidables. Quizá de una u otra forma todo se olvida, y el olvido no sea sino la reinterpretación o recreación de bosquejos o intuiciones.
Quizá nada de lo importante pueda retenerse; quizá, más bien, en lugar de atmósferas solo nos acordemos de los hechos; pero los hechos, en sí mismos, son como fórmulas matemáticas...
El recuerdo es una película deslucida.
Y si nos emocionamos recordando quizá no sea porque sentimos de nuevo lo que sentimos entonces, sino porque en el momento de recordar carecemos de emociones y nuestra memoria es como un catálogo de emociones. Pero nadie puede saber cómo es un país mirando una guía turística. Las imágenes se ensombrecen, los sonidos se mezclan y se hacen difusos…
La única manera de recordar algo inolvidable es repitiéndolo. Es decir, y en rigor, no recordándolo sino volviéndolo a experimentar, aun si el precio es la traición inevitable de los sentidos: la imposibilidad de una copia fiel.
Aunque sea otra, la esperanza es recuperar la pasión original. Y quizá por eso se agota el amor cuando las repeticiones se vuelven ritos vacíos: el original ha desaparecido del todo o nunca existió realmente.
Lo que no hemos aprendido es a repetir las cosas para hacerlas nuevas.
O bien: en algunas cosas solo tenemos derecho a una oportunidad, una sola, y esa es nuestra condena: nuestros ensayos no tienen ni continuidad ni finalidad.
Aquella noche, P. dio vuelta y me miró fijamente en la penumbra. La piel de sus dedos adquirió de repente un señorío inquietante: había ternura en esa violencia de amarse a ciegas.
Quizá intuíamos las trampas de la memoria y quisimos de una vez repetir aquello para hacerlo en ese momento inolvidable. Pero ya no lo conseguimos, no fue lo mismo o, como dicen: el momento (la “magia”) había pasado. Decidimos que sería mejor esperar, aunque no sabíamos si esperar qué o esperar cuánto.
Nos abrazamos todavía durante un rato más, semidesnudos y callados contra la pared, ahora tibia; y la noche terminaba, el fresco, el gallo a destiempo; sabíamos demasiado bien que todo eso llegaría un día muy próximo a ser solo un retrato en la memoria: algo, pues, no inolvidable sino irrepetible y sujeto a la flecha irreversible del tiempo.
Y hoy, ¿qué puedo hacer con este recuerdo? ¿Cuánta fiabilidad puede otorgarle? ¿Puedo atesorarlo, quizá, como si fuera una especie de inversión? Sé que jamás deparará frutos, que su valor no crecerá. Es el recuerdo de una riqueza perdida. ¿Y qué puede significar el recuerdo de una riqueza? Quizá, en el futuro, una plataforma para no enfermar de soledad, nada más...
Y, sin embargo, soy débil: la inversión es a la vez nula y maravillosa. Quizá más que el recuerdo de lo que sentí, lo que ha podido arrastrar hasta aquí mi cuerpo sea el vacío mismo de aquella plenitud, aunque ya vaciado también de ella. Ahora el vacío también es paz; y la paz, como la indiferencia, nos evita sufrir. Aunque también nos priva de conocer otra vez el deseo.
Aquella noche sin tiempo, finalmente el gallo cantó un amanecer púrpura y frío; y el viento llegó con el día.
—Entremos.
—Sí —concordé. Hasta ese momento no habíamos hablado.
[2:47 p.m.]
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13/11/09
30 de agosto de 1999
Vivir es ser otro. Ni sentir es posible si hoy se siente como ayer se sintió: sentir hoy lo mismo que ayer no es sentir: es recordar hoy lo que se sintió ayer, ser hoy el cadáver vivo de lo que ayer fue la vida perdida.---FERNANDO PESSOA
EN MI NOVELA (O ALGO ASÍ) PAULINA SOLO SERÁ UNA INSINUACIÓN. No sería capaz de mezclar, en un mismo hilo narrativo, el amor férreo y claro de Paulina junto al amor (o desamor) ambivalente de Diana.
Y honestamente no entiendo por qué, hoy por ejemplo, recuerdo a P. clavada dentro del dolor provocado por haberme separado de D. Quizá Paulina ha sido para mí, hasta hoy, lo más significativo de mi corta vida, y quizá por eso su sentido cobra todavía mayor relevancia dentro del contraste de un sinsentido radical...
Es cierto que ambas, en sus respectivos momentos, decidieron no seguir a mi lado; es decir, en ningún caso la decisión fue mía. Pero P. se marchó sin violencia, incluso con cordialidad y, me atrevería a decir, con razones inteligentes; D., en cambio, no tuvo reparo en arrasarme y humillarme. Pero aun si mi dolor actual no se debe a Paulina, sí me hace recordar el que ella me provocó; su dolor y su paz, pues eso diría si tuviera que resumir lo que ella fue para mí: la confluencia improbable de dolor y de paz... O bien la consciencia de una paz casi posible.
Tal vez, para mí, P. fue la humanidad entera, trágica, sentida en su cuerpo único, solo suyo, en mis manos...
Sé muy bien que no gano nada con estos ensueños tardíos.
En todo caso, Paulina necesitará otra ocasión y otro ánimo para dejarse decantar en todo su esplendor. Y sin embargo diré, para no desperdiciar esta tentación de la memoria, algunas palabras que puedan tal vez fijarnos a ella y a mí en un marco externo a nosotros, un papel, por ejemplo, una entrega al tiempo, incluso a un tiempo en el cual ninguno de los dos esté vivo...
Paulina fue una tierra natal de la cual hubiera sido exiliado sin posibilidad de regreso; éxtasis y exceso: una incomprensión seductiva; hasta hoy solo con ella he sentido que es posible comunicarse con otro y amar a otro. Porque quise a Diana, sí, y tal vez ella también me quiso, pero no creo que nos hayamos comunicado. Porque comunicarse no quiere decir, como cree ingenuamente la gente, entenderse a la perfección o pensar lo mismo o estar de acuerdo en todo; comunicarse es entender al otro quizá mejor que él mismo y aceptarlo tal como es, es decir, como es para uno, en uno, y callar de gozo, en calma, sabiendo sin incertidumbre que uno quiere seguir con ese otro al lado, caminando a su lado y envejeciendo a su lado.
Comunicarse es caminar afines: caminar y saber con una mirada que ese camino tiene sentido para los dos.
Supongo que se debe a eso que en el borde de esta agonía Paulina no pueda faltar: es su margen indefinible, el telón que cubre y descubre las insuficiencias, es un criterio, un aura que alberga en su seno toda la agonía y toda la desesperación. Es la ternura necesaria y posible. Es saber que es posible...
Es el mar, la intuición de plenitud –porque no tenemos derecho a la plenitud pero sí a su intuición–.
Es la promesa de otro mundo posible aquí mismo: la posibilidad de convertir todo el dolor en un salto evolutivo; o la necesidad de aprender que ha de ser posible amar sin querer poseer.
Sin duda algún día escribiré su libro, pero solo cuando el recuerdo haya añejado aún más y mi historia incipiente haya conocido nuevas decepciones y nuevos bríos.
[2:44 p.m.]
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02/11/09
17 de octubre de 1999
QUIZÁ LA POSIBILIDAD MÁS SENSATA SERÍA SEGUIR ESCRIBIENDO SIEMPRE LA NOVELA, que, entonces, en sentido estricto, no “avanzaría” y solo crecería o se hincharía.
Podría probar estilos como se prueban zapatos en la zapatería cuando uno ya sabe de antemano que no va a comprar nada.
O abrir una puerta, ojear, y cerrarla con desgano.
O verme en el espejo y asustarme pero no romper el espejo ni dar media vuelta.
¿Tendría un sentido público, o un objetivo pragmático? ¿Podría llegar a ser algo más que un juego secreto?
Un texto que nunca cerrara las puertas que va abriendo, ¿se puede todavía llamar “novela”?
Hacer catálogos de contingencias, repetir matices de sueños, extender el dolor como si fuera la ampliación indefinida de un orgasmo.
O querer tocar los extremos a la vez para ver si es cierto que son lo mismo o diferentes...
Inventariar frases aparentemente vacías, o inconexas, narrar sin narración, contar sin hilos, recorrer a tientas un laberinto del cual no sepamos siquiera si lo es.
El marco de una novela, el reverso de una historia: hacer la novela de lo que se debe pensar para escribir una novela, pero que no se debe escribir en la novela…
Tomar notas al vuelo y hacer de la novela el borrador de la novela —el otro extremo del lápiz, como si fuera posible no borrar sino escribir con el borrador—, sin versión final ni completa; apuntar el ritmo atropellado con el que seguimos el recuerdo e ir moldeándolo un poco, tanto como sea posible improvisadamente; y apuntar el borde de los eventos pero no los eventos mismos…
Hacer, por ejemplo, un recuento de lo que “piensa” X mientras se lava el cabello en la ducha o lo que “anticipa” cuando camina hacia la cocina a prepararse el desayuno.
O interesarse por repeticiones mecánicas y masoquistas del amante abandonado y llevarlas hasta el asco con la intención de animalizarse o maquinizarse como salvación
O simplemente contar lo que no cuenta para ver la vida desde su punto cero: contar el recuadro huidizo de las cosas, ese que las define esencialmente sin ser parte de ellas mismas: de su enjundia o médula o meollo; y por mera diversión o supervivencia hacer pues eso: encadenar sinónimos como golpes al mentón o retortijones en la tripa…
Escribir cuatrocientas páginas acerca de nada pero hacer atractiva la nada.
¿Es posible?
¿Qué rodea los acontecimientos, psicológicamente cuál es su sostén, si lo hay y si podemos percibirlo y describirlo?
Aunque luego habría que soportar, maquiavélica y fulminante, a la crítica. Que eso no es literatura. Que dónde está la trama trepidante. Que dónde están los personajes de densas pero invisibles psicologías e historias impredecibles. Que dónde está la acción apabullante y los diálogos cotidianos. Que sin “tensión dramática” no hay narrativa que valga, que en la literatura no hay tiempo ni razón para hacer reflexiones explícitas —porque los personajes no deben pensar demasiado, ¿qué se creen, personas?— y menos aún para hacer lamentaciones necias, sostenidas, fenomenológicas, ¡recién púberes como tantos millones de individuos desamparados! Ay, que la literatura es una escritura donde debe esfumarse o encubrirse el autor. Que hay que narrar historias y no dar opiniones, mostrar y no decir...
Y bueno, concederlo todo, ni modo, y justificarse: “a mí, por ahora al menos, no me interesa la literatura, solo los afectos”.
Además, ¿dónde está escrita le ley que normalice u ordene que solo se puede o se debe escribir “literatura”?
¿No es la escritura en general más bien la puesta en cuestión de cualquier legalidad posible?
Tal vez para mí la novela sea imposible; y es muy sencillo, en realidad: es que no tengo historia, es que me han dejado sin historia.
¿Seguirá, hoy, siendo imposible?
Es cierto que de entonces acá he vuelto un par de veces a hacer el intento. Es decir, he vuelto a desear narrar, a pesar de que aquellos años de diarios entristecidos y resentidos y cargados de esta prosa vacía o vaciante me habían dejado seco, o carente de todo deseo de narración seria, o lavado en general de palabras, de la intención de registrar palabras de algún modo ordenado…
Pero lo he vuelto a intentar: recientemente he terminado un par de borradores que, prudentemente, descansan meditativamente en una gaveta…
Durante varios años creí que aquella época de anotaciones diarias –agrias o sosas– a pesar de la vitalidad negativa que me daban (me impedían matarme simplemente por el vicio de sentir ese deseo enfermizo de querer matarme), me iban a imposibilitar volver a tomar una pluma y querer escribir como se debe, según toda madurez literaria. ¡Es que durante tanto tiempo la escritura estuvo asociada con el dolor y la muerte! Y luego, cuando recuperé mi vida —al menos cierta jovialidad o inclinación a la alegría, o cierta serenidad que todavía habita mis tardes—, creí haber perdido del todo la necesidad de escribir. Pero después, no podría decir exactamente por qué ni cuándo, de nuevo me volvió a llamar el papel y me atreví a volver. He terminado esos dos borradores que quizá, algún día, serán dos novelas, en un sentido más... ortodoxo, digamos, o convencional.
Hoy, en esta tarde de nostalgia, o tan solo de inofensiva añoranza, ya me sé, al menos, libre de la obsesión de escribir hacia la muerte o el vacío, e igualmente del miedo de no ser capaz de escribir ni publicar nada.
Los meses que siguen serán decisivos.
[2:42 p.m.]
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22/10/09
11 de octubre de 1999 (cont., 2)
3. Degener pravus
Algún preciosista argüirá que el nombre redunda, y tendrá razón, pues un degenerado es depravado y viceversa. Pero el académico sutil que bautizó a esta estirpe de sapiens sapiens sabía lo que hacía: la redundancia cumple el propósito hiperbolizar la deformidad de estos tipos. Llanamente, podríamos llamarlos “pornófilos”, aunque pecaríamos de lenitivos: el pravus, a, um, también refiere a perverso, torcido, defectuoso, irregular...
Sin embargo, por brevedad, en efecto los llamaré así: pornófilos. Esta identidad es una versión decadente de la sensual. Aburridos de todo tipo de convencionalismos, los pornófilos llegan a interesarse por la necrofilia y la zoofilia y solo el diablo sabe cuántas filias más. Si bien no acostumbran dejarse ver —al menos en cuanto pornófilos—, esta apetecida identidad obtiene al día de hoy una merecida medalla de bronce.
Sobra decir que en su mayoría estas gentes ya no se interesan mucho por el look de su compañero sexual; les atrae más su rendimiento y, si de paso tiene alguna deformidad —qué sé yo, un seno con dos pezones o un pene sacacorchos— pues bienvenida sea.
En principio, su pansexualismo es muy sano, tolerante y hospitalario y por eso mismo civilizado; pero las cosas se complican cuando degenera en explotación de los más débiles, en un sadismo efectivo y no simbólico ni compartido, o en esclavismos sexuales o en el llano y siempre irrevocable asesinato.
Comúnmente, aunque no exclusivamente, estas personas provienen de ambientes depresivos y malsanos, de enorme desamparo —y no me refiero específicamente a desamparo en términos económicos, sino también, y acaso principalmente, afectivo—. Parte de su singularidad radica en olvidar a la perfección que algún día necesariamente se les acabará el patín y terminarán más insensibles que las piedras duras; lo cual, claro, no les impide, mientras llegan a su fin, pasar por la vida como un huracán, arrastrando a quien encuentren a su paso. A la luz pueden ser nuestros buenos amigos, pero de encontrarlos en la oscuridad no tendrían reparo en penetrarnos con un destornillador. ¡De lo que hay que cuidarse, por todos los santos!
4. Servator vulgorum
Incluyo en esta cuarta pero aún respetable posición, a toda la gama de políticos y religiosos que solo saben abrir la boca para adoctrinarnos respecto de lo que hay que hacer para cambiar el mundo y para hacernos saber que solo ellos —más que obvio— pueden hacerlo, siempre y cuando uno les ayude monetariamente, claro.
Son los salvadores de los pueblos, es decir, del populacho o las masas, porque el no-populacho (del cual ellos, dichosos, forman parte) no tiene por qué ser salvado porque ya lo está por definición (orden de Dios o de Mr. Money).
Es fácil descubrir su identidad si uno observa con cuidado: mientras hablan de salvar el mundo se llenan los bolsillos con todo el dinero que no les pertenece; y si, por otro lado, uno no les descubre este gesto, pues bastará con revisar su biblioteca: por alguna enigmática razón todos los ejemplares de La República de Platón que poseen estos salvadores contienen una voluminosa errata: se le debe mentir al pueblo —se lee allí— pero no por el bien del pueblo, como defendía el Platón utópico, sino, mayestáticamente, por el bien de los propios monarcas, que el pueblo sin ellos –“justifican”– simplemente se mataría sin razón... No ha de extrañar que en las naciones infiltradas y tomadas por esta calaña la inflación que sufren los gobernados sea directamente proporcional al inflamiento que gozan los gobernantes.
En cualquier caso, necromancia o carisma, llámesele como se le llame, el punto es que te dejan vacío de recursos y lleno de esperanza.
Y lo más triste del asunto es que hay carreras universitarias donde puede uno sacar hasta doctorados en esto. Y son respetadísimas y tienen miles de estudiantes que se gradúan como moscas y son como moscas, es terrible, se los topa uno en todas partes y con solo acercarse ya siente uno el tufillo a desperdicios. Por estrategias de marketing, supongo, son en general muy buenos amigos de las cámaras y las entrevistas y tiene uno que soportarlos en televisión interrumpiendo a los Simpsons. Porque estos tipos, a quienes también podríamos llamar “mesiánicos”, son los amos de la opinión pública, con lo cual salta a la vista que la opinión pública no es la del gran público sino la de ellos. Si tuviéramos más como fulanito, dice la pobre gente sin saber lo que dice, si tuviéramos más el país estaría mucho mejor.
Curiosamente, los velados tienden a apoyarlos en las elecciones y en sus discursos y en sus creencias, simplemente porque a estos “servidores” no les interesa interferir con sus apariencias ni con sus modos de vida y, más aún, les conviene que existan y proliferen velados porque son ellos quienes más compran los productos con los que corruptamente lucran y son quienes votan para que puedan ser corruptos con gracia, es decir con embajadas o consulados o presidencias. A quienes los mesiánicos sí combaten con todos los medios a su alcance es, claro está, a los sensuales, pues a estos les importa un pito toda esa verborrea de la salvación y solo quieren irse improductivamente a la cama. En fin.
5. Lugubris maledictum
No sé por qué se dice que no hay quinto malo, pero este es más malo que la lepra. Tenemos aquí a la especie más estorbosa de todas: los lúgubres.
En oposición tanto a los velati como a los servidores del pueblo, los lúgubres se vuelcan fanáticamente a un apocalipticismo que raya en la forma más indigna de locura. Decirles “pesimistas” sería usar un eufemismo que no se merecen. Decirles “trágicos” sería ofender una posición filosófico-artística de renombre y sentido. Sería mejor no llamarlos de ninguna manera, pues de por sí entre la nada y ellos no parece haber nada; y sin embargo hay que llamarlos de alguna forma, pues hasta la nada, ya lo ven, o lo leen, tiene nombre.
Ellos creen sufrir una maldición eterna; más que eso, que el universo y la creación entera y sus propias vidas son una maldición eterna, una cárcel eterna. Pero no por estas razones defienden alguna posición gnóstica o mística. Nada de eso, su sentido de encierro linda más bien con la imposibilidad llana y simple de acomodarse a cualquier forma de vida concebible, y se dedican por lo tanto a quejarse de todo y de todos y del pasado y del porvenir y más rabiosamente del presente, claro, por ser el único tiempo ¡maldito sea! que siempre está aquí, al punto de que no llega uno a comprender por qué diablos no se pegan un balazo y acaban de una vez con su sufrimiento... Imagino que piensan que como todo siempre sale mal, seguramente fallarán el disparo y quedarán parapléjicos, ¡ayúdeme a decir!
Se entiende, así, que generalmente vistan de negro, como de luto, haciéndole honor a su nombre, funestos, y viven como por inercia y yo hasta los puedo sentir mirándome en los autobuses como si fuera yo el culpable de todas sus inverosímiles desgracias. Aunque luego resulta que no era yo sino mi vecina de al lado o el pobre chófer que a duras penas da a basto con eso de las barras electrónicas del carajo que se inventó sin duda algún mesiánico interesadísimo en el transporte público, es decir tan poco público como la opinión...
Confieso que empiezo a aburrirme… Que no soy locutor de radio con su top 10 o su top 20. Qué diablos, tal vez un par de notches más y vamonós.
6. Torpescus petra
Estos tipos –hablo de tipos y de tipas, entiéndase, que a mí no me pescan con esa enfermiza manía de los y las y ellos y ellas– viven en una parálisis continua, entumecidos, inmovilizados como piedras…
Para hacerlo breve, incluyo aquí a los mediocres en todas sus denominaciones, los abúlicos, los impotentes, los chismosos, los desocupados no por desempleo sino por mera y pura y radical vagancia, los pobre-de-mí y los que no tienen ninguna ambición personal, ni académica ni laboral, ni amorosa ni económica, ni artística ni lo que fuere. Simplemente respiran.
¿En qué se diferencian de los lúgubres?
Bueno, estos, los petrificados, no necesitan pensar que todo es una mierda para no hacer nada, simplemente no hacen nada, sea mierda o no, porque la mierda son ellos, es decir, su incapacidad, sus enfermedades, sus malditos destinos, porque eso sí, lo que sí creen haber recibido de la naturaleza es el destino mismo de petrificados, pero no porque el mundo y todo sea un complot en su contra y una porquería, sino simplemente porque así lo quiso el azar…
7. Los virtuales
Estos especímenes, por su novedad, aún no reciben nombre científico. Evidentemente esta es la más reciente inclusión en el Top y de sopetón entran en el número siete, número cabalístico, por lo demás.
Son los cyberjunkies, los fanáticos de la tecnología en todas sus expresiones, los que, misteriosamente, ya nacen con el cerebro lavado, efectuando la imposibilidad biológica de venir al mundo con el cerebro cual tabula rasa, o bien creen posible arrasar con todo lo que hay en él e instalar de cero todo un sistema operativo de punta con bases de datos y sistemas expertos... Es decir, creen que ellos mismos llevan por dentro no un cerebro humano sino el más avanzado microprocesador con redes neurales y compuertas lógicas cuánticas y enlaces cibernéticos vía satélite. Para los que ya vieron la película Matrix, estos son quienes desean que el mundo llegue a ser así...
Ahora bien, sobra decir que no es que algunas de estas identidades estén a la moda y otras no, pues hoy la moda lo incluye todo y entre más mejor; dicho de otro modo, lo que interesa no es la moda X o la moda Y sino la moda a secas, es decir en metálico, la moda que venda, y mientras estas identidades y todas las demás vendan y vendan con ganas, seguirán siendo patrocinadas por algún bondadoso mecenas que, por supuesto, para proteger su intimidad, no da la cara, el muy cabrón, mientras pretende obligarnos a que todos sí demos no solo la cara, la mía y la suya, sino la cara que él o ellos nos han vendido.
Y sobraría además decir que por supuesto también hay híbridos; qué sé yo, mesiánicos pornófilos, por ejemplo, o lúgubres con matices sensualistas, sadomasoquistas, esclavistas, o virtuales velados, que he visto el caso, o híbridos más complejos como un petrificado que pase pornófilamente pegado a su computadora y deseando en sus adentros no ser sino un mesiánico sensual. ¡Imaginen la parafernalia y las indumentarias de semejante energúmeno! Y eso que solo llegué hasta el puesto siete, ¡lo que hubiera pasado de haber seguido hasta el doscientos treinta y cuatro! Y es que debe haber híbridos, pues son ellos los compradores más hábiles, los más ingeniosos a la hora de mezclar estilos entre todas las ofertas disponibles, los verdaderos dueños de la escena cultural, los extravagantes que todos admiran y que son, casi siempre, el punto de partida de alguna nueva identidad, pues por supuesto que estos extravagantes son, apenas alguien los “descubre”, adoptados por cadenas transnacionales y patrocinados de por vida para que sigan haciendo públicas sus desviaciones y “genialidades”, que, de ahora en adelante, se sumarán al mercado y sumarán montañitas de dinerito en las cuentitas de sus fantasmales apoderados…
Por otro lado, no habría que olvidar que también hay identidades marginadas o, digamos, worst-sellers.
Sin embargo, no me ocuparé ahora de hacerlas explícitas, ya tendrán ustedes ejemplos a la mano, o tal vez sus propias manos sean parte de algún ejemplo. Citaré solo algunos brevísimos casos: los verdaderos románticos, es decir, románticos en un sentido más técnico y, si quieren, de inclinación incluso provenzal, es decir otra vez, no los pseudorrománticos que leen novelas rosa y ven telenovelas de seis a diez y películas de amor tipo Pretty Woman o cualquiera de sus cenicientas variantes. O están quienes aún se creen de izquierdas pero en su cerebro no tienen siquiera una sola neurona zurda; claro que eso a veces sucede simplemente porque del todo no tienen neuronas; y claro que hay personas todavía verdaderamente de izquierdas, pero a ellos no se les puede vender ni un maní con segundas intenciones... Aunque también es cierto que siguen habiendo neófitos ingenuotes a los que sí se les puede vender cualquier cosa, por ejemplo camisetas del Che en tono de ídolo pop o discos de cualquier Silvio Rodríguez reciclado. O bien los “no alineados”, pero no me refiero a países sino a personas, cuyo “problema”, a los ojos de la moda y la política, es no existir. Y así que como no existen no puedo yo hablar nada de ellas…
Y bueno, basta, ¿no?
¡No, no! ¡Se me olvidaba una categoría importantísima: los pontificadores!
Estos son quienes llegan a pensar, en estados madrugadores de delirio, quizá, a veces, tras haber estado sentados leyendo y escribiendo catorce horas seguidas, llegan a pensar, decía, los muy idiotas, que entienden mejor el mundo que todos los demás, que pueden explicar lo que todos los demás no pueden explicar y que, encima, son mejores que todos los demás. Entre esos hay muchos autollamados poetas, intelectuales o filósofos. ¡Vaya desgracia para la poesía y la filosofía! ¡Y vaya desgracia para mí, pues en las últimas páginas han tenido Uds. un clarísimo ejemplo de esta especie igualmente execrable de sabelotodos!
Sí, Yo, maldito Yo, ¡caíste otra vez en la pontificación! Ahora pueden crucificarme si les viene en gana, y también yo voy a hacerlo, no se apuren, no se apuren.
[2:36 p.m.]
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26/09/09
11 de octubre de 1999 (cont.)
2. Vulpes dissimulata
Algún autor anónimo maledicente —posiblemente, se cree, un macho (es decir, un varón no necesariamente rubio) feo y mal cogido— bautizó así a los ejemplares femeninos de esta especie. Traducido literalmente, el nombre técnico es “zorra disimulada”, es decir, que simula no serlo, que se oculta o se disfraza. A los machos, sin embargo, se les acostumbra llamar “perros”, a secas y en castellano, pues, supongo yo, sus actividades son tan poco periciales, tan escasamente elaboradas estratégicamente, que no merecen siquiera un nombre científico. Además, los machos se ocultan menos y son, por eso mismo, más parecidos a perros (canis lupus familiaris) que a zorros (vulpini).
En general, yo prefiero llamarlos “pseudojipis”. Las zorras y los perros, aparte de la improbabilidad biológica de apareamiento, que entorpece la analogía, arrastran una cantidad tal de estereotipos que no merece la pena sostener tales nombres solo para darle gusto al cínico reprimido que empezó a popularizarlos por vez primera.
El objetivo primario y, a veces lo parece, único, en la vida de estas criaturas principalmente nocturnas, es dar rienda suelta a su sensualidad. Igual que los velati, estas personas dedican gran cantidad de tiempo y dinero a convertir su apariencia física en un reflejo lo más fiel posible a una idea platónica. Cómo han podido contemplarla para comparar es algo de lo que no tengo ni puta idea.
Sin embargo, se diferencian de los velados en que aquellos observan una moral más rígida, pues, por supuesto, según su “visión de mundo” hay que mantener las apariencias morales además de las físicas, y hasta llegan a creer que de verdad deben ser “proper” y casarse de blanco y tener un matrimonio tradicional con chiquitos tradicionales y autos tradicionales como bemedobleús o audis y otros tradicionales etcéteras. En otras palabras, los velados son conservadores que se esfuerzan por dar la imagen de liberales; y, al contrario, los pseudojipis no se preocupan por dan la imagen de liberales, ni siquiera lo son en sentido estricto, se acercan más bien al libertinaje y la indiferencia política y, aunque lo disimulan, no se avergüenzan de ello, lo cual, al menos, es totalmente respetable.
Esto, claro ha de estar, no quiere decir que no tengan sus propios códigos, sus mores y tabúes y todas esas boberías. Los tienen, aunque es difícil descifrarlos pues en eso son un poco herméticos: tienden a no dejarse conocer a no ser que uno sea también uno de ellos.
Pero, ¿cómo saben cuando alguien lo es? No está claro, quizá tienen la habilidad extrasensorial para leer las mentes y en ellas los currículos sexuales y recorrer así detenidamente las perversiones de cada quien. El asunto es que misteriosamente se atraen entre sí y si uno es suficientemente perspicaz podrá ver cómo en los bares y las reuniones se van acercando poco a poco mientras se desnudan poco a poco sin quitarse la ropa.
Ahora, ¿por qué pseudo-jipis?
Fácil: en el jipismo clásico había cierta nobleza, un florido candor que hacía creer en el amor y la sinceridad y en la naturaleza y en la paz. Pero estos nuevos jipis se pasan todo eso por ya saben dónde y van al grano, es decir ya saben adónde.
¡Cuál amor, cama, cama!
Algo paradójico es que a pesar de no compartir algunos postulados fundamentales del jipismo, comúnmente se visten y hablan jipescamente. Han de ser las vueltas y revueltas de la moda, las maravillas del mercado, lo que permite que hoy, casi en el año 2000, una de las “nuevas” modas sea el retorno de los ruedos de campana, los pañuelos en la cabeza, las flores bordadas y todo tipo de motivos espirituales (sic) chinos o indios. Esta es la moda oficial, y que sea oficial quiere decir, nada más, que así lo han decidido las grandes casas de la moda en Nueva York y París y Londres y sus respectivos tentáculos textileros y maquileros en Asia; y acaso también algún sociólogo oportunista que trabaje como asesor de Pierre Cardin o Yves Saint-Laurent.
En suma, que del amor libre de los jipis les queda lo libre, que no el amor, pues el amor, suponen o proponen, entraña compasión y cariñitos e hipotecas e impuestos municipales y todas esas mariconadas que inhiben la consecución de los más puros y diversos placeres.
Es evidente que estos pseudojipis, dissimulatae o no, están ubicados a lo largo de todo el escalafón social, desde las clases más bajas hasta las más altas y las superaltas, lo cual no es de extrañar, claro está, porque tanto los empobrecidos como los más fructuosos tienen TV y es por TV por donde se enseña primariamente este catequismo particularísimo: la sinrazón de reprimir cualquier tipo de inclinación sicalíptica.
Es que en el fondo es un asunto de actitud y no de recursos, si bien obviamente no es lo mismo la sensualidad acompañada de Perrier-Jouët en la Costa Azul que aliñada de guaro de contrabando en un balneario rural. Pero bueno, no pasa nada, los pseudojipis menos privilegiados, por decirlo de alguna manera, aprenden a pasarse esos detallitos por alto e ir al grano, es decir, otra vez, ya saben dónde, lo cual, sobre decir, los diferencia también de los velados, pues estos jamás podrían pasar por alto el asunto del “status”.
Por último, supongo en mi puritana ignorancia que esta identidad está en segundo lugar simplemente por motivos de aburrimiento: no tan ingenuos como para creerse todo el cuentito pop de los velados, esta gente al menos ha optado por divertirse más sabrosonamente, que la vida es corta.
[2:28 p.m.]
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