3/06/09

19 de noviembre de 1999

DICHOSAMENTE TAMBIÉN HABÍA CIERTA LUCIDEZ…

Lo cursi también llega a ser esforzarse obsesivamente por no serlo; por ejemplo, escribir a tumbos y retumbos, mezclar imágenes y temas y estilos creyendo cretinizadamente que eso basta para ser “original”; e incluso confesarlo, confesarse uno mismo como parte del escaparate y aceptar que si no podemos afirmar que la genialidad sea solo cosa del pasado, al menos no parece serlo del presente...

Tal vez debo ser algo cursi porque hoy todos tenemos que serlo un poco: ¿lo único asquerosamente evidente no es que este mundo nos tiene cogidos a todos?

O bien...

(–como si por rebuscar estilos y hacerse el simpático ya fuera uno escritor–)
(–como si no fuera necesario tener una historia que contar–)
(–como si no fuera cierto que eso ya no es necesario porque hay billones que no tenemos historias que contar–)
(–y que es cuestión de mayorías, porque nosotros, tantos, ya no contamos–)
(–¿y qué puede contar quien no cuenta?–)

Si esto fuera una historia, sería la historia del futuro.

[11:32 a.m.]

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19/04/09

06 de abril de 1999

LA VIDA ES UN LIENZO MATEMÁTICO... paréntesis dentro de paréntesis, relaciones a través de relaciones... y el paréntesis es un asunto de borde, de frontera, de tejidos... las relaciones se tejen, efectivamente, entre unos y otros, pero el ordenamiento entre las partes es más importante que las partes mismas... ¿Habría una matemática del vínculo caótico entre unos y otros?

Hoy aprecio mucho más estos breves fogonazos que las largas parrafadas farragosas que acostumbraba echarle al papel en aquellos días. Aún me cuesta entender cómo podía pasar, con tanta facilidad, de un apunte preciso a una teoría (o pseudoteoría, más bien) ampulosa y enrevesada, o esas páginas cargadas de lirismos rebuscados, innecesarios, ¿a quién se le ocurre en este momento de historia, en este contexto de mundo, volverse a una huída lírica? Aunque… ¿era una huída?

[11:26 a.m.]

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14/03/09

12 de septiembre de 1999

EMPEZAMOS AMANDO A ALGUIEN DESCONOCIDO, un nombre o un rostro, algún semblante nebuloso, signos que no sabemos cómo desentrañar; amamos la idea de alguien, un guiño que fabulamos porque no podemos recordarlo con precisión, una mirada sostenida en el autobús, un roce casual en una acera, una palabra cotidiana, gracias, disculpe, hola, y una figura huidiza que acompaña la voz, levedad que nos hace livianos y nos acerca a otro, a su enigma; ese latido repentino que tiembla en el esófago cuando ese otro que miramos retribuye con firmeza nuestra mirada...

La desventura es que casi nunca baste con esa mirada y que eventualmente lleguemos a creer posible apropiarnos de la gente con los ojos.

[11:24 a.m.]

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11/10/08

18 de noviembre de 1999

—¿LEER DEBE SERVIR PARA ALGO?
—Para nada, a lo sumo para pensar.
—¿Pero pensar en qué?
—En nada en especial, solo pensar.
—¿Pensar en nada, pero eso es posible?
—La gente normalmente no piensa lo suficiente, se levanta y desayuna apresuradamente, sale y busca un taxi o coge un bus, llega tarde a la oficina, trabaja mecánicamente, se estresa mecánicamente, come a la carrera, vuelve a casa, deja los calcetines tirados por ahí, se rasca el culo y echa un pedo, revisa el contestador del teléfono sin poner demasiada atención, se tumba en el sillón con unas palomitas grasientas y ve en la tele las series de policías o de salvavidas voluptuosas o cualquier cosa semejante y luego se va a dormir para repetir el ciclo el día siguiente.
—¿Y entonces leer debiera impedirles hacer todo eso?
—Impedirlo no, solo hacer en todo eso una especie de paréntesis, o entremeterse en todo como una cuña... La vida es una suma de tropelías, la mayoría absurdas, y si se consigue hacer una pausa, pues bueno, ya eso es pedirle bastante a la lectura.
—¿Pero entonces sobre qué leer, libros sobre qué, cuáles?
—Eso importa menos. La lectura debe ser como la sexualidad. Eso, leer ha de ser como echar un polvo, o en su defecto, masturbarse. ¿Para qué se hace? ¿Te preguntás vos para qué te masturbás cada vez que lo hacés?
—Obviamente no, solo me dan ganas.
—Pues eso. Que leer sea una simple necesidad erótica, un ejercicio masturbatorio y, en su mejor momento, acompañado, ¡hasta orgiástico en los buenos libros! Una fiesta, eso es todo, una celebración sin objeto ni motivo, porque sí, ¿no hace falta a veces simplemente tomarse una cerveza con un amigo y hablar de cualquier tontería? ¿Y cuando simplemente nos volvemos hacia nuestra pareja, en la cama o en el baño o donde sea y empezamos a toquetearnos porque sí, porque repentinamente sentimos ganas de hacerlo? No se necesitan excusas para una fiesta, ¿o sí? Pues eso es para mí la lectura, una pausa en el tropel, gozar porque sí, decir mierda, estoy vivo, voy a gozar un rato sin motivo, sin interés, sin inversión, sin excusa, porque me da la gana, porque se siente bien.
—Pero eso no es pensar. ¿No decías que leer debe servir para pensar?
—Ya vas a complicar las cosas, ¡claro que es lo mismo! En comparación con la banalidad que es hoy la vida cotidiana, leer o hacer el amor equivale a pensar en nada. Claro que se piensa, se está consigo mismo pero sin razón, sin motivo económico, solo porque sí. Es en ese pensar que estoy pensando, ocuparse de uno mismo y darse una oportunidad de gozo impráctico, soberano, privadísimo y, sin embargo, poblado por todos los mundos y personas reales y posibles que seamos capaces de imaginar.

[11:07 a.m.]

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4/10/08

13 de noviembre de 1999

NINGÚN AMOR ES UNA SALVACIÓN DEFINITIVA. Que las personas lo crean sirve para venderles islas de la fantasía y cruceros del amor y tarjetas con niños llevando flores de rubí en un mundo en blanco y negro.

Es simple: el amor también podría hacernos prescindir de todos esos artificios, incluso del escaparate donde hoy acostumbramos morir anónimamente.

Algún día el amor solo existirá en salones desocupados como desiertos, en teatros vacíos, en lechos amortiguados por silencios.

[11:01 a.m.]

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20/09/08

12 de noviembre de 1999

CUANDO LO CURSI SE PONE DE MODA TODOS CREEMOS ESTAR EN EL EDÉN. Y una de las tantas ventajas de esta situación es que ahora todos somos poetas, pues para serlo, dicen, basta con hablar “subjetivamente”. La historia termina para dar paso al edén y entonces todo es arte, hasta los libros que queremos escribir pero no escribimos, y el hecho de quererlo y soñarlo o simplemente declararlo.

Quizá Dios nos expulsó del paraíso porque estaba harto de tener por criaturas a unos seres tan estúpidos. O simplemente tan inmaduros. Y quizá nos expulsó para forzarnos a madurar. Pero seguimos tan niños como cuando nos descubrimos por primera vez desnudos y deseantes.

Hoy, algunos creen estar de vuelta, pero tal vez lo único que hemos redescubierto del edén sea la estupidez: masiva e ineludible. Por ejemplo la estupidez de creer que los mejores son quienes más dinero tienen o, al revés —hoy día da lo mismo—, creerse mejor simplemente porque uno no tiene ningún dinero ni cree necesitarlo.

¿Y no soy también yo uno de tantos estúpidos, principalmente porque a veces pretendo ser capaz de explicar la estupidez o, peor aún, estar exento de ella?

[10:57 a.m.]

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30/08/08

11 de noviembre de 1999

UN SALÓN AMPLIO, desocupado y en penumbra. Entre sus paredes, reprimido, se contiene un desierto de ecos...

Lo cursi, ¿acaso es simplemente decir “te amo”? Tal vez decirlo solo como formalismo: una línea en un guión.

Una pareja aislada del resto del mundo.

Están en el salón desocupado o en un teatro vacío. Si deciden actuar solo lo harán para sí mismos. Pero nadie los mira: tienen la oportunidad de no actuar.

¿La tienen? ¿No es suficiente que mire el otro? ¿Y no actúa también uno ante sí mismo? Por eso precisamente es imposible afirmar que somos, cada uno, uno mismo…

Y si no estuvieran en un tablado, si por un momento se desvaneciera el mundo —incluso dentro de ellos mismos— y quedaran íntimamente solos, ¿podrían saber con certeza que se aman?

Tal vez solo somos para los demás y, por eso, la vida debe llegar a convertirse, tarde o temprano, en el tedioso esfuerzo por ser siempre los mismos, sencillamente para que los demás puedan reconocernos.

La pareja está aislada, libre para hacer lo que deseen. ¿Y qué hacen? ¿Bailan, quizá, desnudos en el salón de los ecos? ¿Se gritan acaso su amor, oyéndolo rebotar en las paredes al expandirse por ese desierto retenido? ¿Brincan como gorilas primigenios o se arrastran como bienvenidas serpientes?

Nada, están solos y se mueren de pena y hacen lo que han hecho siempre. Y dicen lo mismo, se dicen lo mismo.

Más adelante, en una playa desolada, bajo el cielo abierto como una flor.

Ahora están desnudos. La tierra entera es el mismo desierto que estaba contenido en el salón desocupado. No hay paredes, la ribera es inmensa, el mar, el cielo, no hay nadie más.

Una de las dos personas mira a la otra imparcialmente y se siente dueña no de ella sino de sí misma y la tierra entera la abraza. Es justo en ese instante cuando descubre que la ama o, más bien, que esa palabra puede significar eso que experimentó en ese instante.

La otra, dubitativa, baja la mirada. Acostumbrada a los escenarios, no sabe bien qué hacer cuando las butacas han sido eliminadas y queda solamente la tierra ante un cielo callado, un cielo para siempre callado.

Sus ojos como fosas o bocas acuosas... Nadie más la mira. ¿Pero qué se puede hacer cuando solo una persona nos mira? Una persona es casi ninguna persona, y es difícil o absurdo seguir actuando para nadie. No soporta tanta soledad… En cambio, para la otra, esta soledad es el único sentido de la palabra “felicidad”.

Luego se separan.

El salón ya no existe, el desierto se ha extendido fuera, ha salido a la calle. Los demás son un decorado deslucido. Una ya no oye ni mira nada, apenas habla. La otra sigue prefiriendo lo que ya está escrito: su vida es literalmente dramática; para ella, lo real es una ficción recibida.

[10:53 a.m.]

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23/08/08

07 de diciembre de 1999

(ENTREVISTA ESPECULAR)

He gozado momentos de una desnudez animal y tierna a la vez, y me ha dolido vivir cuando no he podido retribuir el deseo que alguien sentía por mí; esto lo digo sin miedo: he sido a veces infortunado e impotente, pero otras veces he sido perfecto.

También, alguna vez, me ha tentado el suicidio, creo que simplemente para poner fin a la incertidumbre y la ansiedad. Pero creer que la muerte es verdaderamente el fin también es un acto de fe, y prefiero el dolor que la fe. Para mí ya no se trata ni de creer ni de matarse, sino de resignarse a que vivir sea siempre alguna versión de enigma trágico.

Por ejemplo: no puedo decir que yo sea quien otros dicen que soy, ni siquiera el conjunto de momentos que podría rastrear con la memoria, una suma de escenas febriles y temores ridículos, de anhelos cumplidos y sueños frustrados, de actos cotidianos simples y algún incidente extraordinario.

Tantas veces que he querido decir algo y he callado… Tal vez soy esos silencios desvanecidos, esas palabras irrecuperables: una ceguera iluminada que siempre viene de otra parte, o de otros.

La conciencia siempre es fantasmal.

No sé qué he sido ni qué seré; hoy quisiera creer que soy las miradas entreveradas de todas las mujeres que me han mirado detenidamente, y de algunos amigos y familiares que sé que me han querido. Porque solo esas miradas me han sostenido… Y si son otros quienes me han hecho quien soy, no soy lo que cada quien ha creído que soy, ni tampoco la suma de sus opiniones… ¡Esta errancia de ser el otro lado de unas miradas que cambian tanto como las mías, y que cambian aún más con el recuerdo!

Mis verdades son los afectos que me han transformado, dislocando mis verdades anteriores: lo que daba por seguro, a lo que pretendía serle fiel.

Mis verdades no tienen nunca un punto estable, central, alrededor del cual girara todo sujetado por radios invisibles… Se desgranan, las siento caerse de mi piel y a veces también rozarla o quemarla o desgarrarla; y solo porque pueden morir son verdades tan verdaderas como la vida.

También es posible que ella vuelva a amarme. Los milagros solo son hechos con muy pocas probabilidades de llegar a ser.

Solo al deshacernos mutuamente nos hacemos quienes somos.

El amor debiera sostenerse en ese borde de abismo: entregados al viento, sin dejarnos caer.

[10:44 a.m.]

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