17/5/08

25 de agosto de 1999

este buen corazón se va ensayando

--Alfonsina Storni



SOÑÉ CON UN GIGANTESCO ANDAMIO CUYA ARMAZÓN NO ESTABA HECHA DE TABLONES SINO DE BRAZOS Y PIERNAS. El sueño, estoy seguro, duró muchas horas; al despertar no solo estaba exhausto sino fuera de mí, alterado en mi juicio.

En el sueño, una secuencia se repitió múltiples veces, cada una con mayor dolor y ansiedad. Desde un deslustrado cielo amarillo me llamaba una voz. Era grave pero femenina. Yo intentaba escalar la estructura agarrándome como mejor podía de esos miembros mutilados; pero estaban cubiertos de alguna sustancia viscosa que me hacía resbalar. La voz insistía, apurándome, y yo me lanzaba de nuevo hacia arriba con creciente desesperación, como si alcanzando la cúspide fuera a recibir algún obsequio maravilloso, o el cumplimiento de alguna promesa —esas cosas se saben así en los sueños—.

Cuando empezaba el ascenso, los brazos y las piernas se endurecían para darme apoyo, llegaban a parecer troncos, columnas, pero al cabo de unos pocos metros empezaban a aflojarse como si se cansaran de soportar mi peso. Al cabo de un rato, en todos los intentos siempre sucedía lo mismo: todas las extremidades sin dueño se abalanzaban sobre la tierra y me caían encima. La voz reiniciaba sus llamados y la estructura volvía a formarse, vigorizándose de nuevo. Sentía que apenas era posible respirar. La sensación general era de pavor. Luego, tras comenzar por enésima vez la escalada, la voz se alejó, se hizo cavernosa, como de alguien que estuviera muriendo. A medio camino, de imprevisto cayó sobre mí una red glutinosa que me envolvió como en un capullo. Los brazos me rodearon con mayor fuerza a través de esa telaraña. Supe —otra de esas cosas que se saben así en los sueños— que estaba dentro de Diana y que su pecho era la cápsula que me asfixiaba y que jamás lograría llegar a la cima, por más que su voz me invitara a hacerlo.

El cuerpo puede más que cualquier decisión; esas distintas voluntades que nos pueblan realizan complots a oscuras y deciden, arrastrando a su paso a quien esté más cerca. Lo demás, la consciencia, es una ilusión o una justificación siempre posterior.

¿Pero sabía o pensaba todo esto en el sueño? No todo, o lo sabía sin las palabras que lo cuentan o explican, pero sí sabía que estaba dentro de su pecho, y recordé que siempre le había dicho que su pecho era mi único refugio: la huida que me correspondía a mí, la que yo creía merecer.

El error, claro, es tratar los pechos como huidas o refugios y no simplemente como pechos; el sueño retrataba mi ingenuidad.

La inocencia es una especie de vergüenza velada de la humanidad, como si las personas prefirieran en el fondo ser malvadas, al menos complicadas o siempre inclinadas a la desconfianza y la traición.

Luego su voz calló súbitamente, a mitad de camino dejó de llamarme y su silencio y su pecho se convirtieron en pesadilla; todo era lóbrego y frío y viscoso y yo no podía moverme; sofocado, cegado, inmóvil, pasé el resto de la noche ya no oyendo, sino imaginando su voz o deseándola; rodeado de brazos y piernas anónimas, de un capullo que se me pegaba al cuerpo con lascivia; y el miedo, luego el miedo en estado puro, la noche interminable de un niño sumido en el pavor; su voz empezó a burlarse de mí, se despedía una y otra vez con descarnada indiferencia y sonreía ante mi martirio. Vete, decía, vete, no siento nada por vos; pero el capullo me apretaba y no me dejaba escapar.

Al despertar, apesadumbrado y agitado, sentí en mi boca un beso agrio, una lengua agranujada y unos labios gruesos y álgidos que se pegaban a los míos, cubriéndome obscenamente desde la nariz hasta la barbilla. Me despertó el asco y me levanté exangüe tras esa moridera que a mi juicio —ya en la vigilia— me parecía inmerecida. Había sobrevivido otra noche con ella velando mis pesadillas, gozando mi ruina.


Aún así, pude volver a mi cuaderno y escribir el sueño. Supongo que pensé que la única manera de acabar con él sería si lo reescribiera de mil maneras distintas. Tal vez fue en ese preciso momento cuando decidí agotar una a una las palabras majaderas que su recuerdo me obligaba a repetir como un simple enamorado impúber, como si fuera el primer enamorado del mundo —como si el desamor no tuviera ya miles de años de historia, infinitas repeticiones, enciclopedias poéticas, psicoanalíticas, etc.—, para ver si así, en ese proyecto frenopático de agotar las palabras de amor podría agotar también la evidencia del amor, o más llanamente, lo que en ese momento experimentaba como amor: esa violencia desordenada que primero su presencia y luego su ausencia —de modos distintos— habían producido en mi ánimo, en mis vísceras y en mis sueños...

Creo que en aquel momento creí que obviando la literatura, la filosofía, la historia, los mandamientos y las enseñanzas de decenas de siglos de escritura, que empezando por el principio —¡cuánta ingenuidad!— y reconociendo en mí lo más cursi y lo más elegante, lo más sensiblero y lo más auténtico y lo más incomprensible y todo, en realidad, todo lo que se ha dicho y lo que no se ha dicho, lo mismo, lo mismo de siempre porque siempre a fin de cuentas ha sido lo mismo, esa colección de espejos superpuestos como dominós... creí pues que era posible empezar por el principio: reiniciar la historia habiendo dejado atrás la ilusión del amor. Sencillamente no caí en cuenta de que es imposible, porque siempre empezamos sobre algo ya comenzado y siempre terminamos donde apenas todo comienza:
nihil novo sub sole, no hay otra manera.

En aquella época, la escritura se multiplicó como un virus o un cáncer: envenenaba las páginas de infinitos cuadernos, una tras otra, que caían al instante como cadáveres encolerizados.

Y a los cadáveres hay que enterrarlos en alguna parte...

Este es un buen lugar: quedan aquí como entidades fantasmales, siempre latentes, ausentes mientras nadie lea una palabra de sus cuerpos vergonzosos y pudibundos, infantiles, necios; pero a la vez reales y duros al ser pronunciados.

Ni existen ni dejan de existir, las palabras se suspenden aquí como espectros, no tienen la realidad dura de unos ojos vivos; tampoco la simple inexistencia de los muertos; son y no son, dejan de ser y se rehacen en el instante –improbable pero siempre posible– en que alguna mirada los reviva.

Aquí los textos son espectros a la vez quietos para siempre y a la deriva.


[10:15 a.m.]

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