ANDA POR LAS CALLES UNA FAUNA QUE METE MIEDO.
No es solo que la realidad esté demodé y que, en consecuencia, haya tantas realidades como especies de insectos. Pasa que las modas ya no saben de qué fetiche guindarse, de quién más hacer un ídolo fatuo o cuál nueva antigualla transformar en el último grito. Y yo no sé si todo eso está mal en sí mismo; pero tampoco sé si era mejor Dios en su cielo trascendentalísimo o esta nueva versión downgraded de dios con oficina en Hollywood.
En todo caso, algo común de esas irrealidades televisivas es incitarnos a vivir como si fuéramos ricos y famosos, vendiéndonos la idea de que mientras más actuemos como ellos y vivamos como ellos más nos pareceremos a ellos amén.
Corolario: vivir es actuar como si. Creerse alguna cosa sin fundamento y asumirla como fundamentada.
Como si uno no fuera una mosca tercermundista, por ejemplo, un arrimado, un posible inmigrante, sudaca o espalda mojada; o, inversión o tergiversación, vivir como si todos fuéramos igualmente “civilizados” y “humanos”, como si los derechos humanos de aquí no fueran diferentes a los de allá… Como si todos fuéramos hermanos porque en todas partes se venden las mismas marcas y los mismos símbolos, es decir, como si el loguito universal de coca cola, por ejemplo, fuera también el loguito de una posible humanidad universal. O vivir como si fuéramos amigos íntimos de Madonna o Tom Cruise o de Fidel o Trotsky o Freud o el Dalai Lama o la quinta reencarnación de quienquiera que sea el ungido para cada cual...
Porque nada de esto entraña que se hayan descartado todas aquellas tonterías del alma y de la identidad y de las luchas históricas, qué va, ahora todo eso tiene sus sinónimos cool. Hay cientos de tipos nuevos de new age, por ejemplo, una espiritualidad mística que envidiaría el mismísimo Plotino. Si uno mira suficientemente E! hallará la información necesaria para fabricarse su propia identidad o, lo que es lo mismo, copiar algún machote y asumirlo como indiscutiblemente propio. Y hay, por poner otro caso, manuales ecologistas de bolsillo, valen $1.99, o de variopintas antiglobalizaciones y etnonacionalismos, de izquierdas y de derechas y todos con espacio reservado en CNN o en alguna variante. Sobra qué elegir y dónde; pero curiosamente todo se parece, las cosas hacen eco de otras cosas y al final del día uno termina mareado de tanto repetir lo mismo disfrazado de original. La TV nos ha ordenado la existencia en todos los órdenes de la vida y de la muerte, ¡el mundo es una fiesta! ¡Reír y comprar y broncearse en maquinitas, todo es posible!
Yo acostumbro hablar y reírme de estas cosas junto con mi padre, cuando ninguno de los dos tiene nada mejor que hacer. Bueno, más exactamente, el pobre no encuentra la manera de negarse a escuchar mis retahílas. Y mi padre, buen castellano y viejo leído, me repite a menudo aquello de que Salamanca no presta lo que natura no ha dado; él, claro, desde siempre me lo ha repetido con la buena intención de que su hijo estudie y no se quede imbécil por mera pereza; pero lo que mi padre no podría haber previsto es que hasta eso se iba a poner de moda: quedarse tonto, quiero decir, porque para qué coño sacarse lo tonto si sabiendo prácticamente nada es igualmente posible forrarse de dólares. Hoy ni siquiera se entendería el eslogan socrático de solo saber que no se sabe nada; y, en general, todo lo que podría aprenderse en clases de filosofía, acerca de Sócrates y su martirio por el pensamiento y la libertad y las disquisiciones sobre el deber moral y qué sé yo cuánta cosa más, son hoy simplemente pendejadas de viejos; hoy la juventud ya no escucharía ni seguiría a Sócrates; primero lo lapidarían por aburrido y segundo lo empalarían y tercero lo olvidarían al día siguiente... hasta que algún genio, claro, al tercer día, decidiera resucitarlo lanzando su imagen inmolada en jarras de café y gorras y camisetas y calcetines de color fucsia.
En este clima finisecular hay todo un escaparate de identidades disponibles, y no sabemos cómo ha sido posible pero hay una para cada quien, como si la moda, al mismo tiempo, fuera infinita y singular. ¡La moda es el reino de la diferencia! Con el vestido podemos expresar cabalmente quienes somos. Unos pocos minutos frente a los escaparates bastan para saber cuál identidad “ponerse”; y si usted se inclina a la incertidumbre o la indecisión pues prontísimo algún simpatiquísimo dependiente le asistirá en su elección. ¡Es el paraíso, damas y caballeros, pasen adelante, hay espacio para todos! ¡Y claro que sí, señora, se puede empezar tan temprano como lo desee, ya tenemos los modelos del próximo año para los recién nacidos! ¿Prevé que su nene vendrá dentro de dieciséis meses? No se preocupe, le haremos una oferta que no podrá rechazar, un plan a plazos para que vaya reservando los modelitos del 2002, ¡que dos años se pasan volando! Y acuérdese señora que recién salida de la sala de partos ya puede sentar a su hijito frente al televisor, ¡no le pasa nada, señora! Al contrario, no lo deje levantarse hasta que haya cumplido los veinticinco o veintiséis años, ¡no hay mejor manera para adecuar a su niño a la vida en el Siglo XXI, no lo deje en desventaja!
[2:19 p.m.]
31/8/09
10 de octubre de 1999
20/8/09
09 de abril de 1999
LA HISTORIA DE QUIEN ESCRIBE ES CASI SIEMPRE LA HISTORIA DE SUS AMANTES. El diario siempre diferido de su cuerpo. Con cada gran amor conoce mejor el silencio y entonces quiere escribir más para decir menos, porque cada vez se da más claramente cuenta de que es menos lo importante. Pero cada vez necesita más palabras para decirlo.
Dos enamorados mirándose en silencio, ¿no es esa la única lógica del amor?
¿Y escribir acerca del amor? Se ha escrito casi todo, y siempre queda casi todo por decir.
[2:16 p.m.]
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16/8/09
13 de septiembre de 1999
NOS HACEN SEÑAS O GUIÑOS, son dedos anónimos que apuntan a parajes inaccesibles.
Al día de hoy, ser humanos ha sido creer que allí, en algún lugar, está lo señalado.
Tampoco yo sé lo que quiero decir cuando digo, por ejemplo, “amor”; y a veces hasta he caído en la exageración de decir “te amo”; y me lo han dicho de vuelta y supongo que así vivimos todos, unidos por esas membranas tan frágiles.
La historia de cada uno es el resultado de decisiones contingentes –como todas las decisiones– y significados espontáneos o emergentes y ninguno puede saber a cabalidad de qué está hablando el otro.
En los asuntos fundamentales las palabras siempre se quedan cortas.
Y esta misma palabra que yo he usado y uso todavía la han usado también las mujeres que han dicho amarme y la usan mis padres y mis amigos e incluso la usan los periodistas en la televisión y los abogados y los filósofos y los músicos, los poetas, ay, los poetas, es que es una barbaridad, aparece por doquier trescientas millones de veces al día como si todos supiéramos qué diablos significa o como si, de hecho, significara lo que quiere significar, es decir, como si fuera un hecho igualmente palmario para todos.
Y quizá todos sabemos lo que significa; y quizá ninguno tenga razón.
¿Nos entendemos, cuando hablamos de amor? Tal vez a un nivel elemental. Pero al instante las ruedas empiezan a girar de nuevo, son bufones que no se cansan de reír, de hacernos reír para reírse de nosotros.
¿Qué quiere decir “entenderse” y qué quiere decir “elemental”? ¿Qué quiere decir “querer decir”?
Esas son solo palabras y las palabras son aire.
Cuando se acaba la paciencia solo una pregunta sigue siendo importante: ¿hace falta entenderse para poder convivir? ¿Hace falta saber, por ejemplo, la verdad del otro?
Si en amar hay algún heroísmo, planteo que radica en amar a quienes no podremos nunca comprender del todo.
A veces me he inclinado hacia otro como una flor suavemente soplada por el viento.
¿Y no es esto, también, decir demasiado?
Siempre hablo demasiado...
Y escribo... Ella me acariciaba los brazos con sus pantorrillas... Ella me miraba los labios y esperaba estoicamente a que me callara y le abriera el cuerpo con mi cuerpo.
Pero mi enfermedad histórica –mi ego solar– es no saber callar. Y ahora sé –pero es tarde, tan tarde– que eso adelanta mi muerte...
La sinfonía se descompone sin haber siquiera terminado el borrador... Yo mismo la arruino: digo amor y la traiciono, escribo amor y me traiciono... Pero si no escribiera, cómo diría los gemidos singulares, irrepetibles, las miradas de reojo en medio de los amigos, que no sospechan nada, que nos creen mutuamente asépticos, y luego tantas intuiciones súbitas ante el sol enorme que se funde con el mar…
Me abismo en palabras ajenas y prescindibles –hablo, es cierto, demasiado, pero también la escucho, siempre la escucho y finjo que estamos solos– y corro el riesgo de perder la sanidad.
El calor sosegado de los otros.
¿Podrá ser este riesgo también la silueta de otro amor posible? Esta posibilidad me sostiene en el abrigo de esta cueva.
[2:05 p.m.]
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10/8/09
06 de mayo de 1999
ESCRIBO PORQUE NO ESTÁ AQUÍ.
La imposibilidad de sostener la ternura.
[12:27 p.m.]
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3/8/09
13 de diciembre de 1999
SENTADO, inmóvil, fumo y miro llover.
Dejo que la noche pase sin mí, frente a mí, ahí. Mi pensamiento intenta copiar el azar de las gotas, el compás del viento y la estrechez del frío.
Convierto la noche en mujer y la adoro aunque no quiera ser adorada.
Pero las copias siempre son imperfectas. O mejor dicho: son imperfectas porque, en rigor, no son copias. En la duplicación siempre hay alguna diferencia.
La lluvia es apenas un baile de minúsculas gotas que flotan en el aire.
Decido que dormiré al amanecer. Simplemente porque no quiero padecer de nuevo los ruidos cotidianos: los niños apurándose a ser grandes, los vendedores implorando lástimas, los profesores tiranizando para ocultar sus fracasos; y el tiempo, tan poco tiempo, la edad, el mundo, extrayendo de mí lo mejor de mis años para venderme un puesto, una oficina, un salario, una reputación, una muerte a plazos, señor, con garantía de por vida.
[12:26 p.m.]
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29/7/09
12 de febrero del 2000
HAY MOMENTOS RAROS EN LOS QUE SENTIMOS LA CERTEZA DE QUE AL MENOS UNA PERSONA EN EL MUNDO NOS COMPRENDE. Es una certeza muda y repentina, casi siempre fugaz, pero alegre o inspiradora. Y entonces ni siquiera importa si bordeamos la muerte porque sentimos que, a pesar de todas las distancias, no hemos estado siempre solos, y que algún otro ser ha visto algunos paisajes con nuestros ojos y ha oído alguna melodía con nuestro propio ritmo y ha leído algunos textos con nuestro mismo silencio; es el extraño fenómeno de obtener el mismo sentido de una sola experiencia, y saber que es así con una mirada, un abrazo, o callando ante lo mismo, al mismo tiempo, aunque separados.
Pienso, por ejemplo, en esas noches cuando las nubes, muy altas en el cielo, lo cubren entrecortadamente, como una inmensísima carpa hecha jirones. Sé que existe alguien que al mirar ese cielo sabe que yo miro ese mismo cielo. Y por eso sé que de algún modo mis ojos no son solo míos ni los suyos solo suyos, sino nuestros. Las nubes, en ese cielo, son nuestra sábana desgarrada…
Aquella noche, y a pesar de nuestra inexperiencia, Paulina y yo intentamos todo tipo de querencias. Y casi lo logramos: abrimos blusas y cremalleras y llegamos a vernos los cuerpos blancos en la noche, su piel era blanquísima, leche bajo la luna, y nos dibujamos ansias compartidas y exploramos todos los resquicios y quisimos más pero sabíamos tan poco...
Luego, mientras ella dormía, me senté a ver los árboles en la noche deshabitada; o intentaba mirar el viento, ese mismo viento que había arrastrado las nubes hasta que cubrieran todo el cielo, pero dejándolas estiradas como alientos.
Ella dormía y yo retrasaba mi partida; éramos tan jóvenes, casi niños; aún quería ver la noche, el frío, respirar el frío, mirarla dormida, relajada, ajena a sí misma; no me importaba que mis padres —todavía vivía con mis padres— me riñeran por llegar al amanecer o casi, ellos creerían que borracho o echado a perder, pero yo simplemente padecía de ese raro amor adolescente que se parece tanto a un heroísmo incalculable, a una vorágine apetecida, a la ruina equiparada con una gloria intransigente y todo sin palabras o solo con palabras como estas, ojalá románticas, sin duda sensibleras, en todo caso inútiles y tan poco adultas o críticas…
La miraba dormir –los labios entreabiertos, la respiración pesada, el rostro entero transfigurado– e imaginaba cómo sería crecer con ella. ¡Y deseaba tanto crecer! No sabía, no podía saber, que mucho tiempo después solo querría no haber crecido y seguir allí, imberbe y libre y totalitario en el amor, callado a su lado mientras ella dormía como si yo no estuviera allí, serena y segura.
Ahora, cada vez que el cielo repite ese relieve improbable, dondequiera que esté sé que si ella está mirando la noche también allí me mira a mí, mirándola. O al menos quiero seguir creyéndolo, porque si no, ¿de qué habría valido todo ese dolor de crecer, tanta furia, tanta interrogación? La adolescencia no es una fiesta continua, también es desolación e incertidumbre, futilidades y sinrazones, un apocalipsis personal ante una infidelidad, por ejemplo, o una especie de locura recurrente que te deja en paz por ratos, como si el cerebro no calzara bien dentro del cráneo y se agitara para todos lados y el cráneo fuera una camisa de fuerza...
Después de la furia y de todos los arrebatos, es decir, después de la pasión, Paulina me dijo alguna vez que yo seguiría estando en la luna y en el mar y en algunos libros. Era su manera de decir que el amor entre nosotros ya no podía ser más que ternura. Terminamos, como dicen, vivimos ese trámite de las despedidas y los abrazos; pero desde ese momento yo nunca he podido huir de esos libros, ni de la particular idea del mar que creamos y alimentamos juntos, ni de aquel cielo andrajoso y perfecto.
Supongo que todas las parejas que se han querido de verdad –y esto sería entonces quererse de verdad– tienen sus propios cielos y mares y sus exclusivas ideas de la noche y del día y de la vida y de cuanta cosa haya en todos los universos posibles; pero muchas parejas lo olvidan al día siguiente de separarse o unos días después. Nosotros, en cambio, para no olvidarlo —porque lo único que nos prometimos fue jamás olvidar lo que compartimos— nos lo decimos cada cierto tiempo, aunque estemos cada uno al otro lado del mundo y aunque, objetivamente, hayamos crecido y nos hayamos transformado, porque uno se transforma continuamente y todavía más cuando, habiendo recuperado la sanidad tras un descalabro afectivo, encuentra el coraje necesario o la simple temeridad para emprender otra relación. Nosotros, pues, nos lo decimos en alguna carta muy breve, o de contrabando en una conversación rutinaria... O se lo digo sin decírselo en algún texto que para el resto del mundo es impersonal; o a veces después de muchos años decidimos decírnoslo otra vez con alguna mirada fija y minúscula que nadie más que nosotros sabría ver en nuestros ojos.
Es simple: seremos cómplices siempre, coautores secretos de una obra privada, incompleta, claro, para siempre en borrador, pero nuestra.
Es que el solo hecho de no querer olvidar, de aceptar cierta responsabilidad o deber al decidir que nunca se permitirá uno olvidar lo que sintió por otro, es una manera de seguirlo sintiendo, aunque diluido, pero igualmente real. Es una manera de afirmar que el otro es importante, que yo guardo su existencia en mí, que mi memoria rinde tributo a su vida, al hecho de que ese otro, y no otro, ha existido y ha sido importante para mí. En lugar de acabarse con la separación, el amor debiera transformarse en memoria y la memoria llevarse a cuestas como un fardo ligero: una muestra de que ha valido la pena vivir. Esto entraña aprender a seguir viviendo con fantasmas, sí, pero en este caso serán fantasmas queridos.
Y no sé, tal vez solo puedan quererse de este modo dos personas que hayan sabido separarse para seguirse queriendo. Porque la separación, cuando hay amenaza de catástrofe o destrucción, es a veces la única manera de guardar el amor. Si se consigue, la soledad nunca será absoluta y uno tendrá a su lado, aunque espectrales, tantas criaturas como haya amado. En cambio, imagino la verdadera soledad –la soledad solo habitada por olvidos tajantes– como la peor de las penas: jamás haber compartido esa noche con alguien, o jamás cruzar una puerta sabiendo que es la misma puerta que alguien, ausente, cruzaría. O haberlo hecho pero no recordarlo.
Hay quienes viven para siempre aislados, dentro de las multitudes, o afuera, en rincones invisibles. Pero algunos sabemos sin saber decirlo, que aun si fue por escasos momentos, pudimos compartir el mundo con alguien; o que el mundo es fundamentalmente eso que compartimos.
[12:04 p.m.]
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25/7/09
04 de abril de 1999
ÉRASE UNA VEZ UN OASIS DE PIEDRA ENCLAVADO EN MEDIO DE UN DESIERTO.
Desde el aire, las aves que han perdido el rumbo encuentran en ese punto ceniciento su único descanso; en medio del abismo de arena hirviente que las ahogaría, un apoyo gris para recuperar la fuerza que les permitirá seguir su vuelo y encontrar la ruta hacia su hogar. Ese oasis de piedra es un paréntesis.
Pero la piedra vive una paradoja: su dureza solo es aparente, y en ella hay más vida que en todo el desierto. Intuyéndolo, pero sin la paciencia ni los instintos necesarios para hacerlo, las aves siempre caen en la tentación de quedarse con la piedra para siempre; pero no pueden contrarrestar el ímpetu de sus alas y siempre se van.
A veces la piedra llora o suda para que las aves tengan algo para beber, y eso las pone en camino.
La piedra se desgasta lentamente. Se erosiona con su propia exudación y sabe que un día ya no quedará nada de ella y se convertirá en arena y se confundirá con ese desierto que la ha albergado sin pedirle más que permanencia. Y la permanencia es el compromiso más duro, aunque justo, para una piedra.
La piedra les da reposo a las aves y las escucha sin reprocharles ni exigirles nada. La ternura categórica de la piedra salva a las aves; en ella encuentran sosiego y en su pétreo silencio –la piedra nunca responde– dejan de oír el barullo de los mundos que las asfixian y luego vuelven al aire agradecidas.
Pero la piedra solo finge indiferencia; tal es su destino: vivir cubierta por una apariencia de piedra y solo ser una estancia de paso. La piedra suda, llora o exuda, y merma y agoniza mansamente, tanto que ni ella misma lo nota.
Es que las piedras no pueden volar –ella lo ha intuido a lo largo de milenios–, pero al menos pueden alentar el vuelo ajeno.
Y así la piedra también conoce la alegría, una alegría hecha a su medida de piedra: cuando ve el cielo llenarse de aves coloridas que lo adornan con sus gráciles y leves figuras y sus siluetas marcan el aire con giros que parecen letras y lo pueblan de historias invisibles que la piedra ha aprendido a leer...
Hoy, solo las aves pueden mitigar la tristeza del cielo y de las piedras; y quisieran incluso poder curar su dolor mineral; pero saben que sin ellas su vuelo sería imposible o suicida: no tendrían dónde descansar en sus larguísimos y agitados vuelos y se hundirían para siempre en las arenas hirvientes de los desiertos.
O quizá la piedra fue un ave que olvidó cómo volar, o que olvidó haberlo sido. Porque también hay quien cree que algunas aves, las más hermosas y sabias, tan raras que solo hay una o dos por generación, fueron piedras que supieron crecer alas pero olvidaron cómo o no lo saben enseñar.
[11:58 a.m.]
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22/7/09
y las hormigas heredarán la tierra
[página suelta, sin fecha]
EJERCITARSE EN EL DOLOR... gimnasia masoquista, esta pasión infantil por el sufrimiento supuestamente inmerecido: ¿no es este aprendizaje el que no ha querido hacer la humanidad?
El ser humano todavía es un niño.
Seguimos anhelando que nos adoptase algún dios huérfano…
¿Madurez? Digamos, para no ser tan groseros, que no somos niños sino jóvenes... ¿O sería conceder demasiado?
En todo caso, jóvenes egoístas, necios, aventureros y temerarios a veces, generalmente impulsivos y regularmente esclavos de las razones equivocadas: conquistar, dominar, destruir. Nuestro máximo objetivo pareciera ser demostrar que entre las especies somos el macho superalfa. Construimos rascacielos kilométricos y salimos al espacio pero nos olvidamos de dejar de ser simples depredadores (a eso se debe, supongo, que en las películas y los libros siempre imaginemos a los alienígenas como depredadores: solo es nuestra proyección de un alfa más superalfa que nosotros mismos...)
Madurar entrañaría ya no necesitar matar ni guerrear sino cuidar y aprender unos de otros y gozar y gozarnos.
La historia está al borde de terminar y no sabemos si somos capaces de empezar otra, o de dejar que empiece otra con nosotros superados, lo cual tampoco sería una gran pérdida, pues la humanidad, como un todo, no ha existido nunca y en su lugar solo han existido razas, etnias, naciones, países, identidades metafísicas de todo tipo o supuestas identidades (como si algo pudiera escapar de la flecha del tiempo); pero no ha existido nunca “la humanidad”.
La idea de una humanidad sigue en su etapa infantil: ¿de qué otra cosa son muestra la insistencia en la violencia y las intolerancias, los pleitos inútiles entre unos y otros, vecinos, que si yo soy de aquí y vos de allá, o la obsesión con las jerarquías o la morbosa urgencia que parecen sentir algunos por empobrecer y explotar a otros para sentirse ellos grandes y todopoderosos?
Somos un animal que solo ayer se hizo consciente de sí.
Y si la humanidad no cuaja, las hormigas heredarán la Tierra.
Y estaría bien.
[11:48 p.m.]
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17/7/09
2 de noviembre de 1999
AMANECE.
El sol se yergue como un glande. Es colosal y competente y dorado.
Un amigo me dice muy líricamente que fue una eyaculación del sol sobre el mar lo que engendró la luna y la noche y todas las estrellas. Yo replico que bien puede ser al revés, que tal vez la noche era un gran vientre oscuro, la matriz sin origen de donde nacía todo, incluido el mismísimo rey sol.
¿No es más probable que de la oscuridad provenga la luz, que de la luz la oscuridad?
Por supuesto –matizo– la noche y el día no están en realidad separados y el universo es una infinitud andrógina. O quizá ni siquiera andrógina porque no tendría razón para restringir sus opciones a dos... Nuestra manía de hacer dicotomías donde no las hay... Hace falta un planeta para que haya día y noche, algo que gire, y una estrella...
¿Y si viviéramos en un viaje perpetuo por las extensiones inexploradas del universo?
Quizá en otras regiones del universo hay algo más que noche y día, un entredós o tres o cuatro o un sinnúmero de momentos distintos sin repetición, han de haber tantas cosas inimaginables...
Nosotros, específicamente, nos hemos acostumbrado a pensar hacia el fin, como si estuviera escrito que todo tenga que acabar definitivamente... ¿Y si lo verdaderamente real es el eterno retorno de lo diferente? Repeticiones, sí, pero cada una divergente... Es igualmente posible que todo pueda recomenzar una y otra vez y que el tiempo y la vida sean ruedas sin comienzo ni final, o que el comienzo y el final sean nada más otros dos términos terminantes, como la guerra y la paz, como la creación y la destrucción, dos abstracciones humanas, como lo humano y lo no humano, o el hombre y la mujer.
¿Cuántas ilusiones o consuelos necesitamos para sobrevivir?
Anochece.
El sol cae sobre el mar, eyaculado y deshecho. Lo imagino harto de alumbrar en su centrípeta soledad.
[11:46 a.m.]
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14/7/09
24 de noviembre de 1999
HACE UN PAR DE DÍAS ASISTÍ A UN RECITAL DE POESÍA MUY CONCURRIDO. Mi mayor asombro fue descubrir que, juzgando por las apariencias, todas las personas presentes eran poetas. Tanto los que leían como los del público, casi por igual, parecían vestir según esa rara moda de qué-me-importa-a-mí-la-moda. Calculé que para conseguir ese look desinteresado la mayoría de ellos debía haber pasado horas frente al espejo contrastando camisetas y pantalones, ponderando el largo del cabello y si habría que llevarlo o no con una cola, si hacía falta o no un arete y cuál iba mejor con la apariencia desvencijada y jipi de la camisa, la barba apenas recortada, los jeans rasgados... Estos tipos –pensé– hacen lo imposible por aparentar que no les interesa aparentar nada. Son hábiles. Y pensé que también yo podría hacerlo si tan solo tuviera algo más de tiempo. A algunos ya los he visto antes en la Universidad. Uno de ellos manifestó en una clase lo repugnante que le parecía que los “chicos bien” juzgaran a las personas por la ropa que visten y por sus peinados y esas cosas “superfluas”. Por eso me sorprendió que este mismo tipo, en el recital, parecía estar haciendo un inventario mental: a quien iba entrando lo repasaba de arriba abajo, un poco desinteresadamente, es cierto, o con un calculado disimulo, como si solo estuviera viendo a la puerta porque esperaba a alguien, alguien que nunca llegó, dicho sea de paso... Me pregunté si así debía ser una mirada inquisitiva y poética, curiosa y perceptiva. Yo es que soy neófito y por eso me lo pregunto todo y trato de observarlo todo y aprender, soy inexperto, aprendiz o pipiolo y a eso ataño tanta adjetivación que se me hace necesaria cuando, seguramente, no lo es, y tanta sinonimia o redundancia tan superflua como también eran, sin duda, la camisita de botones y mi saco de lana grisácea en aquella noche de la cual ya no quisiera acordarme, es que mi fracaso por parecerme a ellos y ser como ellos me hace sentir aparte, diferente, vendido y aburguesado y empecé a entender que tal vez por eso siempre me ignoraban en los pasillos, en la cafetería y en los recitales... Es necesario, supongo, que solo puedan aceptar en su grupo de poesía a quienes ostentosamente lo parezcan. ¿En qué quedaría su identidad si no lo hicieran así? Un Lorca redivivo que vistiera saco y corbata sería al unísono y entre sornas condenado al ostracismo, no lo dejarían hablar o, de dejarlo, no le prestarían demasiada atención: ¿para qué si su atuendo y sus gestos sin duda revelan que no sabe lo que dice o que sencillamente es un retrógrado literario? Me pregunto si solo será cuestión de saber adónde buscar y encontrar el libreto y aprenderse sus lineamientos, o sus líneas, o su vocabulario, sus estilos, los reglamentos o lo que sea para poder siquiera tener chance de empezar el escabroso proceso iniciático.
Pero hay que entenderlos, y yo los entiendo, claro, pobres, o sueño con entenderlos, entenderlos tan bien que me dejen estar con ellos, ellos que solo viven para la poesía y son muy malentendidos y saben mejor que nosotros llevar la culpa cuando, por ejemplo, se descubren añorando algo que solo los otros debieran anhelar, qué sé yo, un auto del año quizá, o una casa anchurosa y propia con altos ventanales mirando hacia el atardecer. Sin embargo, he escuchado decir a los más ilustrados y lúcidos y modernos entre ellos que, a fin de cuentas, estamos en la posmodernidad y que por eso no hay nada de malo en que también los poetas puedan ser un poco yuppies si les viene a bien, siempre y cuando se disfracen, para ciertos rituales tácitos, de intelectuales parisinos del 68 o de andies warholes teñidos de negro o en su defecto del vilipendiado Che, que ya todo da igual o debiera darlo. Y ahí es cuando a mí, novato y, según creo, no tan despabilado aún, se me empiezan a enredar todavía más las cosas: ¿cómo es que si todo da lo mismo ellos, no obstante, deben cumplir ciertos criterios de estilo a los que solo parecen tener acceso los iniciados? ¿Y cómo entender qué diablos está permitido y qué no si parecen tomarse hoy libertades que mañana condenan y que, en todo caso, siempre pueden defender precisamente porque a su juicio todo vale igual o da lo mismo o es simplemente okey porque el arte es subjetivo? Parece que el criterio fundamental es el ser parte de su grupo, ¿pero cómo se llega a ser parte de él?
Me esforcé por no seguir pensando en estos asuntos marginales, o los planteé como tales precisamente para no seguir distrayéndome con ellos y poder escuchar sus intervenciones.
“Es que yo lo siento así” —dijeron, varias veces, entre verso y verso cuando teorizaban sobre el arte mismo de la poesía—, o “la poesía que importa es la que es buena para uno, la que a uno mismo le llega”... Y parecían conocer bien esas complejísimas teorías que afirman que ya prácticamente todo está dicho y que no es posible ser original y que nada hay de malo en repetir y reciclar y reusar las creaciones del pasado, que además no queda otra opción y que el plagio, gracias a sibilinos recovecos especulativos, también puede ser heroico o triunfal porque el plagiador es único y lo que importa, de nuevo, es la experiencia subjetiva, que, además, como el autor está muerto o moribundo o en proceso de resucitación –en esto no parecían estar de acuerdo– no es más que una manera en que el lenguaje por sí mismo habla por uno, que de todos modos uno sí es único aunque no es nada más que palabras que no le pertenecen...
Luego traté –infructuosamente– de no pensar más en esas enrevesadas teorías que de todas maneras soy incapaz de comprender y pensé, más bien, en lo triste que es para estos poetas no poder dedicarse enteramente a escribir. Porque se quejaban ellos del “síntoma” de “nuestros países”, no dar mucho espacio a la poesía, al arte, para que los artistas puedan crear con tranquilidad, el poco apoyo del Estado, el escaso público lector, la práctica imposibilidad de ganarse la vida como “trovadores de la posmodernidad”, algo así dijo uno, no exactamente así pero algo similar, yo de bruto no llevé libreta de apuntes y luego lo olvidé, era una expresión bonita... Y otro dio a entender que preparaba en silencio y secreto una magna obra futura y que algún día saldrá a la luz a pesar de tantas dificultades que enfrenta la poesía en “nuestros países”... Y bueno, no recuerdo mucho más. Dichosamente repartieron un folletín con un extracto de los poemas leídos durante la noche; copiaré algunos que me llamaron muchísimo la atención, no sin cierta vergüenza, debo decir, pues yo en mis ingenuos y primerizos intentos nunca he dado con algo tan desconcertante e íntimo y pulcro a la vez: “tu semen huele a mañana de invierno / y mis tetas, rociadas por él, se deshembran en idilios púrpuras y galácticos”; u otros versos místicos: “los raudos galopes del tigre exuberante / marcan el sonido de esferas huidizas / y recorren mi vientre y mi éxtasis es blanco y me ciega”; o algunos más bien vegetarianos y edénicos: “tu aliento humedecido / uvas y estrellas meciéndose bajo la luna / una promesa de eternidades compartidas”...
Seguramente los juzgaba —¿pero quiénes eran específicamente?, ahora no recuerdo ese recital, ¿o lo habré imaginado o creado por pura rabia?— tan mordazmente porque también yo quería ser poeta y ni siquiera me atrevía a leer por allí, públicamente, algún verso —¡y gracias al cielo no lo hice!— Nada, claro, tenía yo que me hiciera mejor que ellos, aunque ciertamente lo pensaba, me sentía superior en mi silencio literario, creía que yo era más escritor aunque tampoco escribía como debe escribir un escritor: con disciplina, a diario; no, mierda, también yo, torpemente, solo soñaba con ser escritor y entonces escribía cuadernos interminables de páginas y páginas de ilusiones y quejas y sueños infantilizados… Como estos cuadernos, precisamente, que bastaría leer de cabo a rabo para encontrar por doquier los indicios y gesticulaciones que también a mí me pondrían al descubierto... ¿Pero no es justo eso lo que hago aquí, hoy? ¿Para qué, tras tanto tiempo de olvido, he vuelto esta mañana de invierno a recorrer e incluso transcribir electrónicamente algunas páginas de aquellos cuadernos vergonzosos o traicioneros y tan desolados como planetas? No lo sé y no importa, simplemente encuentro cierta morbosidad en volver a verme o imaginarme, entre nostálgico y avergonzado, tal como fui antes... Pues que sea un ejercicio de lucidez: descubrir dónde estaba allí lo cursi y lo kitsch y dónde no estaba, que también en algunos momentos creo que logré evitarlo… Inventariar lo despreciable y desechable para no repetirlo jamás… ¿O es que estoy releyendo estas páginas por una mera nostalgia —inútil, como todas las nostalgias– de aquellos sueños infantilizados, una nostalgia de una época en que todo era trágico porque yo necesitaba que lo fuera, y solo porque esa era la única excusa perfecta para no madurar, es decir, para no trabajar seriamente en mi sueño y poder así culpar al mundo o la historia de mi muy probable fracaso?
[11:43 a.m.]
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3/6/09
19 de noviembre de 1999
DICHOSAMENTE TAMBIÉN HABÍA CIERTA LUCIDEZ…
Lo cursi también llega a ser esforzarse obsesivamente por no serlo; por ejemplo, escribir a tumbos y retumbos, mezclar imágenes y temas y estilos creyendo cretinizadamente que eso basta para ser “original”; e incluso confesarlo, confesarse uno mismo como parte del escaparate y aceptar que si no podemos afirmar que la genialidad sea solo cosa del pasado, al menos no parece serlo del presente...
Tal vez debo ser algo cursi porque hoy todos tenemos que serlo un poco: ¿lo único asquerosamente evidente no es que este mundo nos tiene cogidos a todos?
O bien...
(–como si por rebuscar estilos y hacerse el simpático ya fuera uno escritor–)
(–como si no fuera necesario tener una historia que contar–)
(–como si no fuera cierto que eso ya no es necesario porque hay billones que no tenemos historias que contar–)
(–y que es cuestión de mayorías, porque nosotros, tantos, ya no contamos–)
(–¿y qué puede contar quien no cuenta?–)
Si esto fuera una historia, sería la historia del futuro.
[11:32 a.m.]
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19/4/09
06 de abril de 1999
LA VIDA ES UN LIENZO MATEMÁTICO... paréntesis dentro de paréntesis, relaciones a través de relaciones... y el paréntesis es un asunto de borde, de frontera, de tejidos... las relaciones se tejen, efectivamente, entre unos y otros, pero el ordenamiento entre las partes es más importante que las partes mismas... ¿Habría una matemática del vínculo caótico entre unos y otros?
Hoy aprecio mucho más estos breves fogonazos que las largas parrafadas farragosas que acostumbraba echarle al papel en aquellos días. Aún me cuesta entender cómo podía pasar, con tanta facilidad, de un apunte preciso a una teoría (o pseudoteoría, más bien) ampulosa y enrevesada, o esas páginas cargadas de lirismos rebuscados, innecesarios, ¿a quién se le ocurre en este momento de historia, en este contexto de mundo, volverse a una huída lírica? Aunque… ¿era una huída?
[11:26 a.m.]
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14/3/09
12 de septiembre de 1999
EMPEZAMOS AMANDO A ALGUIEN DESCONOCIDO, un nombre o un rostro, algún semblante nebuloso, signos que no sabemos cómo desentrañar; amamos la idea de alguien, un guiño que fabulamos porque no podemos recordarlo con precisión, una mirada sostenida en el autobús, un roce casual en una acera, una palabra cotidiana, gracias, disculpe, hola, y una figura huidiza que acompaña la voz, levedad que nos hace livianos y nos acerca a otro, a su enigma; ese latido repentino que tiembla en el esófago cuando ese otro que miramos retribuye con firmeza nuestra mirada...
La desventura es que casi nunca baste con esa mirada y que eventualmente lleguemos a creer posible apropiarnos de la gente con los ojos.
[11:24 a.m.]
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11/10/08
18 de noviembre de 1999
—¿LEER DEBE SERVIR PARA ALGO?
—Para nada, a lo sumo para pensar.
—¿Pero pensar en qué?
—En nada en especial, solo pensar.
—¿Pensar en nada, pero eso es posible?
—La gente normalmente no piensa lo suficiente, se levanta y desayuna apresuradamente, sale y busca un taxi o coge un bus, llega tarde a la oficina, trabaja mecánicamente, se estresa mecánicamente, come a la carrera, vuelve a casa, deja los calcetines tirados por ahí, se rasca el culo y echa un pedo, revisa el contestador del teléfono sin poner demasiada atención, se tumba en el sillón con unas palomitas grasientas y ve en la tele las series de policías o de salvavidas voluptuosas o cualquier cosa semejante y luego se va a dormir para repetir el ciclo el día siguiente.
—¿Y entonces leer debiera impedirles hacer todo eso?
—Impedirlo no, solo hacer en todo eso una especie de paréntesis, o entremeterse en todo como una cuña... La vida es una suma de tropelías, la mayoría absurdas, y si se consigue hacer una pausa, pues bueno, ya eso es pedirle bastante a la lectura.
—¿Pero entonces sobre qué leer, libros sobre qué, cuáles?
—Eso importa menos. La lectura debe ser como la sexualidad. Eso, leer ha de ser como echar un polvo, o en su defecto, masturbarse. ¿Para qué se hace? ¿Te preguntás vos para qué te masturbás cada vez que lo hacés?
—Obviamente no, solo me dan ganas.
—Pues eso. Que leer sea una simple necesidad erótica, un ejercicio masturbatorio y, en su mejor momento, acompañado, ¡hasta orgiástico en los buenos libros! Una fiesta, eso es todo, una celebración sin objeto ni motivo, porque sí, ¿no hace falta a veces simplemente tomarse una cerveza con un amigo y hablar de cualquier tontería? ¿Y cuando simplemente nos volvemos hacia nuestra pareja, en la cama o en el baño o donde sea y empezamos a toquetearnos porque sí, porque repentinamente sentimos ganas de hacerlo? No se necesitan excusas para una fiesta, ¿o sí? Pues eso es para mí la lectura, una pausa en el tropel, gozar porque sí, decir mierda, estoy vivo, voy a gozar un rato sin motivo, sin interés, sin inversión, sin excusa, porque me da la gana, porque se siente bien.
—Pero eso no es pensar. ¿No decías que leer debe servir para pensar?
—Ya vas a complicar las cosas, ¡claro que es lo mismo! En comparación con la banalidad que es hoy la vida cotidiana, leer o hacer el amor equivale a pensar en nada. Claro que se piensa, se está consigo mismo pero sin razón, sin motivo económico, solo porque sí. Es en ese pensar que estoy pensando, ocuparse de uno mismo y darse una oportunidad de gozo impráctico, soberano, privadísimo y, sin embargo, poblado por todos los mundos y personas reales y posibles que seamos capaces de imaginar.
[11:07 a.m.]
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4/10/08
13 de noviembre de 1999
NINGÚN AMOR ES UNA SALVACIÓN DEFINITIVA. Que las personas lo crean sirve para venderles islas de la fantasía y cruceros del amor y tarjetas con niños llevando flores de rubí en un mundo en blanco y negro.
Es simple: el amor también podría hacernos prescindir de todos esos artificios, incluso del escaparate donde hoy acostumbramos morir anónimamente.
Algún día el amor solo existirá en salones desocupados como desiertos, en teatros vacíos, en lechos amortiguados por silencios.
[11:01 a.m.]
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20/9/08
12 de noviembre de 1999
CUANDO LO CURSI SE PONE DE MODA TODOS CREEMOS ESTAR EN EL EDÉN. Y una de las tantas ventajas de esta situación es que ahora todos somos poetas, pues para serlo, dicen, basta con hablar “subjetivamente”. La historia termina para dar paso al edén y entonces todo es arte, hasta los libros que queremos escribir pero no escribimos, y el hecho de quererlo y soñarlo o simplemente declararlo.
Quizá Dios nos expulsó del paraíso porque estaba harto de tener por criaturas a unos seres tan estúpidos. O simplemente tan inmaduros. Y quizá nos expulsó para forzarnos a madurar. Pero seguimos tan niños como cuando nos descubrimos por primera vez desnudos y deseantes.
Hoy, algunos creen estar de vuelta, pero tal vez lo único que hemos redescubierto del edén sea la estupidez: masiva e ineludible. Por ejemplo la estupidez de creer que los mejores son quienes más dinero tienen o, al revés —hoy día da lo mismo—, creerse mejor simplemente porque uno no tiene ningún dinero ni cree necesitarlo.
¿Y no soy también yo uno de tantos estúpidos, principalmente porque a veces pretendo ser capaz de explicar la estupidez o, peor aún, estar exento de ella?
[10:57 a.m.]
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