NO ME PARECE IMPRESCINDIBLE RECORDAR LOS PORMENORES DE LOS HECHOS VIVIDOS. En cambio, sí considero medular recordar la atmósfera de lo vivido – una especie de escenario o sensación difusa de lo que experimentamos, mezclado casi siempre con lo que hubiésemos querido que pasara... A veces los eventos y los deseos coinciden, pero lo más habitual es que diverjan; y el recuerdo acostumbra, con el tiempo, “corregir” el pasado.
En esto no hay mala fe, ni siquiera deliberación: solo pasa. Como si el tiempo, en los recovecos inaccesibles de la corteza cerebral, se desdibujara para protegernos y cuidarnos y salvarnos de nosotros mismos...
Uno, pues, recuerda la atmósfera de lo vivido, la sensación general, pero los detalles son un circo, un lienzo, una memoria RAM: algo la refresca con el paso del tiempo y borra y sustituye cosas, colores, palabras, lugares... La atmósfera, en cambio, es más difícil de editar (de olvidar) y, al final, nos brinda una extraña sabiduría: nos engendra la certidumbre de que si volviera atrás la vida lo haríamos todo mejor...
A Paulina, si tuviera que decidirlo hoy, le dedicaría todo, a ella le entregaría todo, incluida mi ansia y mis escasas esperanzas… Porque a fin de cuentas ella es la única criatura en el mundo que comprenderá lo que hasta ahora he querido decir y no he podido.
Con todo, a mi memoria se le antoja arriesgar el albur de revivir una noche en que hicimos el amor al aire libre, de pie, contra una pared fría. Cualquier podría haber confundido esa por una tarde nublada: su oscuridad parecía insuficiente. El amanecer estaba lejos, pero un gallo cantaba ya sus nostalgias. La ansiedad nos había vencido. En el camino a su casa habíamos jugado en el auto a darnos roces y miradas, tentando a oscuras. No pudimos llegar ni a la puerta. Su vientre se plegaba y retiraba de la pared, caliza como la luna; nuestras sombras, dilatadas, parecían moverse con el viento; pero no había viento, solo una calma parecida a una fotografía en blanco y negro. Y su cuello delgado, y sus manos levantadas contra la pared, y un vaivén lento, como el de olas que no rompen. En el cielo y en su piel florecían constelaciones, unas luminosas, otras parduscas; a mi cuerpo todas lo llamaban a gritos...
No sé si transcurrió un segundo o varias horas. Sé muy poco; pero alcanzo al menos a recordar el abandono, el vacío incoloro que definiría la plenitud. Y es que si de alguna parte aprendí el silencio, fue de su mirada, marina o magnética o temible, reconociéndose en la noche como en un espejo…
Es demasiado fácil decir que el momento fue inolvidable. Casi –diría– es irresponsable decir algo como eso.
¿Qué es lo que no se olvida? ¿Acaso las sensaciones, los pensamientos, las circunstancias, el hecho bruto de que sucedió esto y aquello? ¿La tibieza de su vientre, el irse enfriando su vientre? ¿Su blusa, verde oliva, arremangada hasta la nuca, su espalda desnuda y blanca? Y cuando ya no hay palabras, ¿qué se recuerda: las imágenes, los olores, el tacto? ¿Pueden realmente recordarse las sensaciones? ¿O es que se recuerda el tipo de sensación pero no la misma sensación? ¿Y puede el recuerdo ser algo más que una especie de paliativo para la ausencia de experiencia, para la imposibilidad ontofenomenológica de repetir una experiencia? Nadie tiene dos veces la misma experiencia.
Por eso quizá no sea cierto que haya sentimientos inolvidables. Quizá de una u otra forma todo se olvida, y el olvido no sea sino la reinterpretación o recreación de bosquejos o intuiciones.
Quizá nada de lo importante pueda retenerse; quizá, más bien, en lugar de atmósferas solo nos acordemos de los hechos; pero los hechos, en sí mismos, son como fórmulas matemáticas...
El recuerdo es una película deslucida.
Y si nos emocionamos recordando quizá no sea porque sentimos de nuevo lo que sentimos entonces, sino porque en el momento de recordar carecemos de emociones y nuestra memoria es como un catálogo de emociones. Pero nadie puede saber cómo es un país mirando una guía turística. Las imágenes se ensombrecen, los sonidos se mezclan y se hacen difusos…
La única manera de recordar algo inolvidable es repitiéndolo. Es decir, y en rigor, no recordándolo sino volviéndolo a experimentar, aun si el precio es la traición inevitable de los sentidos: la imposibilidad de una copia fiel.
Aunque sea otra, la esperanza es recuperar la pasión original. Y quizá por eso se agota el amor cuando las repeticiones se vuelven ritos vacíos: el original ha desaparecido del todo o nunca existió realmente.
Lo que no hemos aprendido es a repetir las cosas para hacerlas nuevas.
O bien: en algunas cosas solo tenemos derecho a una oportunidad, una sola, y esa es nuestra condena: nuestros ensayos no tienen ni continuidad ni finalidad.
Aquella noche, P. dio vuelta y me miró fijamente en la penumbra. La piel de sus dedos adquirió de repente un señorío inquietante: había ternura en esa violencia de amarse a ciegas.
Quizá intuíamos las trampas de la memoria y quisimos de una vez repetir aquello para hacerlo en ese momento inolvidable. Pero ya no lo conseguimos, no fue lo mismo o, como dicen: el momento (la “magia”) había pasado. Decidimos que sería mejor esperar, aunque no sabíamos si esperar qué o esperar cuánto.
Nos abrazamos todavía durante un rato más, semidesnudos y callados contra la pared, ahora tibia; y la noche terminaba, el fresco, el gallo a destiempo; sabíamos demasiado bien que todo eso llegaría un día muy próximo a ser solo un retrato en la memoria: algo, pues, no inolvidable sino irrepetible y sujeto a la flecha irreversible del tiempo.
Y hoy, ¿qué puedo hacer con este recuerdo? ¿Cuánta fiabilidad puede otorgarle? ¿Puedo atesorarlo, quizá, como si fuera una especie de inversión? Sé que jamás deparará frutos, que su valor no crecerá. Es el recuerdo de una riqueza perdida. ¿Y qué puede significar el recuerdo de una riqueza? Quizá, en el futuro, una plataforma para no enfermar de soledad, nada más...
Y, sin embargo, soy débil: la inversión es a la vez nula y maravillosa. Quizá más que el recuerdo de lo que sentí, lo que ha podido arrastrar hasta aquí mi cuerpo sea el vacío mismo de aquella plenitud, aunque ya vaciado también de ella. Ahora el vacío también es paz; y la paz, como la indiferencia, nos evita sufrir. Aunque también nos priva de conocer otra vez el deseo.
Aquella noche sin tiempo, finalmente el gallo cantó un amanecer púrpura y frío; y el viento llegó con el día.
—Entremos.
—Sí —concordé. Hasta ese momento no habíamos hablado.
[2:47 p.m.]
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25/11/09
31 de agosto de 1999
13/11/09
30 de agosto de 1999
Vivir es ser otro. Ni sentir es posible si hoy se siente como ayer se sintió: sentir hoy lo mismo que ayer no es sentir: es recordar hoy lo que se sintió ayer, ser hoy el cadáver vivo de lo que ayer fue la vida perdida.
---FERNANDO PESSOA
EN MI NOVELA (O ALGO ASÍ) PAULINA SOLO SERÁ UNA INSINUACIÓN. No sería capaz de mezclar, en un mismo hilo narrativo, el amor férreo y claro de Paulina junto al amor (o desamor) ambivalente de Diana.
Y honestamente no entiendo por qué, hoy por ejemplo, recuerdo a P. clavada dentro del dolor provocado por haberme separado de D. Quizá Paulina ha sido para mí, hasta hoy, lo más significativo de mi corta vida, y quizá por eso su sentido cobra todavía mayor relevancia dentro del contraste de un sinsentido radical...
Es cierto que ambas, en sus respectivos momentos, decidieron no seguir a mi lado; es decir, en ningún caso la decisión fue mía. Pero P. se marchó sin violencia, incluso con cordialidad y, me atrevería a decir, con razones inteligentes; D., en cambio, no tuvo reparo en arrasarme y humillarme. Pero aun si mi dolor actual no se debe a Paulina, sí me hace recordar el que ella me provocó; su dolor y su paz, pues eso diría si tuviera que resumir lo que ella fue para mí: la confluencia improbable de dolor y de paz... O bien la consciencia de una paz casi posible.
Tal vez, para mí, P. fue la humanidad entera, trágica, sentida en su cuerpo único, solo suyo, en mis manos...
Sé muy bien que no gano nada con estos ensueños tardíos.
En todo caso, Paulina necesitará otra ocasión y otro ánimo para dejarse decantar en todo su esplendor. Y sin embargo diré, para no desperdiciar esta tentación de la memoria, algunas palabras que puedan tal vez fijarnos a ella y a mí en un marco externo a nosotros, un papel, por ejemplo, una entrega al tiempo, incluso a un tiempo en el cual ninguno de los dos esté vivo...
Paulina fue una tierra natal de la cual hubiera sido exiliado sin posibilidad de regreso; éxtasis y exceso: una incomprensión seductiva; hasta hoy solo con ella he sentido que es posible comunicarse con otro y amar a otro. Porque quise a Diana, sí, y tal vez ella también me quiso, pero no creo que nos hayamos comunicado. Porque comunicarse no quiere decir, como cree ingenuamente la gente, entenderse a la perfección o pensar lo mismo o estar de acuerdo en todo; comunicarse es entender al otro quizá mejor que él mismo y aceptarlo tal como es, es decir, como es para uno, en uno, y callar de gozo, en calma, sabiendo sin incertidumbre que uno quiere seguir con ese otro al lado, caminando a su lado y envejeciendo a su lado.
Comunicarse es caminar afines: caminar y saber con una mirada que ese camino tiene sentido para los dos.
Supongo que se debe a eso que en el borde de esta agonía Paulina no pueda faltar: es su margen indefinible, el telón que cubre y descubre las insuficiencias, es un criterio, un aura que alberga en su seno toda la agonía y toda la desesperación. Es la ternura necesaria y posible. Es saber que es posible...
Es el mar, la intuición de plenitud –porque no tenemos derecho a la plenitud pero sí a su intuición–.
Es la promesa de otro mundo posible aquí mismo: la posibilidad de convertir todo el dolor en un salto evolutivo; o la necesidad de aprender que ha de ser posible amar sin querer poseer.
Sin duda algún día escribiré su libro, pero solo cuando el recuerdo haya añejado aún más y mi historia incipiente haya conocido nuevas decepciones y nuevos bríos.
[2:44 p.m.]
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30/5/08
27 de agosto de 1999
SE FUE SIN VOLVERSE UNA SOLA VEZ A MIRAR, como un sol arrogante.
Aunque es cierto que también el sol sufre una condena: tiene que iluminar siempre el mismo mundo, sin poder elegir, y sin poder él mismo ser iluminado. El movimiento del sol ha de ser el más desolado.
[10:18 a.m.]
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24/5/08
26 de agosto de 1999
CADA PÁGINA ME ALEJA MÁS DEL SABER, me cubre de incertidumbre. Cada mirada que ha pretendido ser de amor me ha perdido más dentro de estos miasmas que me rodean y parecen incluso exudar de este papel y de todos los papeles que leo o que tan solo caen en mis manos.
Hoy resumo así la vida: papeles y miradas, algunas palabras y algunos gestos, promesas, rostros escritos, sonrisas infinitamente interpretables, espirales y más espirales en un juego que sabemos juego aunque no conozcamos sus reglas.
Y todos los días el resultado debe repetirse y, a la vez, ser otro. El extremo de mi dolor no parece ofrecer una salida posible de este juego (Pavese: “del fondo del dolor se puede emerger de un salto”). ¿Pero cuándo? ¿Cómo diablos se reconoce el “fondo”?
Cada día debo empezar en cualquier parte, creyendo que si logro derivar las reglas lógicas del camino podré arribar finalmente en el punto de partida, cerrando el círculo, acabando la repetición de lo mismo en su origen perfecto, único, en su regazo, en el abrigo de su mirada cuando alguna vez me dijo que me quería y le creí como si fuera Dios mismo dándome a probar del árbol de la vida: dándome la verdad que me salvaría para siempre.
Esta es mi condena, este es mi sueño, aquí me hundo en la nada. ¡Como si estuviera condenado a ser un niño para siempre!
¿Pero cómo dar con nuevas palabras, o historias verdaderamente nuevas? O con rostros más que nuevos imprevistos, inimaginables, cómo encontrar a la vuelta de una esquina o de una página una verdadera sorpresa, una mirada realmente única, innovadora, una mano, un gesto definitivo, el abrazo que deshiciera toda la historia y mostrara finalmente un principio nuevo que pudiéramos desear. Esto es lo único que debemos inventar.
Estoy harto.
Saldré a caminar, es allí afuera donde están todas las miradas, las esquinas enigmáticas y acaso también las páginas más reales y vacías.
[10:17 a.m.]
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17/5/08
25 de agosto de 1999
este buen corazón se va ensayando
--Alfonsina Storni
SOÑÉ CON UN GIGANTESCO ANDAMIO CUYA ARMAZÓN NO ESTABA HECHA DE TABLONES SINO DE BRAZOS Y PIERNAS. El sueño, estoy seguro, duró muchas horas; al despertar no solo estaba exhausto sino fuera de mí, alterado en mi juicio.
En el sueño, una secuencia se repitió múltiples veces, cada una con mayor dolor y ansiedad. Desde un deslustrado cielo amarillo me llamaba una voz. Era grave pero femenina. Yo intentaba escalar la estructura agarrándome como mejor podía de esos miembros mutilados; pero estaban cubiertos de alguna sustancia viscosa que me hacía resbalar. La voz insistía, apurándome, y yo me lanzaba de nuevo hacia arriba con creciente desesperación, como si alcanzando la cúspide fuera a recibir algún obsequio maravilloso, o el cumplimiento de alguna promesa —esas cosas se saben así en los sueños—.
Cuando empezaba el ascenso, los brazos y las piernas se endurecían para darme apoyo, llegaban a parecer troncos, columnas, pero al cabo de unos pocos metros empezaban a aflojarse como si se cansaran de soportar mi peso. Al cabo de un rato, en todos los intentos siempre sucedía lo mismo: todas las extremidades sin dueño se abalanzaban sobre la tierra y me caían encima. La voz reiniciaba sus llamados y la estructura volvía a formarse, vigorizándose de nuevo. Sentía que apenas era posible respirar. La sensación general era de pavor. Luego, tras comenzar por enésima vez la escalada, la voz se alejó, se hizo cavernosa, como de alguien que estuviera muriendo. A medio camino, de imprevisto cayó sobre mí una red glutinosa que me envolvió como en un capullo. Los brazos me rodearon con mayor fuerza a través de esa telaraña. Supe —otra de esas cosas que se saben así en los sueños— que estaba dentro de Diana y que su pecho era la cápsula que me asfixiaba y que jamás lograría llegar a la cima, por más que su voz me invitara a hacerlo.
El cuerpo puede más que cualquier decisión; esas distintas voluntades que nos pueblan realizan complots a oscuras y deciden, arrastrando a su paso a quien esté más cerca. Lo demás, la consciencia, es una ilusión o una justificación siempre posterior.
¿Pero sabía o pensaba todo esto en el sueño? No todo, o lo sabía sin las palabras que lo cuentan o explican, pero sí sabía que estaba dentro de su pecho, y recordé que siempre le había dicho que su pecho era mi único refugio: la huida que me correspondía a mí, la que yo creía merecer.
El error, claro, es tratar los pechos como huidas o refugios y no simplemente como pechos; el sueño retrataba mi ingenuidad.
La inocencia es una especie de vergüenza velada de la humanidad, como si las personas prefirieran en el fondo ser malvadas, al menos complicadas o siempre inclinadas a la desconfianza y la traición.
Luego su voz calló súbitamente, a mitad de camino dejó de llamarme y su silencio y su pecho se convirtieron en pesadilla; todo era lóbrego y frío y viscoso y yo no podía moverme; sofocado, cegado, inmóvil, pasé el resto de la noche ya no oyendo, sino imaginando su voz o deseándola; rodeado de brazos y piernas anónimas, de un capullo que se me pegaba al cuerpo con lascivia; y el miedo, luego el miedo en estado puro, la noche interminable de un niño sumido en el pavor; su voz empezó a burlarse de mí, se despedía una y otra vez con descarnada indiferencia y sonreía ante mi martirio. Vete, decía, vete, no siento nada por vos; pero el capullo me apretaba y no me dejaba escapar.
Al despertar, apesadumbrado y agitado, sentí en mi boca un beso agrio, una lengua agranujada y unos labios gruesos y álgidos que se pegaban a los míos, cubriéndome obscenamente desde la nariz hasta la barbilla. Me despertó el asco y me levanté exangüe tras esa moridera que a mi juicio —ya en la vigilia— me parecía inmerecida. Había sobrevivido otra noche con ella velando mis pesadillas, gozando mi ruina.
Aún así, pude volver a mi cuaderno y escribir el sueño. Supongo que pensé que la única manera de acabar con él sería si lo reescribiera de mil maneras distintas. Tal vez fue en ese preciso momento cuando decidí agotar una a una las palabras majaderas que su recuerdo me obligaba a repetir como un simple enamorado impúber, como si fuera el primer enamorado del mundo —como si el desamor no tuviera ya miles de años de historia, infinitas repeticiones, enciclopedias poéticas, psicoanalíticas, etc.—, para ver si así, en ese proyecto frenopático de agotar las palabras de amor podría agotar también la evidencia del amor, o más llanamente, lo que en ese momento experimentaba como amor: esa violencia desordenada que primero su presencia y luego su ausencia —de modos distintos— habían producido en mi ánimo, en mis vísceras y en mis sueños...
Creo que en aquel momento creí que obviando la literatura, la filosofía, la historia, los mandamientos y las enseñanzas de decenas de siglos de escritura, que empezando por el principio —¡cuánta ingenuidad!— y reconociendo en mí lo más cursi y lo más elegante, lo más sensiblero y lo más auténtico y lo más incomprensible y todo, en realidad, todo lo que se ha dicho y lo que no se ha dicho, lo mismo, lo mismo de siempre porque siempre a fin de cuentas ha sido lo mismo, esa colección de espejos superpuestos como dominós... creí pues que era posible empezar por el principio: reiniciar la historia habiendo dejado atrás la ilusión del amor. Sencillamente no caí en cuenta de que es imposible, porque siempre empezamos sobre algo ya comenzado y siempre terminamos donde apenas todo comienza:nihil novo sub sole, no hay otra manera.
En aquella época, la escritura se multiplicó como un virus o un cáncer: envenenaba las páginas de infinitos cuadernos, una tras otra, que caían al instante como cadáveres encolerizados.
Y a los cadáveres hay que enterrarlos en alguna parte...
Este es un buen lugar: quedan aquí como entidades fantasmales, siempre latentes, ausentes mientras nadie lea una palabra de sus cuerpos vergonzosos y pudibundos, infantiles, necios; pero a la vez reales y duros al ser pronunciados.
Ni existen ni dejan de existir, las palabras se suspenden aquí como espectros, no tienen la realidad dura de unos ojos vivos; tampoco la simple inexistencia de los muertos; son y no son, dejan de ser y se rehacen en el instante –improbable pero siempre posible– en que alguna mirada los reviva.
Aquí los textos son espectros a la vez quietos para siempre y a la deriva.
[10:15 a.m.]
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27/2/08
20 de agosto de 1999
Nada nos acerca tanto a otros seres como el tener miedo juntos.
--Marguerite Yourcenar
MIENTRAS HACEMOS EL AMOR, muy cerca del abandono final ella dice que es mía, que puedo hacer con ella lo que quiera. Dice que me ama y yo me pregunto si es verdad y si hay modo de saberlo. Solo oímos las tandas del viento y algo así como un murmullo de motores. Sudamos, agitados. Hago una pausa minúscula y respondo que yo también la amo, pero justo después de decirlo ya no sé si la amo, o al menos lo dudo. Estoy sobre su cuerpo, lo siento desde mis tobillos hasta mi frente, y lo veo —al menos veo su trapecio derecho y la hondura clavicular, su cuello palpitante, las ráfagas de su cabello acanelado, su oreja sonrosada— y respiro su sudor y el aliento tibio de sus leves gemidos; pero sé que no puedo abarcarla completamente y sé que ni siquiera mirándola de lejos podría, porque a veces lo hago, para confirmar que la conozco, que es ella… ¿Cómo es que de esos fragmentos de olor, de anatomía inefable porque desconozco los nombres de todos esos músculos y huesos, de miradas y voces repetidas, la obtengo a ella, la derivo o la construyo? Ella nunca está simplemente allí, desvelada, ya descubierta del todo.
Y sin embargo sé que compartimos algo así como un mundo: una atmósfera imprecisa que nos rodea siempre, que nos sostiene en una burbuja de entendimiento mutuo, que nos mece a un mismo ritmo frente a los mismos paisajes…
Dichosamente, explicarlo no es una obligación ni lógica ni moral, porque de serlo no encontraría las palabras precisas y lo traicionaría al decirlo…
Al final del amor, esa agitación respiratoria que no sabemos si es un triunfo o un fracaso. Miramos el cielo raso, callados; en una esquina hay manchas de agua en forma de Mickey Mouse; se lo digo y ella sonríe… A veces, en efecto, todo esto me parece un triunfo; pero otras veces me deja un sinsabor agrio. La cama se enfría lentamente. Ella se vuelve hacia la pared, ofreciéndome la espalda o negándome su frente, su pecho, su rostro… ¿Y se puede amar un cuerpo sin rostro? Siento el deseo de un cigarrillo pero me da pereza levantarme a traerlo. Alguno de los dos suspira.
Luego, no sé cómo, llego a pensar en Descartes y pienso que su obra fue un crimen contra la humanidad: creyó e hizo creer que se podía pensar sin el cuerpo. Más bien a él debieran haberlo purificado con las llamas de alguna inquisición; pero esas vueltas de la historia: terminó héroe, fundador de civilizaciones.
Ella no vería el problema cartesiano; y no por estulticia, claro, sino por vivir solo aquí y ahora. Su defensa es no tener pasado ni futuro, y en ese sentido evade el tiempo como lo evade el eterno pensar de Descartes… Vivir sin nostalgia, hacer del cuerpo un vacío etéreo: ser lo que se es hoy y punto… Descartes creía que el pensamiento existía por sí mismo, separado de todo, del cuerpo y todas sus afecciones, de las cosas y todas sus cualidades. Existía puro, matemático, verdadero. Su crimen, pues, fue privilegiar una sobre todas las demás actividades que realizamos, hacer como si pensar teórica y descontextualizadamente fuera lo mejor de la humanidad —y de la realidad— y separar radicalmente nuestra consciencia no solo de la tierra sino también de la piel y de los frágiles huesos que somos.
Me pregunto cómo habrá sido Descartes haciendo el amor. Porque, ¿es acaso posible separarse realmente del cuerpo, como él decía hacer con el pensamiento? Cuando él meditaba estaba en una confortable cabaña, frente a una hoguera, seguramente arropado como un bebé, tibio, como en un vientre que lo aislaba temporalmente de los trajines cotidianos. Allí, al calor del fuego, reflexionó en silencio y apartado de las calles. ¿No afectaba eso sus meditaciones? Sus condiciones concretas, materiales, de vida, ¿no las definían en buena medida? Lamentablemente, no recuerdo nada más específico de la biografía de Descartes, y mientras miro embelesado y confuso la nuca finísima de Diana me pregunto por qué no enseñan más bien estas cosas en las clases de historia de la filosofía.
Diana cerraba mucho los ojos mientras hacíamos el amor, y creo que por ese mínimo lapso se olvidaba de sí misma. Más, más, no salgás nunca. Y quizá solo allí, cuando dejaba de ser lo que era siempre, era cuando más cerca estaba de la realidad. Yo entiendo la realidad como ese fondo del abandono que solo sentimos con otros. Solo allí, desdibujados y sin protocolos, ella era quien era y yo era quien soy y estábamos más cerca que nunca; quizá por eso cotidianamente nunca la reconocía, porque ella era esa pérdida de sí misma que me perdía, arrastrándonos. Nunca, no salgás nunca. Y éramos solo eso: un cuerpo en otro y al revés, la agonía del pensamiento en un lecho y unas sábanas húmedas —nosotros: un mundo—, trozos de cuerpo entrelazados con otro cuerpo. Nunca, decía, y después solo zureaba…
¿Por qué se dice hacer el amor? ¿Es que el amor solo es verdadero mientras se hace? Tal vez la verdad del amor, de una manera incomprensible, solo pueda existir aquí y ahora. ¿Pero entonces los cuerpos no tendrían verdad más que mientras hacen el amor? El azar del cuerpo es mudo, el cuerpo también es tiempo, y el lenguaje está detrás o delante o a través del tiempo. Yo no puedo reproducir mis experiencias, se contienen deficientemente dentro de límites que yo no definí, que no me pertenecen ni me pertenecerán nunca, palabras, un lenguaje que no puede nunca ser mío. ¿Somos eso, un nudo que no se puede soltar, siempre capullos que no se abren?
En la inmediatez del amor... Esos claroscuros, la verdad, los cuerpos que miran y saben que miran. ¿Es por eso que nos fascina el amor, más bien porque nunca estamos en su presencia, entregada plenamente?
El amor es un camino tortuoso, el amor es un texto abigarrado. Y entonces solo quedaría en claro que el amor hay que hacerlo, que no es, no existe solo, aparte, separado de quienes lo hacen. Por eso el amor es fantasmal y no es capitalizable: hay que hacerlo. Amor solo existe si se hace una y otra vez, si dura, si se extiende entre dos o tres o varios, en todo caso no solo uno, nunca solo uno… Porque no hay un amor hecho, no hay un hecho del amor y solo por eso no se puede vender el amor aunque sí se puedan hacer con él rebeliones y anarquismos y simples rabietas y gritos contra el mundo.
Como bestias ciegas, recorremos la historia buscando e inventando la verdad —porque es la verdad lo que nos mueve— y no la encontramos nunca. O solo en fogonazos iridiscentes —no salgás nunca, decía, ¡pero es imposible!— y en fugas súbitas; su posibilidad se insinúa y nos tienta, o nos hace volver como a una promesa solo cumplida a medias, deseándola aún más. La verdad es que el amor hay que hacerlo y rehacerlo para que exista y solo existe mientras se está haciendo. Por eso el amor a la verdad no es la filosofía sino el martillo que deshace la verdad para que podamos amar otra verdad y luego otra y luego otra, haciéndola y rehaciéndola como hay que hacer y rehacer el amor, para que exista, entre varios, para que finalmente exista aunque sea por unos instantes que siempre parecen finales pero no lo son, nunca lo son y esa, tal vez solo esa, es la última verdad… que se escapa, se va, difiere de sí, siempre es la misma y otra… ¡No puede haber una ontología del amor! O bien: la verdad es el amor porque en el amor el hacer no está arrancado de lo hecho. O bien: es la única verdad que sirve para unirnos.
Tristemente, los hombres hemos inventado siempre verdades sustitutas como paliativos o como respuesta a la incapacidad —no reconocida— de poseer una única verdad —o no poder extraerla del fondo de los cuerpos—.
Pero hay una entraña donde confluyen la luz y las sombras, donde la realidad no es un dualismo sistemático. ¡La piel al borde del habla!
¡Nosotros, nosotros los hombres, culpables, culpables! ¡Siempre hemos querido saberlo todo o poder decirlo todo! Pero querer saberlo todo es el motor más eficaz de la destrucción…
Diana duerme sosegadamente, después de hacer el amor, y yo malgasto mi tiempo en estos pensamientos infecundos... Me pregunto, pues, cuáles son sus más íntimos gestos, quién es ella verdaderamente. Pero soy incapaz de aislar en ella lo que quedaría después de eliminar todos sus accidentes. Y entonces decido que solo somos eso: una colección de accidentes que van formando poco a poco algo que se sostiene gracias a un encadenamiento de semejanzas, un arrastre de rasgos variables pero que solo varían muy lentamente… E inmediatamente me riño: sería preferible no hacer ejercicios cartesianos con el amor, ¡otra desventaja de la filosofía!
Ella, simplemente, es la forma de ser —de hacerse— de ese cuerpo que envejece mientras duerme y rejuvenece mientras se contorsiona tenso, eréctil, cuando tiembla de pasión y luego descansa plácidamente; y yo también me siento ahora desprovisto de toda verdad más que de esta verosimilitud huidiza de la piel húmeda, algo así como el delirio de creerse capaz de sentir la pureza del tiempo, del pasar, una agonía demasiado lenta, una impureza lúcida solo allí intuida, deseada —más, más, no salgás nunca— y ya no soportarlo, y soportar menos la vuelta a este otro y único mundo donde el tiempo se ocupa pensando, como si ya de verdad no hubiera cuerpo o pudiéramos prescindir de él, cuerpo que es otros cuerpos, cuerpo que también es mundo, verdad siempre velada, tiempo. Tiempo.
¿La deseo tanto justamente porque nunca la tengo, ni siquiera cuando la tengo? ¿La desearía tanto si las palabras me bastaran para decirle mi amor?
Me vuelvo de nuevo a nuestro cuerpo.
—¿Qué tanto pensás? —me pregunta, adormilada.
—No lo sé —miento, y al instante rectifico—, pienso en el amor y en la verdad.
—¿En qué?
—Nada, es que no podía dormir.
Y mientras tanto la miro sin reposo, acostada y semidormida, su torso trapezoidal, su cuello ahora relajado, las nalgas rotundas con sus diminutos y blondos vellos.
—No pensés tanto —murmura entre dientes—, hace daño —y da vuelta y me besa y me acaricia el pecho y yo le devuelvo su beso, ahora mío, y mi lengua recorre su boca como si fuera mi boca y sus manos recorren mis muslos como si fueran los suyos. Mudo, el mundo vuelve a huir y otra vez somos ese juego interminable de claroscuros, otra vez sin saber durante cuánto tiempo, en nuestros susurros entretejidos, ni palabra ni silencio, murmullo de viento que se ahoga, voces que no dicen, gemidos, gestos demudados, y mientras busco sus piernas con las mías pienso que la realidad es esta pérdida, que no somos nada sino esto, sombras en un lecho que hay que tender en las mañanas del mundo, un lecho apenas iluminado, somos esta animalidad y esta furia de ser, la paz entre esas piernas que también deben caminar y correr y morir… ¿Descartes? Descartes no existe… Y quizá el amor duele tanto al cesar porque nos arranca lo único que dábamos por verdadero, aunque cada mañana dejara de serlo; y porque después no queda nada más que el tiempo obscenamente desnudo: el miedo, la muerte.
El amor es abrazarse de miedo juntos, porque solo así se vence el miedo… Lo más real es lo que sentimos con otro… Esas siluetas informes que quedan de nosotros en esos momentos siempre irrepetibles, esas formas sombrías... Desvestirse para hacer el amor es solo un preámbulo, el anuncio de otra desnudez: descubrir de pronto que no somos esos vestidos ni todos nuestros gestos ni todos nuestros pensamientos, y ni siquiera nuestro rostro ni nuestro nombre, sino ese cruce con otro, esos encontronazos que al desplazarnos nos hacen conscientes de que somos esto que somos: ni siquiera nuestras propias palabras ni nuestras manos sino las palabras que le decimos a otro y también la piel que recibe nuestras manos: casi nada, un abandono de sombras, un abismo de fugas enlazadas...
Llega uno a ahogarse, literalmente, en el aliento de otro. La vida es una sofocación viscosa donde nos confundimos como si solo fuéramos, burdamente, carne, carne indiferenciada, carne viscosa escalando las fosas nasales… La realidad es un hecho compartido e inasible… La incertidumbre es ver una mirada que nos mira, hacernos deshaciéndonos… Este flujo me lleva hacia los otros, y siempre todo puede empezar de nuevo.
Nadie ha estado nunca en presencia del amor.
[9:30 a.m.]
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