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I.
Necesitamos un agobio en los otros para sentirnos sanos, limpios, transparentes; necesitamos su caos y su pesar para sentirnos en orden y felices; necesitamos su maldad para sentirnos buenos. En cada uno de nosotros hay un sádico y un torturador: determinamos el grado de nuestra dicha haciendo comparaciones con las desventuras ajenas. La civilización es el gigantesco escenario fabricado para tratar de disimular este presupuesto básico; es la pantalla que cubre nuestra fundamental indecencia.
II.
El peligro de padecer un severo desequilibrio de las facultades vitales no es morir, sino convertirse en metafísico. Y entonces la tentación inevitable es querer decir esto es verdad. Lo más que podemos hacer para defendernos es diferir hasta donde podamos ese instante infiel y literalmente diabólico.
III.
Hay quienes parecen vivir únicamente para llevar la estadística de las vidas ajenas, empezando, claro está, por las desgracias. En ellos a veces el desvarío se hace universal y quieren entonces hacer el cálculo, también, de las miserias y verdades del cosmos, como si nuestra incapacidad de vivir en él quisiera decir que al menos podemos pensarlo.
IV.
Solo es valiosa la soledad elegida: salirse de sí para no poder siquiera sufrir, ni hacer sufrir. Lo demás es un desierto en el que nos sofocamos con nuestro propio aliento. La soledad no es estar en un desierto, sino ser el desierto mismo.
V.
Alguien debe registrar lo excedente —lo superfluo pero esencial—: el reverso de la literatura. Para que anverso y reverso se destruyan uno a otro y den luz —o, más exactamente, claroscuro— a otra cosa que uno u otro. Hay que soñar siempre la posibilidad de otra cosa que. Es eso simplemente: un sueño que es posible soñar. El hecho ya no podría soñarse, nada más sería.
VI.
La gente vive sin asumir el riesgo de caer, vive en el engaño de creerse protegida: por un dios, por la policía, por el gobierno, por cualquier ideología. Y el colmo del nihilismo: las personas se creen protegidas cuando creen tener una identidad. Solo unos pocos viven sabiendo que la vida es una caída libre hasta chocar con la muerte. Y esa lucidez los hace desgraciados simplemente porque para ellos ya no es tan fácil enmascararse para enfrentar las calles y los salones y pretender que todo tiene algún sentido definitivo. Saben que todo al fin y desde el fin, es engaño y distracción, quizá incluso hasta el engaño máximo de creerse desengañados.
VII.
En la novela —o algo así— la pregunta habrá de ser: ¿después de milenios de egolatría, es posible la ternura? Y, de serlo, ¿haría eso que el mundo cambiara de época?
VIII.
La única posibilidad con probabilidad de éxito es dejar de ser “yo”. Solo así podrá ceder el ensañamiento en esta historia de dolor.
IX.
Aun cuando estamos solos sabemos que no lo estamos porque nos hace falta otro.
X.
Alguna mañana decidiremos que ya no queremos levantarnos jamás y así nos encontrará la noche, tendidos, ausentes, arrugados como esas flores secas que al tocarlas se hacen polvo… A veces es mejor entregarse a la enfermedad, dejarse devorar por sus bacilos. Casi siempre es mejor estar enfermo que muerto. Siempre hay alguna posibilidad de recuperar la salud, y si no, pues también se muere uno atropellado por un beodo o desplomándose de espaldas en la ducha.
XI.
La alegría es una extraña manera de saber que vamos a morir.
XII.
La insistencia en unificar el estilo huele demasiado a formol. Es tributaria de la obstinación metafísica con la identidad. Ser coherentes a toda costa, cerrar la obra de manera unitaria. ¿Por qué obligar a mis múltiples inclinaciones y momentos a ser una única voz? ¿Por qué forzarlo todo para que haya un solo principio y un solo final, creyendo, además, y prejuiciadamente, que las palabras con que nos narramos la vida pueden dibujar círculos —sean reales o imaginarios, en ensayos o en ficciones— platónicamente redondos? Debo intentar, pues, entrar por aquí y salir por allá y a veces quedarme quieto, y aún otras atravesar de lado a lado el texto como un gusano, haciendo, precisamente, agujeros de gusano intergaláctico: como esos bichitos ínfimos que viven en los libros guardados comiéndose y mutilando las historias escritas en el papel.
Esto resultó ser, al final, lo único sensato y pragmático: transformar el estilo y la vida día a día, con pausa, con respiro, página a página, sin huir, saboreándolo todo enciclopédicamente, párrafo a párrafo, palabra a palabra, con amor, con dolores y con muerte…Claro, a sabiendas de que la enciclopedia sería inacabable y solo una pobre excusa para ensayar a diario nuevos caminos posibles…
XIII.
Repetirme hasta el vómito para poder finalmente librarme de “mí”: ¿no habría de ser esta la tarea de cada uno en el nuevo siglo?
XIV.
Creo que la posibilidad del futuro yace en aprender a vivir difusamente —individual y colectivamente—, es decir, siempre y solo entre extremos: a sabiendas de que los extremos son por definición imposibles en la realidad. (Es decir, de los extremos sólo puede haber una idea.) Ni sí ni no: siempre un entremedio, una negociación. “Yo”, evidentemente, es un extremo como cualquier otro.
XV.
Hacer del lenguaje algo tan leve que se desvaneciera con el aliento del lector, que el lenguaje saltara de las páginas como si las palabras fueran plumas que pudieran flotar en el aire, que no hubiera que complicarse tanto con las tramas ni depender de formas fijas, que no hubiera escollos para que aprendiéramos a estar juntos, que los ojos fluyeran por las páginas como si, enmudecidos, recorrieran paisajes y afectos compartidos: la vida cotidiana en su más abrumadora simpleza, y desnuda, como si fuéramos capaces de verla.
[8:44 a.m.]
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26/1/08
Aforismos afectivos/temáticos para la "novela" o algo así
21/1/08
05 de marzo de 1999
LA BELLEZA SOLO SE ANUNCIA Y SE DIFIERE, es una promesa, como la muerte, pero la muerte es segura —
— hoy se extiende una veleidad devastadora — la pretensión de que haya solo un mundo — sin haber nacido del todo, allí agoniza la ternura — y la escritura solo escribe estertores — libros repetidos, sin singularidad, sin realidad — queda, supongo, la muerte: el silencio equivocado —
y las tardes de crepúsculos cenicientos — la armonía de la página impresa es un efecto cosmético — los verdaderos rostros son incognoscibles o no existen — ¿para qué maquillar la pulcritud vacía del papel y luego actuar, ya pintarrajeados, en estos escenarios sin fondo? —
¿puede todo esto ser algo más que un eterno rompecabezas? — ¿cuánto se puede decir tras la apariencia de no decir nada o al revés? — ¿cuántas páginas se pueden llenar con una vaciedad que, a la vez, sea inaguantable y llamativa, tal vez, incluso, necesaria?
Ella desfilaba entre luces que acaso solo ella veía. Siempre le sonreía a todo el mundo, quería ser vista, vista bella, que su belleza fuera popularmente evidente, como un chiste de doble sentido, como lugares que fueran manifiestamente comunes en cualquier parte del globo, tal vez tan ubicua y anecdótica como una Coca Cola Classic. Sonreía como esas vallas publicitarias de mujeres en ropa interior que, en media autopista, aun mirándolas de pasada a 100 km/h calan lúbricamente dentro del cerebro con sus pechos y piernas y nalgas de quince metros de altura...
La belleza se ofrece como promesa de una evidencia que no llega nunca. Pero ¿no es ese el error, no poder sostener el velo hasta el final —es decir, sin final del velo— y querer tenerlo todo claro, allí, aquí, dispuesto, montado como una tarima?
La felicidad sería ser capaces de conformarnos con la promesa — el silencio siempre equivocado…
Ella no se callaba nunca, tal vez, de hacerlo, se hubiera ahogado en su silencio.
Acaso a todos solo podría salvarnos caer en un abismo, rendirnos al vértigo: este miedo soy yo y no me conozco.
Llega uno a ver la belleza desfigurada, dando alaridos, desmadejada, dentellando.
¿Hoy sería irracional o temerario no sentir pánico del futuro?
Leo en Edmond Jabès: todas nuestras palabras solo son el torpe intento de decir el silencio de Dios. Claro, no sabemos si Dios existe, creemos que existe precisamente por ese silencio, este intento implacable, histórico, lírico, prometeico...
¿A Diana la muerte le quedaba grande? ¿Y cómo escribir sobre esto?
Dichosa: ella flotaba en lugar de caminar.
[8:35 a.m.]
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14/1/08
25 de febrero de 1999
Yo no hablo ni de venganzas ni de perdones; el olvido es la única venganza y el único perdón.
—J. L. Borges
SU NOMBRE ES DIANA, pero está muy lejos de ser una diosa; o quizá no tanto, porque basta que mire con entusiasmo para que uno quede prendado... Camina erguida y cimbreña y su cuerpo es un voluptuoso retoño de cremas y gimnasios y mimos, es un demonio atlético y su cuerpo embriaga, es llama, cuerpo ígneo, y despide olas de calor que embelesan y se expresa siempre con guiños de tigresa alada, zarpazos, ofusca, absorbe, y a la vez carga consigo la sonrisa de un angelillo advenedizo, inhibido, de una timidez perversa, o quizá de una inocencia falsa, impuesta... Su paso mismo corteja provocando una cadencia sicalíptica de calofríos en el vientre. Y son esas ambigüedades —parece inocente y perversa, seductora y distante— las que penetran en el corazón como dardos imantados, soporíferos, certeros. Yo caí. Su regazo y su pecho —desnudeces globulares enajenantes— conocieron mis más barrocos ardores y toda la entrega, el frenesí, según los entendidos, o la locura, llanamente, la locura de no querer otra cosa más en el mundo entero que ese regazo y ese pecho, una y otra vez ese pecho… Aunque luego lloré, también, lloré mucho, como un niño. Caí lapidariamente.
La primera vez que cruzamos miradas me sentí empujado por un vendaval. Fue en una disco estridente y oscura y maloliente, entre amigos y amigos de amigos. En esos días yo salía con una mujer que me besaba siempre con desesperación y exhibicionismo; pero esa noche, en las pausas de sus besos gelatinosos yo no podía dejar de mirarla a ella, a Diana, que estaba allí al otro lado de la mesa, sola, y la miraba inexplicable y lógicamente como a una condición necesaria y suficiente; y si me dilapidaba en los besos con la otra mujer era solo porque sabía que Diana me miraba, y de un modo retorcidamente apasionado solo deseaba que ella se excitara con mis besos y que deseara ser ella el sujeto de mi desesperación. Y poco después en esa misma noche la miré sin desesperación y luego nos miramos sabiendo ya que aquellos besos intrusos solo eran parte de la seducción y que ella lo era todo o iba a serlo todo y lo sabía. La otra mujer, ajena a lo que se gestaba entre sus besos y en parte gracias a ellos, siguió besándome sin pausa toda la noche y D. solo sonreía mientras me miraba gozando de la infalibilidad de sus técnicas de caza... Obviamente, en aquel momento yo no intuía el poder avasallador que anunciaban sus ojos no sabía si inocentes o bárbaros, casi diría infantiles y feroces, como apetecibles bocas entreabiertas... Los velos de Maya aparecen de las maneras más inesperadas. Hoy sé que es un monstruo de varias cabezas; pero en aquel momento perfecto —carnal y turbio a la vez—, ¿cómo no ceder ante su riesgosa sensualidad? ¿Cómo anticipar su sadismo, la crueldad verdadera tras ese rostro pulcro y alegre, lleno de vitalidad, aunque una vitalidad herida, sangrante, vengativa, como la de un niño maltratado que aún alcanzara a disfrutar sus juegos de niño ocultando su odio tras la candorosa silueta de su rostro impúber?
Un buen amigo mío estaba interesado en ella. Fue él quien la invitó esa noche a la discoteca, la había conocido en su Facultad o algo así. Por esta razón yo conseguí ponerla a un lado como haría con un libro que deseara mucho leer pero para el cual no tuviera aún tiempo. Seguí viéndola de vez en cuando, mi amigo la llevaba a todas partes sin que ella, al parecer, correspondiera a sus intereses. Mi amigo fracasó en su intento de conquistarla y yo fracasé —desde el principio no había otra posibilidad— en la relación que ya traía con la mujer de los besos huracanados. Luego pasé un par de meses sin del todo ver a Diana. Pero pronto me descubrí asistiendo a fiestas donde sabía que ella estaría. Yo trataba de no pensar en ella pero, como posesos, mis pies insistían en acercarnos... ¡Qué fácil hubiera sido darse cuenta! Pero mis vísceras seguramente estaban contaminadas por aquella mirada inicial de ángel erotizado, y un día como otro cualquiera, ella me devolvió, con un simple golpe de reojo, a la noche aquella en que sus ojos se habían comido los besos que yo le daba a otra, y cobró su anticipo y reclamó su derecho adquirido y yo caí lapidariamente en su regazo y su pecho, como un niño desvalido.
Hoy, después de exactamente trescientos cincuenta y nueve días de edén y ciento setenta y dos de exilio del edén, no dejo de pensar en ella, en su profunda ambigüedad de niña frágil necesitada de afecto, y monstruo implacable. ¿Podré alguna vez decir que ya he padecido suficientemente por ella?
Los textos de estos cuadernos —aunque en buena parte estimulados por ella— no serán en realidad una venganza —ningún texto puede serlo—, solo mi mediocre intento de olvidarla. Después de todo esto —si es que algún día llega a haber un después— ella solo merecerá ser alguno de mis silencios, o quizá ni siquiera eso.
Llegó, en efecto, a ser uno de mis silencios (no sé qué sería ser “ni siquiera” un silencio.)
[8:28 a.m.]
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6/1/08
23 de febrero de 1999
MIRO OTRA FOTOGRAFÍA DE DIANA EN LA PLAYA, dándole la espalda al mar, omnipresente tras unos almendros que filtran la incandescencia del sol. En la arena las sombras bailan en claroscuro. Su rostro, sin embargo, resplandece. En esa luz su rostro es un sueño y es mi condena. La playa fue ilusión edénica: solo era el desierto que me invadiría, total, ambiguo, con la ambigüedad de una tristeza a veces culpable…
Y todavía pegada en esta página del cuaderno hay también una fotografía de Diana cuando era niña. ¡Había olvidado del todo esta imagen! Una niña con el cabello ondulado hasta los hombros, desordenado y trigueño; los pómulos salientes y las cejas arqueadas por una risa alborozada; y rodeando una dentadura helgada, los labios, ya, gruesos y hermosos. Tendría unos tres o cuatro años. Su mirada es cálida, pero su boca dibuja una sonrisa letal. No es cierto que la inocencia esté en los niños. Quizá los adultos la vemos allí por saberla en nosotros ya imposible, y por desearla y necesitarla. La inocencia siempre se inunda de demonios, los atrae y los incorpora como un agujero negro la luz.
Al verla así, hoy, bajo ese sol imponente, solo puedo pensar que su crueldad demuestra inequívocamente que el mundo es una contradicción o una aporía, y que esa, precisamente, es la condición de su existencia.
[8:20 a.m.]
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2/1/08
22 de febrero de 1999
En no ser amado solo hay mala suerte: en no amar hay desgracia. Hoy todos morimos de esa desgracia.
--Albert Camus
LA ÚNICA CRUELDAD ES HACER SUFRIR A QUIEN NOS AMA, lo demás es barbarie o salvajismo. Yo enfrento la noche como a una selva: cierro los ojos y la oscuridad se vuelve laberinto; en cualquier recodo aparecen rostros que creía olvidados, momentos que ya habían aplacado su furia; de vez en cuando, algunos ojos amados que se habían cerrado sin escándalo ni rabia… Pero también encuentro a Diana con sus ninfas, transformándome de nuevo en ciervo: presa para mis propios perros... Sus ojos inocentes ocultan la mirada cruel de quien no teme hacer sufrir; pero en mis sueños ya no me engaña: sé que tras sus encajes hay un ave de presa, una máquina asechadora.
Su sueño, en cambio, lo imagino plácido, agraciado por esa virtud inhumana de no conocer ni la culpa ni la añoranza, de no necesitar ternura más que como ofrenda recibida... ¿Pero no es la ternura algo que se da?
Cuánto resentimiento arrastraba. ¿Y no es siempre un error escribir tan cerca de un dolor, para curarlo o vengarlo? En la vida de cualquiera, con el resentimiento por un amor traicionado pasa como en la historia de la humanidad: no se puede reparar ni transformar la historia si antes no se ha superado o transformado el resentimiento.
Quisiera olvidarla como se olvidan esos monstruos que nos visitan en las noches infantiles. No quiero dar ni recibir crueldad. Creo haberla tratado con dulzura y nunca haberle hecho daño. Pero ella me desprecia. Aún así, quisiera justificarla: ¿es el infierno que la inunda todavía mayor que el que a mí me provoca su odio? ¿Acaso por alguna causa indescifrable decidió hacerme a mí culpable de su vacío y sus infortunios?
Por otra parte, cuando se olvida a alguien, ¿no se le hace daño con ese olvido? ¿Olvidar a una persona no equivale a despreciarla? ¿No es convertirla en nada, en una chispa de viento o en menos que una chispa de viento? Quisiera, pues, olvidarla sin esa crueldad que arrastra, impersonalmente, el olvido...
Sé muy bien que no soy un ángel, nadie lo es; pero fui su amigo y su amante y compartimos livianas alegrías. Su crueldad se me hace inexplicable...
Quizá algunas personas no merezcan ser amadas; quizá algunas no pueden amar y se vengan de su horrible destino haciendo sufrir a quienes las aman. Quizá solo sea eso.
Algún día mi dolor solo será un conjunto de imágenes pasajeras que veré al cerrar los ojos...
Sin dar es imposible sentir a otro. Tal vez su soledad sea más honda que la mía. O tal vez la soledad sea lo único que hoy tenemos todos en común, pues así nos prepara el mundo para que creamos haber llegado al paraíso. Tal vez, algún día, todos moriremos de esa desgracia.
[8:16 a.m.]
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25/12/07
17 de febrero de 1999
ENTRE LA TEORÍA Y LA NARRACIÓN, entre la biografía descarnada y la novela —inclinaciones igualmente celosas y estrictas—, insistía infantilmente en no sacrificar nada, creía posible la creación de párrafos a la vez líricos, narrativos, teóricos, reales e incluso terapéuticos: una ínfula prometeica —una especie de Frankestein estilístico— y, por eso mismo, condenada al fracaso.
Empezaba la tarde como empieza un olvido: con un esfuerzo descomunal. El personaje de novela se anunciaba pesado, tal vez lívido o extraviado, sin un propósito concreto... Su pesadumbre provenía de tantos siglos de palabras repetidas, de redundantes esfuerzos por nombrar una pasión única.
—¿Por qué tantas palabras, por qué tantos sabios no sirven para decir mi dolor?
Sus juegos de amor se reducían, hastiados, a un único momento afectivo, embrutecido o tartamudeante.
—Para escribir hace falta que la vida lo haya callado a uno. El silencio mueve los lápices en un vaivén entrecortado, como el de las olas del mar—.
El amor le había jugado muchas trampas, según él demasiadas, y por eso hoy quería olvidar no solo las promesas y los engaños, sino el olvido mismo. Todo lo que habría podido decir concurría, con la tarde grave, a la precipitación de ese olvido necesario.
Su mutismo perplejo habría de ser el instante ideal de este texto impropio. Lo demás solo serían fragmentos ornamentales, difusos, exabruptos inevitables de quien no habría podido callar ante la evidencia de un desastre singular que lo consume… (¿Pero cuánto puede caber dentro de un paréntesis? ¿Cuántas páginas, por ejemplo, dentro de un paréntesis de literatura?) Un silencio perplejo expresado en infinitas tautologías —porque el amor solo se dice tautológicamente —piensa—, redundando, redondeando o rondando o rodando: escribiendo inútil e ineludiblemente encima de lo que ya se ha escrito—.
Mientras tanto, mira por su ventana las calles, el parque habitado por niños y perros transitorios, el cielo descolorado, los zanates siempre hambrientos; quieto en el umbral, su silencio es el mundo, la historia, el porvenir.
Quisiera anticipar su vida, prever sus desenlaces; pero todo se le hace borroso, más bien como el pasado, lejano e incierto como los más viejos recuerdos infantiles. Siente como si alguien ya hubiera vivido su vida futura, quizá él mismo; pero no puede estar seguro. Y entonces piensa en un mar infatigable que vuelve una y otra vez sobre una arena pajiza que apenas por unos segundos puede soportar palabras, palabras que se lleva el mar hacia su vientre de muerte, palabras de amor, promesas de amor. Ayer, sin previo aviso, ella lo abandonó. Él simplemente se apresura a escribir algo antes de que vuelva la ola.
[8:10 a.m.]
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16/12/07
16 de febrero de 1999
SIEMPRE ES POSIBLE LEER RÁPIDAMENTE PASANDO LA VISTA SOBRE LAS PALABRAS Y ACUMULANDO IMPRESIONES SUPUESTAMENTE DIRECTAS, algo similar a lo que sucede cuando solo vemos un paisaje desde lejos e imaginamos cómo sería estar dentro de él. O cuando, enganchados desde la página uno por una trama intensa e imágenes fuertes y la ansiedad que entraña el deseo de resolver un misterio –por ejemplo– uno no suelta el libro hasta que al final el autor revela todas las soluciones en un juego de luces parecido siempre a un desenlace amoroso o, más exactamente, erótico. Uno corre por las páginas y solo descansa cuando conoce la verdad. A veces, si la ansiedad o la necesidad son realmente fuertes, este tipo de lectura llega a depender más de la imaginación (o de las ganas de imaginar) del lector que de las minucias y cuidados y giros del texto leído. Esta, pues, es una lectura apocalíptica: depende de la revelación y de lo que suceda al final, es decir, de que haya un final en el que todo quede claro y resuelto: por esto mismo nos apuramos tanto para que termine.
Otra manera de leer, reposada y meditabunda, se hace menos con la vista que con el oído. Lo primordial no es pasar la mirada por las palabras, sino escuchar el reverberar de cada una de ellas, sus entonaciones, los ritmos cambiantes de sus consonantes, los matices de su aliento, inconcuso o etéreo o melancólico. Uno empieza a escuchar el croar de las ranas, el crujir de las hojas resecas o la brisa vadeando los follajes; resbala por la piel el siseo de las sílabas serenas; o golpea el pecho el bote rotundo de un corazón endurecido, frío, arruinado, harto. Uno se detiene, hace, de verdad, las comas y los puntos; y empieza lentamente a creer que las oraciones son algo más que oraciones, es decir, que algo efectivamente exterior y grave y asombroso intenta aparecer en un medio que no le pertenece: las palabras, el lenguaje, los acentos musicales de las letras... Aquí el final es tan poco importante como el principio, el tiempo es un vaivén y no una flecha y no hace falta que conduzca a un campo abierto donde todo quedaría finalmente expuesto bajo la luz solar...
Supongo que hay muchas otras maneras de leer. Estas dos son, para mí, básicas y mutuamente necesarias, no se quieren la una a la otra pero se necesitan, a pesar de sus diferencias.
En todo caso, ya he dejado de creer que tenga sentido seguir hablando o escribiendo contra el mundo, si el Apocalipsis está destinado a llegar pues llegará de cualquier manera, y, si no lo está, si no hay un destino del mundo, ¿para qué perder el tiempo anticipándolo?
Tal vez lo más importante sería inventar algo diferente del sí y del no, de las elecciones tajantes y las fronteras para todo. Por ejemplo: atreverse a leer sin esperar que las cosas sean como esperamos. Perder el miedo a interpretar…
Me he decidido: sí voy a contar su odio incomprensible. Hoy, al menos, Diana lo merece. Voy a hincharme de mí en esta historia sin historia hasta mostrar y decir el volumen ridículo de nuestro absurdo, es decir, del mío en primer lugar, aunque no solo del mío. Me tomaré de ejemplo: ya sé, al menos, que yo debo reventarme.
[8:09 a.m.]
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12/12/07
09 de febrero de 1999
Y SE ME CONFUNDEN LOS VERBOS, pronombres, adjetivos y no sé si son muslos, antebrazos, cintura y esos colores no sé si son violeta, tornasolados, ámbar y sus ojos, rasgados, hondos, felinos y no sé si me miran o si me extrañan o si ya no me desean y no sé si es ternura, odio, saciedad y vuelve la página en blanco como una mujer muerta, pálida, lunar y no sé si recordarla, insultarla, desnudarla o decapitarla y el espejo, lanzándome no sé si imbécil, ingenuo, optimista o más bien trágico, abatido y no sé si llamarla, escribirle, o matarme en mi silencio olvidándola sin olvidarla ni poder reencontrarla, y pensar que es tan inocente, nimia, frágil y ver con asombro que con tal ligereza pudo hacer de mí no sé si un despojo, un cadáver, un mudo, pusilánime, enfermo y querer lo más en el mundo tenerla de nuevo, su vientre, su cuello, sus caderas salientes y no entender por qué me desprecia, me deja, me ignora y querer hacer verbos, pronombres, adjetivos que pudieran por fin trasmutar mi odio y liquidar mi
[8:06 a.m.]
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9/12/07
07 de febrero de 1999
CUANDO EMPEZABA A ESCRIBIR —y empecé compulsivamente, llenando cuadernos enormes en pocas semanas—, a pesar de la incontinencia y una redundancia enfermiza, en el fondo siempre prefería la brevedad, los tonos aforísticos; me han fascinado siempre, por ejemplo, los haikús, y las imágenes breves y gratuitas, las palabras atractivas por sí mismas, es decir, la prosa biensonante, independientemente del “fondo”, del asunto “serio”… Ahora entiendo que, detrás de la preferencia o del gusto personal, que lo tiene todo el mundo, la razón decisiva de esa aparente contradicción —escribir copiosamente pero preferir la frase punzante — era que pensaba, o intuía, que solo me sería posible librarme de mí si primero me excedía o me agotaba. Tenía que callarme a mí mismo, deshacerme o desgastarme hasta dejar solo una punta, un aguijón.
Cae la tarde. Es un telón plateado. La angustia no cesa.
[8:04 a.m.]
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6/12/07
06 de febrero de 1999
ESO QUE UNO LLEGA A LLAMAR SU “VIDA” SIEMPRE ES ALGO INDEFINIDO, como los otros, cualquier otro, y el mundo, que nunca son cosas precisas, fijadas en el tiempo, inmutables: la única manera en que podrían tener identidad.
Un día despertaré y tendré cuarenta años. Ese día pensaré: ayer tenía veintidós y soñaba.
Pero no soy yo quien inventa este mundo en el que estoy metido como un puñal en su vaina.
[8:02 a.m.]
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3/12/07
05 de febrero de 1999
EN AQUELLA ÉPOCA, tanto me inclinaba a la especulación, al embrollo, como al enciclopedismo psicológico y los totalitarismos afectivos.
Para los seres humanos, la historia en general no podría ser objeto de una narración. La historia es una atmósfera, una relación afectiva, como la de un niño con su hogar, incomprensible en sus límites y condiciones y certezas…
Aún creo que, en buena medida, la historia del ser humano es la relación afectiva, infantil, con Dios o alguna “verdad”, o con el sentido de la historia misma. La historia es la historia del deseo de posesión de la historia.
Y, sin embargo, al mismo tiempo es la historia de un paulatino desengaño, pues no hemos sido dueños de nada, ni siquiera de nosotros mismos. La historia es también la historia del descentramiento del ser humano.
Inventar otro lenguaje siempre entraña inventar otra realidad. Habría que intentar contar, por ejemplo, los marcos de la historia y no la historia misma... Es decir, si fuéramos a colgar la historia de una pared, ¿cómo sería el marco que la rodearía, que la distinguiría y la separaría del resto de la pared, de ese fondo en el que, suponemos, todo acontece?
[7:14 a.m.]
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29/11/07
04 de febrero de 1999
DEJAR EL RENCOR, olvidarla, no poder recordar su nombre... Pero aún la quiero, es decir, aún no puedo evitar pensarla y desearla a diario.
Por eso mi “opción”, hoy, es esta: llenar tantas páginas como sea necesario para que mi voz solo sea un ronroneo irreconocible; que el dolor se pierda perdiéndome en este bullicio de las páginas incesantes; desaparecer en una redundancia infinita y adormecerme como se duermen los brazos o los pies o la consciencia con la repetición mecánica de una misma frase o apenas de una sílaba…
Cuando se ama y se odia tanto a la misma persona, pero a ella personalmente no se le puede ya ofrecer amor —porque no lo quiere— ni odio —porque uno es patéticamente aprensivo— no queda más que amarla y odiarla así, aquí, en la más inocua contradicción de las páginas que se llenan con la única esperanza de que algún día agoten el deseo de seguirlas llenando.
Aquí puedo darle todo y quitárselo de nuevo a mi antojo. ¿No se trata de eso, escribir? Aquí soy un demiurgo capaz de tomar su odio y convertirlo en puñal o cielo, en novela o verso o disparate…
Sin embargo, no consigo decidir si debiera escribir su deslealtad, exponer sus cobardías, devolverle sus burlas y exhibir su egoísmo... Escribirlo, digo, explícitamente, literalmente. O si, al menos, debiera hacerlo literariamente, para no ser tan brutal, es decir, pasar su desprecio por el filtro o el velo de la “ficción”, como si de esa manera pudiera salvarla a ella de la ignominia o de mi propio desprecio enamorado, o como si de esa manera pudiera yo mismo salvarme de algo, por ejemplo de mí mismo...
Ella se rió en mi cara. Esa es hoy mi más amarga certeza. Le dije que sufría, que me dolía su ausencia... Su sonrisita arrogante… Como la puta vida cuando decide matar impróvidamente a alguien que nunca ha fumado ni bebido y hace ejercicio y recoge animalitos en la calle y cuida amorosamente a su madre demente: leucemia fulminante, muerte en dos semanas, atropello por borracho, resbalón en las escaleras de la iglesia… Diana, como un accidente, un día cualquiera simplemente me espetó que se marchaba.
Me inclino a creer que sí debiera registrar su vileza, aunque tal vez cubriéndola de ficción, cambiar su nombre y el mío, su rostro y el mío, su historia y la mía y hacer una novela en la que nosotros no fuésemos nosotros sino personajes y, gracias a esa jugarreta, fuésemos más reales aún que la realidad misma que hemos vivido: más universales y duros, menos personales o biográficos y por eso más atractivos y, dependiendo de la historia, hasta más políticos, más verdaderos o heroicos, porque, ¿tiene sentido contar un par de vidas comunes y corrientes, sin hechos extraordinarios?
Por otro lado, ¿tendría sentido escribirlo como si este dolor efectivo –me duele el reflujo en el esófago, la noche sin ella me duele en la nuca, el desvelo me duele en los ojos y me duelen las manos, los dedos que sostienen la pluma– fuera solo un juego de estilo o ficción: una vida paralela a mi vida? ¿O debiera escribirlo como si este dolor pudiera decirse mejor con palabras reales sobre la realidad del dolor? ¿Qué curará mejor, la realidad o la ficción? ¿Y si la cura no tuviera importancia o fuera un motivo estúpido para una creación de cualquier tipo?
¿Debiera, pues, armar una historia ficticia para, a la vez, encubrir mi vida y hacer veladamente teoría pedagógica, o debiera decirlo todo tal como es —es decir, tal como creo experimentarlo— en lugar de disimularlo con fábulas o moralejas?
Por ahora no me atrevo más que a postergar cualquier intento de respuesta definitiva —es decir, de estilo definitivo—, y, por eso, mientras tanto lo diré como lo pienso mientras tomo una ducha o miro por la ventana del autobús, como cuando llega simplemente como un aire cargado mientras intento dormir y doy vueltas en la cama presa de un escozor irremediable; lo diré como me lo explico a diario sin literatura, a espaldas de la literatura o, más exactamente, en los márgenes o borrones de la literatura: todo eso que un escritor o aprendiz de escritor debe borrar del texto al hacer una novela, un cuento, un relato, un eventual premio literario… Mientras no sea, pues, capaz de tales disciplinas, lo diré como me lo digo en cada pausa imprevista, cuando dejo de hablar en el café con los amigos, cuando dejo de trabajar para frotarme los ojos o mientras me cepillo mecánicamente los dientes y miro monstruos en el espejo, o como cuando, aquí –en este cuaderno amable que me lo permite todo, todo– se deja caer como arrebato verbal ocasional e iterativo…
Este dolor, de todos modos, es una atmósfera y no una historia. Es que los dolores mismos no pueden ser una historia, no pueden aparecer como historia. Y ya sé, no soy tan imbécil, en una historia no se debe decir el dolor, que sí, que ya leí a Hemingway, hay que mostrarlo, no hay que decir jamás que al personaje X le duele la muela, hay que hacerlo retorcerse y tocarse la mejilla repetidamente. Y no hay que decir explícitamente que le duele porque Diana o Margarita o Raquelita se han ido con otro y el tipo lo somatiza todo; solo hay que contar la escena cuando la muy zorra se va con otro y eso basta o habría de bastar, que todos hemos sufrido lo mismo y al lector lo que le gusta es que sin decírselo le hablen de sí mismo, o no, no que le hablen sino que le hagan historias en las que él (o ella) puedan verse como en un espejo. ¿Es que hay lectores que no sean narcisistas?
Pero lo intentaré, no hay nada más que pueda perder por intentarlo. De todos modos, escribo en un cuaderno que no leerá nadie. Lo escribiré, pues, como no debiera escribirlo: dejaré aquí la escritura, en lo posible, sin filtrar por uno de esos moldes prefabricados, estilísticos o genéricos; me esforzaré por no construir teorías omnívoras ni protegerme tras historietas ni sucesos, me debatiré en el abismo del entredós, entre las opciones extremas, contra el imperativo de que es necesaria alguna certeza, por ejemplo la certeza de que el lector sepa sin lugar a dudas si lo que le han dado a leer es un cuento o es real, si quien habla es persona o personaje, si lo narrado son hechos reales o ficticios. Pondré entre paréntesis que para el lector promedio esta certeza cartesiana es imprescindible: saber si lo que lee es literatura o el diario de fulano de tal. O esta otra: saber que la historia tiene un principio y un final y que el autor se los relatará más tarde o más temprano.
Tal vez podría empezar por su imagen...
Mi vicio es tal que conservo su fotografía justo aquí, al lado de este cuaderno… Me fascina mirar el poder que ejerce sobre mí. Me fascina dejarme fascinar y disminuirme, como cuando admiro embobado la potencia de un huracán o de un río de lava o el ímpetu de una marejada… Sentir —a modo, hoy, de experimento inevitable, y por eso mismo debo aprovecharlo— que solo de ella depende todo mi placer posible… La fotografía... Decir que es hermosa es una simpleza... Diré, mejor, que su belleza es mía porque soy yo, con este arrebato impremeditado que me lanza hacia sus labios, soy yo quien la hace bella: su belleza es el efecto de su cuerpo en el mío, el aire enrarecido entre nosotros, esa incontinencia de mi ir hacia ella, esto, toda esta irrevocable necedad genital... A veces, al mirarla, me siento capaz de cogerme un paisaje, al mar, a las montañas nevadas…
En esta fotografía en particular, Diana está sonriendo. Está en la playa, sentada en una banca desvencijada, bajo un almendro de follaje ralo, ralísimo: el sol atraviesa las ramas resecas y las sombras en su rostro son apenas un par de hilos que le cruzan la frente… Es de la época en que llevaba el cabello cortísimo y cobrizo, peinado en flequillos… ¿Como un patricio? La pura verdad no sé cómo llevaban el pelo los patricios... Su rostro es básicamente recto, simétrico, y al descender hacia su barbilla se convierte en un perfecto semióvalo; sus labios son gruesos como gajos de carne rojiza; y sus ojos son hondos y al reír frunce la nariz y los ojos forman dos rendijas de luz marrón. Sus mejillas, su frente, sus dientes brillan, todo brilla como el mar bajo el sol de un verano tropical. Lo cual es obvio, claro, la foto se la tomé en un verano tropical... En la imagen, su sonrisa es angelical, infantil casi, tanto que oculta como una máscara su talante fatídico. Es evidente que sin ese rostro inocente no podría matar a placer: lo esperaríamos. Yo lo habría esperado. ¿Pero cómo esperar crueldad de un rostro tan… geométrico?
Los rostros humanos son una hermosísima farsa. Quizá se deba a eso que solo seamos lo que somos cuando elegimos una máscara que nos cubra el rostro y un secreto que oculte nuestro nombre y quizá alguna historia que empapele nuestra historia… Quizá por eso somos tan dados a creer que podemos conocernos mejor recurriendo a la ficción, por ejemplo a la literatura, es decir, quizá sea por pudor que preferimos la imaginación que la realidad. Nos parece obsceno que alguien hable abiertamente de sí mismo. Pero no porque creamos que esté mal que lo haga, qué va, somos curiosos y nos gusta meter la nariz en la intimidad de los otros; pero solo lo aceptamos públicamente y lo aplaudimos si se hace con cierta decencia, con vergüenza, por ejemplo haciendo una novela o leyéndola, es decir, siempre que se cubra por algún tipo de arte o artificio o realidad virtual que disimule las partes y los sentimientos pudendos de las personas reales de carne y hueso. A los personajes les permitimos todo; a las personas les damos bofetadas y las juzgamos con escarnio.
En fin, es obvio que su fotografía ya no merece estar aquí.
¿Y me gustaría que ella leyera esta venganza, que, de todos modos, solo sería venganza si a ella le doliera? Sí, la verdad que sí, que me leyera algún día… Aunque seguramente no le dolerá ni uno solo de sus colmillos incisivos ni se le retorcerá un milímetro su colon de estatua helénica; quizá sus ojos desmemoriados recorrerán o estén recorriendo ahora mismo estas páginas como un catálogo de personas o personajes que no conoce, un inventario de emociones ajenas, literarias.
Creo que la virtud animal de Diana es poder vivir como si yo no hubiera existido nunca en su vida. A mí me desvela no entender cómo lo hace. Y se lo envidio, claro.
¿No sería entonces más inteligente dejar este cuaderno solo como un documento de privada imbecilidad?
Sobra decir que no logro decidirme, doy tumbos y retumbos y es como si alguien o algo me hubiera condenado a vivir y a escribir solo en borrador, sin una sola oportunidad para volver a lo escrito y repasarlo y borrar y editar y redecir y callarme, callarme del todo…
Por otro lado, cualquiera —ella misma, sin duda— podría reprocharme el hecho de escribir solo acerca del dolor, como un maniático. ¿Es que se puede hacer un libro solo sobre el dolor, más aún, es que se podría leer? ¿Acaso —ella me lo preguntaría—, no he conocido épocas felices? Sí, supongo —le diría—, algunas, pero solo los bestias hipócritas de la autosuperación piensan que es posible definir la felicidad propia para provocarle felicidad a otros. Quizá yo sepa qué me hace feliz, pero si me preguntaran, si me forzaran a decirlo y si lo dijera, entonces ya no lo sabría y solo conseguiría decir proposiciones desdeñables… La escritura, el lenguaje en general, está fundado sobre una ausencia, existe por algo que no está. Las palabras son huellas de criaturas inasibles y solo tienen sentido en la ausencia de sus objetos o referentes; solo escribimos carencias; la felicidad no tiene articulación en la voz, es sonrisa, grito, gemido o silencio; es, imprecisamente, un desgobierno del sentido cotidiano, pesado, ese que arrastramos por inercia. La felicidad se agota en sí misma y esto quiere decir que ni siquiera puede llegar a la palabra: así de incorpórea es su realidad. Ha de ser por eso que al pretender escribir la felicidad siempre obtengamos figuras ridículas: sombras que quieren pasar por cuerpos... Siempre un tanto platónica, ¿no es eso la cursilería?
Dicho en otras palabras, para escribir la felicidad habría que usar otras palabras, unas que probablemente no existan, o, al menos, un lenguaje inhumano, quizá, por ejemplo, el de las fieras con sus ojos atentos y su honorable olfato asesino. O la voz del viento con sus roncos violines...
Arriesgo una definición: la felicidad es ser humano con un pie fuera del mundo humano; es eso, quiero decir, pero no dicho así...
La palabra es el rostro público del deseo, vestido para el público, maquillado, como los colores que cubren la tristeza del payaso.
Y sin embargo a veces hay que escribir para no enloquecer, hacerlo indeliberadamente cuando el hastío no nos deja siquiera dormir, llegar al extremo de saberlo la única excreción aliviadora, la única manera de evacuar la soledad para que no se nos pudra por dentro; escribir rápidamente para llenar el insomnio con algo que no sea pensar, con una repetición sin fin y sin objeto, como cuando meditamos repitiendo una y otra vez lo mismo hasta que la mente ya no sepa qué hace ni qué dice y se llene de nada, de paz, de un cansancio bienaventurado... Y hacerlo como si nadie lo hubiera hecho antes, decirlo todo como si antes nadie ya lo hubiera dicho todo… ¡A veces necesita uno creer que no todo es lo mismo si es uno quien lo dice todo! Habría que postular ese derecho. Algunos trotan en las mañanas, otros nadan o juegan fútbol o escalan montañas y esos mecanismos evitan que piensen demasiado: ese automatismo deportivo del cuerpo evita que la cabeza les explote hacia dentro. Pero también escribir es un ejercicio para el cuerpo. Escribir, por ejemplo, para no reventarse de frente contra un muro, esta urgencia de arrancarse la piel y gemir, escribir, todos los días, a todas horas, para apalearse, para embrutecerse, escribir para no tener que recibir golpes eléctricos ni verse obligado a alimentarse hasta el vómito de Hollywood, para ensordecerse, para no ser nadie precisamente, es decir para ser solo palabras, vanidad, escribir para enloquecer de esta locura simbólica, menos físicamente grave, menos letal… y aún así tener que preguntar con cada nueva oración para qué diablos, para qué pierdo el tiempo así, aquí no hay nadie, jamás podrá haber alguien, y peor cuando se está casi seguro de que a nadie podría interesarle esta recargada locuacidad, si no es, tal vez, para un historial clínico de las megalómanas aberraciones filosóficas...
¡No sé cómo podía resistir estos ritmos!
[7:12 a.m.]
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25/11/07
22 de enero de 1999
ALLÍ DONDE TODO ARDE Y SE ESFUMA, ese punto indiscernible y cotidiano de la evasión: llevar una vida como se llevan unos zapatos desteñidos que solo embetunáramos los sábados soleados…
Somos títeres —se nos ha dicho hasta el hartazgo—, somos títeres actuando un guión malogrado.
¿Pero qué habrá detrás de las imágenes? ¿Qué hay, en medio de las frases ya escritas? ¿Dónde queda registrado verdaderamente el flujo de los pensamientos?
Se vive para un público, es inevitable, se vive para esa conglomeración anónima de imágenes efímeras y repetitivas, noches de tacón alto y sonrisas a flor de piel... Se vive, se ama, otros viven, otros aman por mí. Y yo sigo, yo hablo, soy ese guión con el que huyo de mí: el instante fatídico en que el espejo se rebela.
Y estos gritos mudos no me ayudan a recuperar nada de lo perdido. Y escribo y estas páginas son gritos mudos, solo eso: una elaboración de la pérdida, abordar el desamparo, dejarse abordar, hablar consigo mismo hasta la demencia simplemente porque ya no hay con quien hablar. Se habla, nadie escucha, nadie tiene tiempo.
Y gritar, a pesar de todo.
¿Es que todavía las personas se sientan solas en el umbral de sus puertas a mirar las nubes mientras se forman y transforman? ¿Quizá a ver la invisibilidad del viento o a las arañas esperando sus presas inocentes?
Y creer que el mundo está perdido: ¿es un juicio objetivo o solo la excusa de mi desamor?
A mí me han enseñado a correr despavoridamente, como si viviera perseguido por un demonio personal. Me han enseñado a creer que soy una concentración de imágenes y ruidos y palabras de moda y todos esos supuestos amigos de uniforme. Como a un niño, me han hecho creer que todos podemos ser estrellas de cine. No importa que el mundo se pudra, ¡en medio de la podredumbre todos podemos ser reyes y reinas! El edén está en las pantallas y en las modas y el secreto está en cómo ser parte de ellas; ya ni siquiera hace falta tener un talento específico para algo; basta con tener dinero y/o saber hallar los canales adecuados… Día a día nos anegan y nos cubren y nos penetran con sondas invisibles y para que pensemos menos y suframos menos y creamos que la vida es ser ese maniquí que somos todos, iguales, escuadrones en el mall, como hileras blancas de lápidas indiscernibles… Ignorance is bliss… ¿No es esa la consigna? Ah y es tan tentadora…
La mayor parte del tiempo me parece obvio que solo simulamos vivir. Incluso la mierda puede parecer oro si se ilumina de cierta manera. Hoy, la vida es un juego de luces.
Hastiado, subo la vista. Las estrellas me abruman. Quisiera que me dejaran en paz. Me hastío de mí mismo y me hincho hasta la exasperación: no quiero ser lo que he sido, ¡pero tampoco esta lamentación insoportable!
A veces quisiera que ni en mí ni en nadie hubiera historia para poder reiniciar la historia sin el más mínimo resentimiento… Y entonces sueño con un tiempo sosegado… El placer ya no estaría en la aceleración ni en los flujos de adrenalina sino en mirar detenidamente, en las caricias dilatadas y en las visitas inesperadas y largas… Sueño un tiempo donde hubiera pasado ya el tiempo del tiempo y nos ocupáramos de los cuerpos como nunca antes lo hemos hecho. Porque el amor nunca ha existido.
Al menos debo conceder que no pensaba solo en Diana, también había la intención filosofoide de transmutar el dolor en pensamiento: ¿será así como se empieza a madurar?
[7:02 a.m.]
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22/11/07
19 de enero de 1999
Y ESTA ES, quizá, una muestra de las metas megalómanas de un enamorado núbil y burlado que no tenía otra cosa que hacer más que soñar con ser capaz de escribir genialidades. Es decir, de alguien que aún no tenía edad para saber anticipar el fracaso.
Mi propósito será escribir un libro desesperante. Ese sería el único efugio maduro; el único, quiero decir, que no sería simplemente una evasión, un olvido o una fórmula, sino también una propuesta, un aprendizaje. Escribir un libro que desespere al lector, que lo haga bufar de asco.
Ese librito con el que soñaba tenía un trasfondo a la vez específico y general. Bueno, de todos modos nunca cuajó pues nunca dejó de ser proyecto, mera preparación, ensayo perpetuo: por ejemplo este cuaderno entre tantos otros cuadernos; pero de haber cuajado —según recuerdo mis presunciones— tendría que haberle encajado la siguiente leyenda o alguna parecida:
“Este es un libro adolescente, inmaduro, tan adolescente e inmaduro como la humanidad. Las personas, individualmente, se enamoran enfermizamente de otras personas. ¿Pero no equivale esa actitud a esta de la humanidad: enamorarse, en sospechosos conjuntos, de Dioses y Verdades? El mío será el libro de ambos ridículos humanos. Mostrarlos será su meta y su valor, y también su riesgo y su muy posible condena.”
Para lograrlo, el texto habría de nacer cursi y romántico. Habría de ser una reliquia viva, un monumento anacrónico a la enfermedad humana: todo lo que debiera abandonar la humanidad para poder madurar y dejar de ser un jovencito blandengue llorando de amor y desamor. Incluso, pues, del lenguaje que debería abandonar la humanidad…
¿Por qué, por ejemplo, lamentarse y matar porque Dios nos ha abandonado? ¿No sería más heroico abandonarlo a Él sin deducir de esa renuncia que también habría que renunciar a nuestros más preciados sueños?
Yo me tomaré de ejemplo primero: a la vez singular y universal… Será un juego de máscaras... Fingiré que no finjo que finjo y ya veremos adónde vamos a dar…
Pero en mi libro la escritura deberá exigir una experiencia, y lo hará al contraerse intensivamente en un afecto, por ejemplo en el disgusto, o quizá en la más universal malquerencia; pero habría de ser un disgusto o una malquerencia que excitara a pensar como si pensar fuera también un verbo dentro de la misma clase de amar, desear, padecer, ansiar, simpatizar, sufrir… Y mi libro solo sería un triunfo si produjese en el lector deseos de seguir leyendo a pesar del disgusto o la incomprensión; y sería un fracaso si no provocase cierto disgusto o incomodidad o si, por esa causa eso, terminase abandonado en un estante o, peor, en una pila de papeles para reciclar…
[6:55 a.m.]
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16/11/07
18 de enero de 1999
QUIZÁ ESTAS PÁGINAS SEAN UNA BUENA MUESTRA DE CUÁL ERA, en aquellos lejanos días, mi idea de escribir una novela “o algo así”: más lirismo pastoso que narración, más palabras exaltadas que historias o cosas o casos…
¿Será cierto que el ridículo puede purificar tanto como antes, según dicen, purificaba el fuego? Sólo hay una manera de saberlo…
Mi sueño es poder retratar este infierno y paraíso: el ahogo solar y los cuerpos desnudos; expresar nítidamente el brillo calcinado de los pastos y las copas de los árboles, estáticas en esa quietud sin nombre, repletas de savia y color. (Plasmar la afonía del verano tropical en un litoral deshabitado.)
Cuando en el trópico se detiene el viento, el rutilar del sol es un vaho hipnótico. A veces el calor se convierte en un vapor pegajoso que ciñe la ropa al cuerpo e incita a reinventar todos los placeres. Dar un paso es como atravesar una gigantesca telaraña. En esos casos es mejor quedarse quieto y respirar plácidamente la humedad en esa crucifixión de calor y sudor y apenas moverse, apenas rozarse, o lentamente tocar apenas los labios y entre vapores sentir el hormigueo en las piernas cuando baja por ellas una gota de algún sudor ajeno.
Trópico. Mar... El cielo con el calor del infierno. Un letargo beatífico. La desnudez grita desbocada, y el tiempo, se suspende en fragmentos, como las hojas, de los árboles, que no se mueven, porque no hay viento, y simplemente están, allí, con su verdor resplandeciente, reflejando el sol despiadado…
Aquí el mundo es un inmenso jardín incandescente e inmóvil. Aquí no hay prisa para nada, se come cuando se tiene hambre, se duerme cuando se tiene sueño, y así con todo...
Y la arena… un apergaminado cuerpo sinuoso… La piel suda sin pausa y las miradas se encuentran en cualquier punto y se detienen por horas envueltas en vapores azulados y bienolientes, miradas basculares entre unos ojos y unas piernas y otros ojos y otras piernas; miradas de humo; y el calor, etéreo, amenaza con no dejar de crecer; la cabeza se despega del cuerpo y flota; el cuerpo no puede moverse sin la cabeza y entonces descansa perpetuamente, simplemente allí, testigo de nada, como los árboles estáticos...
Los cuerpos brillaban sobre la arena como estrellas diurnas. Las olas… una retahíla sensual… y nosotros, acostados en ese desierto aguado bajo el cielo infernal…
Los árboles —yo no sabía sus nombres y pensé que debía averiguar sus nombres— medían por lo menos veinte metros de altura. Sus hojas no se movían. Todo estaba quieto e idéntico; el único movimiento era el de las olas, y también ellas parecían brotar de pronto de una pintura, a intervalos arbitrarios.
Diana se durmió sin avisarme que lo haría. Parecía una quietud más, parecía muerta, la llamaba, la llamé incansablemente. Pero dormía, sin mí, no sé dónde. Su cuerpo dormido, relajado, parecía agua de bronce; y quise conocerla así, dormida, mecerla como el mar, en resaca, acariciarla despacio, como las olas desacertándose en la arena sinuosa; pasar las manos sobre todo su cuerpo y repasar y repasar su viveza dormida, apenas tocándola…
Azul, verde, oro... Es muy fácil decir cielo, selva, sol... Tanto que queda uno vacío, hastiado de la nada.
O decir: el sol brillaba en las hojas de los árboles, en las piedras secas, en la arena, en los cuerpos como estatuas doradas… Solo un abrazo de esos cuerpos mueve algo al interior del cuadro y le da vida a la ilusión. Algo cambia, avanza o retrocede, quizá la posición de los brazos y las piernas, de una mano dócil, de un vientre indócil, quizá los ojos pasando de un ojo a otro, quizá unos labios abriéndose sobre otros labios entreabiertos…
Los contornos son húmedos, las pendientes resbalosas, vivir es en un deslizamiento leve, apenas perceptible. Las palabras son siempre comunes y nunca van más allá de sí mismas, de sí mismas en los cuerpos que las pueblan… No ver, no ver nada o casi nada, ver las formas transformándose sujetas a fuerzas imposibles de definir, de fijar, solo el avance de hondonadas y figuras coloridas, de anillos y serpientes y arco iris, de ríos de savia escarlata... Un río de savia entre sus senos de caramelo, sus senos relajados como cachorros dormidos… En ese ahogo feliz nadie se mueve o si se mueven es una ilusión superflua... y, sin embargo, las hamacas se mueven, es la inercia de los vivos... El sol es una fuerza paralizante. Estar, solo estar. Quietud y silencio bajo el cielo infernal.
Y luego los besos obvios, infantiles y prohibidos, primerizos, y siempre, todo, contra un trasfondo difuso; y la humedad, no comprender la humedad de los vientres encharcados y de ese nudo imprescindible que los sujeta y atrae y no soportar más las ganas y desear como en los sueños, tanto, tanto, imposibilitados para movernos y movernos tan lentos como caracoles y después de siglos descubrir un pecho, el otro, tersos, un abdomen, vago, que se levanta apenas, y respira, y despierta, y los ojos apenas cerrados, perdidos sin saber lo que están viendo pero queriéndolo injustificadamente, y olvidar incluso de quién son esas manos largas como los días del verano y no saber por qué estamos aquí pero no saberlo sabiendo que no nos importa... Ya, ya... Y el sol, derritiendo el mar. Nos movemos, poseídos: porque la fuerza viene de otra parte.
Luego, tras otras tantas centurias cotidianas, la noche: el espacio de acción para seguir mejor el impulso de lo deseado en el hipnotizante reposo del día. La noche trae consigo la brisa y los cuerpos, apenas cubiertos, ahora con el jardín oscurecido, se dan mayores libertades, se sienten invisibles y quieren atreverse a todo, esta vez a todo, revueltos, primitivos. Las miradas se hacen más vívidas e inquietantes, dibujan caminos y metas y renacimientos, vueltas y más vueltas; la garganta se vuelve líquida anticipando el nuevo sudor de la noche, ya no solar ni brillante sino en penumbra, con suspiros ocasionales y cíclicas inclinaciones…
De nuevo el mar… Siempre su presencia circulatoria que ahora no se ve pero se oye y es el rugido respiratorio de la vida misma.
Con el jardín ensombrecido los cuerpos siguen la cadencia de las olas y se sienten tan francos como océanos en sus mecánicas repeticiones… Es que al clima del día, que hace sufrir al cuerpo, le sigue el clima de la noche, donde el cuerpo sabe intervenir en la noche porque le roba frío, oscuridad y miedo: en el trópico, los días ardientes preparan las noches ardorosas, el clima se vuelve clima del cuerpo y el día se agota en las ansias del atardecer y la noche presta sus escondites a los amantes que vegetaron en el día como altos árboles quietos e ignorantes de toda verdad; porque la verdad prefieren hacerla en movimientos y gemidos y riesgos y trampas al
mundo… Ahora somos nosotros contra el mundo. Nosotros dos...
¿Pero en realidad dije eso? Y ella me escuchó decirlo y sonrió, todavía poseída por la pesadumbre solar…
Así comenzamos nuestra historia o nuestra falta de historia, nuestra imposibilidad de una historia, inmersos en una nube vaporosa y volátil y quizá, incluso, lírica, anacrónica, endrogada, hasta vergonzosa en esa niebla iluminada…
No nos conocíamos, solo compartíamos el tedio, la desesperanza de haber vivido esperando; y la espesa lasitud del día, tantas noches con la lengua amarrada por el pánico; contra el mundo; nuestros cuerpos flotaban como miradas disipadas; los ojos incendiados y confusos y anhelantes; yo quise devorarla pausadamente, como —imaginaba— hace mucho tiempo devoraban los fieles a sus diosas… Por supuesto, al devorarla quería que ella me devorara, que me desgarrara con cinismo, que me volcara a la enajenación…
En la madrugada, de nuevo, la garganta seca, como si se tragara uno el sol para llevarlo hasta la noche ocultándolo en las vísceras adormiladas… En esas noches los dioses huyen del jardín y ya no lo vigilan... Y entonces el hambre, el hambre pero de qué... ¡Y sentir sus pasos, firmes hacia dónde, sin mí, hacia la lejanía! Y callar con su mirada en mi pecho trepidante, su mirada arrastrándome a sacudidas... Surgió súbito el riesgo de no salir jamás de esta noche... Pensar entre nubes o sombras, relámpagos de sentido y orden… Porque allí la noche era un lugar y no un tiempo… Un jardín umbroso, azulino… Y los cuerpos, desiertos de rubí, vibrantes, ¡intuíamos con los labios condenados la probabilidad de un crepúsculo distinto! Obviamente no teníamos ninguna palabra para decir nada de eso, de esto, nada… Es que en ese lugar sin tiempo no cabía, casi, ninguna palabra precisa… Necesitábamos, quizá, simple y categóricamente callarnos, callar la vida, la ciudad, toda la mierda, callar para siempre la vana palabrería de los políticos, de los periodistas, de los padres, de los libros bonitos y de los libros de moda, de la historia moral entera del mundo; nos besamos porque queríamos estar callados y callar al mundo; callados y eufóricos, con besos eufóricos, sin miedo, nada de miedo; solo los cuerpos plegados; y los muslos, las ingles sudorosas; porque nos daba la gana que el mundo nuestro fuera solo esto, lenguas ciegas y penetrantes, y porque los cuerpos lucían simplemente hermosos, así, plegados y anónimos y confundidos, juntos y callados e ignorantes como si fuéramos piedras o nubes, o agua revolcándose entre las piedras o entre las nubes, aguas lenguas entre piedras pezones, agua fluyente… queríamos ser agua en un mundo de piedra e inventar palabras o prescindir de ellas, ah sus muslos de piedra, su musgo profundo, su aroma a tierra mojada… Nosotros dos... ¿Acaso lo dije de nuevo, durante el beso? ¿Dos, por qué dos? La paz estaba con nosotros, por un segundo, un siglo, vivir... Por ratos parecía que solo existía una palabra, “hermosos”, por ejemplo... Creo que pasaban horas y solo existía esa palabra tan malversada por la gente, esa o alguna otra, cada vez solo una palabra parecía habitar mi mente… Ni siquiera sabía su nombre ni ella el mío… Horas que eran minutos que eran horas, horas que eran la reverberación de la palabra “hermosos”, por ejemplo, horas entonces que no eran minutos ni tiempo porque el tiempo era solo esas palabras, somos hermosos, nada más, o menos patéticamente: nos vemos hermosos, solo esas hermosas palabras repetidas mientras nos penetrábamos mutuamente con todo tipo de simbologías y eficacias mudas... Y sus labios llenos, semiabiertos, como gajos de mandarina… Nosotros… ¿La realidad? Solo una nube de piel y consciencia…
Pero la palabra finalmente se deshizo, se convirtió, seguro, en voz, es decir, en tiempo; alguien la dijo de verdad, nosotros, o ella o yo o alguien, y nos dejó, y volvimos y negamos y nos acercamos de nuevo a morir... Dolía dejar de mirar aquel horizonte y volver, tener que volver.
A la mañana siguiente, otra vez la ingravidez: la crucifixión en las olas; repetible, incansable; obsequio, supongo, del universo incomprensible... O más bien, apenas más allá de las olas, en el vaivén y la espuma… Flotar de frente al sol y hundir los oídos y dejarse llevar y dejarse tragar por el cielo insomne y total… Perder la gramática y la casticidad y creer y sentir que la mudez submarina nos acercará algún día al horizonte, al final mismo del mar infinito, horizonte móvil, límite que crece cada vez que lo miro, que me acerco, cada vez que insisto en pensarlo mejor para poder decirlo y contarlo y mostrárselo a... ¿Es todo el silencio la profundidad del mar?
Luego, a mediodía, el sol apenas se vislumbraba detrás de las nubes, tenues como velos. Quemaba, pero sin hacerse notar demasiado.
¿Debería ser así, el amor? ¿Es posible un gesto que elimine todos los gestos?
¿Un ritmo que muestre más o mejor que todos los significados enlazados? Esta caricia, mirarnos, callar, ceder de nuevo, ocupar los labios para callar todas las palabras y balbucear el silencio con los labios y la lengua y otros labios y otra lengua... Nosotros... Escribir el silencio con todas las palabras. ¿Pero podrían todas las palabras decir el silencio? ¿O mostrarlo a través de todo lo dicho?
Cada libro habría de ser interminable… Nunca callarse: escribir para que este silencio no permita que el escándalo del mundo se haga de verdad insufrible… O ni siquiera los libros sino esto: lo interminable mismo. Como parece ser el dolor cuando es dolor verdadero, es decir, cuando decimos que es verdadero porque parece ser interminable… O cuando nunca llega a ser nada estable, definitivo, duro como se supone que debe ser la realidad o, incluso, la literatura… Ahora, claro, en este preciso instante, hablo ya tras el sopor, con el sol a la espalda, al borde del olvido... Antes no, antes no me interesaba ni lo interminable ni la realidad ni la literatura: aquel momento bastaba, aquel lugar común, una playa, la noche, las sombras, los cuerpos anónimos y mudos y las consciencias tergiversadas. Bastaba con la palabra “hermosos”, por ejemplo. Pero la cabeza siempre vuelve al cuerpo y a los días corrientes… ¡y luego querer a diario volver a perder la cabeza en aquel calor húmedo, en su cuello palpitante, en esa atmósfera herbosa!
Ella, sin embargo, ha olvidado del todo ese comienzo que solo podría sobrevivir si siguiera siendo siempre comienzo. A esto, simplemente, se deberá ese libro interminable que algún día debería escribir…
Yo la abrazaba, creyéndola muerta. Pero fue allí cuando estuvo más viva. Ida, sin su voz, sin su nombre, sin el mundo. Vacía, tan vacía como el cielo en la plenitud del verano —ese cielo vacío que vela al universo—, como la cabeza cuando flota ligeramente entregada al aire, al mar, a la confluencia de su pecho y el mío, solo ese ritmo taquicárdico y mudo, una y otra vez, una vez más y de nuevo, siempre más, siempre más, de vuelta del miedo y de vuelta al miedo... Era la vida, haciendo una promesa…
Extrañamente, ella despertó sin hambre ni sed. Quizá fue al despertar cuando en realidad murió. Era imposible ser, solos, nosotros dos.
[6:51 a.m.]
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9/11/07
24 de diciembre de 1998
EN NOCHES COMO ESTA LA TIERRA NO TERMINA PARA DAR COMIENZO AL CIELO: todo es una noche inmensa, continua en su hondura negra, un desierto negro, un cielo negro jaspeado de millares de estrellas, inservibles estrellas. Hacia arriba, hacia abajo, hacia los lados, a la vuelta de todas las esquinas la misma densidad absurda e ineludible. Tal vez en algún lugar detrás de esta lobreguez haya mares de jade y níveas montañas —o debiera haberlos— y aves planeando en un aire quieto y tornasol, pero ahora para mí todo es negro e igual: una extensión vaciada de color.
Le temo a estas noches porque en ellas se iguala todo, nada es diferente y sin embargo todo es diferente de mí. Los únicos ruidos son el viento invisible y esta voz que estalla contra cada grano de polvo y contra cada estrella, esta voz que no se inhibe frente a tal vaguedad, que no quiere igualarse e insiste en creer que es de alguien... Ya sé que es una voz sin reflejo, sin respuesta o solo con respuestas distantes que jamás oiré porque yo ya no estaré aquí ni en ninguna parte. ¿Es que esta voz también es viento, solo aire, aliento?
La soledad asoma inconfundible cuando del mundo solo se oye una voz, difusa y ahogada, casi más bien conjeturada, ahogada por un desierto interior; una voz inverosímil porque es voz hacia nadie, nada más voz hacia sí misma, una voz totalitaria y recursiva, la única imposibilidad que se hace posible en el silencio del mundo, noche negra y brutal, una voz que anuncia la muerte desde esta soledad que en su fondo sin fondo solo es la ausencia de otras voces: un silencio que engendra palabras y palabras y palabras... Me pregunto si es cierto que la realidad pueda cambiar en algo por el hecho de escribirlas.
En aquella época, durante semanas y semanas escribía cientos de páginas muy similares… En estos cuadernos, aunque salte de un mes a otro a veces parece como si no pasara el tiempo, como si no pasara nada. Diarios enteros de achaques o “prosas poéticas” lastimeras. Al menos las mismas atmósferas brumosas, amargas. Y sin embargo los matices, tantos matices, de vez en cuando alguna frase o un párrafo bien logrados… ¿Espontaneidad verbal pero monotonía afectiva? ¿Es que en realidad no pasaba nada en mi vida? Mi más secreta intimidad —todos tenemos una— se revolvía en sí misma…
¿Pero cómo elegir aquí, para leer o releer, los pasajes más sugerentes o más valiosos, y qué sentido puede tener hacerlo aquí, y qué sentido tendría el “valor” en este caso?
Por ejemplo escribir esta última página en navidad… ¿Era una tristeza real? ¿Era simple pusilanimidad, sensiblería? ¿Puede alguien de verdad respirar tanto tiempo en el horror —si es que esto lo es: una adolescencia solitaria, irrazonable, la adolescencia a los veintitantos de clase media en un país subdesarrollado, la vida centrada en un dolor cancerígeno y ególatra, abstracto, como si no hubiera atentados y huracanes y genocidios y pelotones de corruptos arruinando la realidad— sin de verdad enloquecer o matarse?
Hoy, un lunes cualquiera de octubre —mi esposa ha salido, se ha llevado a los niños, la casa y el silencio son míos, al menos por hoy—, he elegido releer y transcribir —porque así se me antoja hoy—, menos pasajes de los cientos de páginas de farragosas lamentaciones, y más de los intentos primerizos hacia la narración o la interpretación, hacia la madurez o la resignación, porque nunca se sabe qué es lo que pasa cuando crecemos… Es que en su desnudez más brutal, tanta anotación melindrosa y tanto sollozo adolescente no dejan hoy en día de parecerme una burda aproximación a la pornografía. Aunque también, lo confieso, me tienta el morbo de contemplar directamente la dimensión posible de la humillación, la ingenuidad y la vergüenza... ¡Tantas lecturas son siempre posibles! Y uno mismo, al leer sus anotaciones de hace tiempo, ya no sabe qué pensar o cómo reconocerse…
¿No es análogo a lo que sucede cuando estudiamos la historia? ¿Nos reconocemos, en tanto humanidad, cuando leemos sobre las masacres de indígenas en América, o sobre el exterminio de judíos, o sobre los millones de seres subsaharianos que simplemente mueren de hambre, es decir, de injusticia?
¿Se ve uno a sí mismo, ya no en las víctimas sino en los verdugos? Este es el mundo de la desvergüenza.
[6:36 a.m.]
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